lunes, septiembre 03, 2018

Relatos de la Ascendencia - Swaparamans

Las palabras de Tanandanam era conocidas por todos los Swaparamans. Una de sus citas decía lo siguiente: «Afrontar el riesgo a lo desconocido es la única forma segura de avanzar». Y, aunque fuese de las más famosas, también era una de tantas citas que el pueblo Swaparaman casi había olvidado, como tantas otras cosas de su pasado.  
La historia de los Swaparamans quedó irremediablemente marcada desde que huyeron de su planeta natal. Los Swaparamans habían desarrollado a gran velocidad la tecnología para viajar entre las estrellas, movidos por el miedo de sus lejanos parientes, los Frutmaka. Habían visto cómo la especie fungoide había desarrollado su culto a Graveesha, el agujero negro de sus sitema binario, hasta límites fanáticos. Habían visto a otras especies caer ante el yugo Frutmaka, y pese a que tuvieron los medios para huir de su planeta, vieron cómo los poderes telequinéticos de los Frutmaka habían enviado a buena parte de su flota en un viaje sin retorno hacía Graveesha. Habían sobrevivido, pero el coste fue elevado. 
Había sido Tanandanam quien, en medio del terror de su gente, los había sacado de allí y los había llevado lejos, muy lejos, de sus verdugos. La capacidad especial de almacenar energía en sus cuerpos permitió a esta especie sobrevivir el largo viaje sideral sin problemas de abastecimiento, habilidad que, con el paso del tiempo, se volvió no solo determinante, sino más poderosa. Y fue gracias a él que llegaron a un mundo parecido al que habían dejado atrás. Y aunque admiraban a Tanandanam, sin llegar a idolatrarlo, por ser la luz que los había llevado a su salvación, su ejemplo no había calado entre los demás Swaparamans, quienes seguían viviendo en el miedo y el pesimismo.  
Aquello hizo que, generaciones atrás, los Swaparamans hubieran decidido desterrar todo conocimiento sobre los viajes espaciales. Tenían en sus alargadas y huesudas manos el poder de explorar otros planetas y expandirse, pero su temor a que los Frutmaka los estuvieran buscando en su cruzada en nombre de Graveesha los anclaba en su nuevo hogar. Confiaban mantener su actividad bajo mínimos, para que jamás llamaran la atención de aquellos fanáticos religiosos si realmente habían salido en su busca.  
El nuevo mundo de los Swaparamans les daba lo que necesitaban para subsistir, y aun sabiendo que con su actitud morirían y desaparecerían allí, lo preferían al vacío del espacio, a la posibilidad de que sus vidas acabaran de una forma violenta. Preferían el miedo y la supuesta paz a la aventura. Aun sabiendo que aquella actitud solo llevaría a los Swaparamans a la inevitable extinción de su especie.  
La única excepción a aquel pueblo que se había condenado a sí mismo era, precisamente, la estirpe de Tanandanam. A pesar de la influencia de su ancestro en aquellos Swaparamans que habían huido del «castigo divino» de los Frutmaka, estos descendientes no tenían el carisma ni la determinación de Tanandanam. Su optimismo había sido siempre eclipsado por la actitud general de la especie. Aun así, los descendientes de Tanandanam siguieron luchando durante generaciones para prender la llama de la esperanza en las miedosas mentes de los demás Swaparamans.  
Su insistencia no había conseguido sacar del temor a sus congéneres. Muchos intentos acabaron en fracasos, e incluso entre los descendientes de Tanandanam hubo quienes se rindieron. Otros continuaron, porque no habían perdido la esperanza, y su insistencia obtuvo, al fin, los frutos que esperaban.  
Varios Swaparamans, por primera vez, escucharon la llamada de los descendientes de Tanandanam. Tal vez fuese que dieran su brazo a torcer ante los intentos de los descendientes, tal vez había algo más, pero quisieron saber qué otras posibilidades había.  
Estaba claro, les decían los descendientes de Tanandanam, que no podían quedarse en un único mundo, temiendo el fin de los recursos naturales o que era mejor esto que salir al espacio por si encontraban a los Frutmaka. Aquellos miedos tenían su base en un pasado que quedó atrás hacía muchísimo tiempo. Tal vez los Frutmaka ya los hubieran olvidado o, incluso, que los servidores de Graveesha hubiesen desaparecido. Y si estuvieran ahí fuera, esperándolos, no debían temerles. Los Swaparamans habían sobrevivido a los largos trayectos del espacio, era tan natural aquello como su capacidad para almacenar energía para alimentar sus ingenios. Lo único que debían hacer era armarse de valor y recuperar todo ese conocimiento y esa tecnología que habían decidido olvidar.  
Los descendientes de Tanandanam, conscientes de que, pese a todo, volverían al espacio, habían guardado toda esa tecnología que la sociedad Swaparaman había considerado ya perdida y olvidada. Podían utilizar el viejo conocimiento sideral, volver sobre él, mejorarlo y empezar a expandirse. Los Swaparamans podían llegar más lejos, evitar que su legado, el legado del gran líder Tanandanam, muriese, pues entonces sería un triunfo de los fantasmas del pasado. Y los Swaparamans debían seguir hacia delante, aprender de su pasado para mejorar su presente y forjar un gran futuro. Y, para ello, debían empezar a vencer su miedo, algo que la curiosidad y la posible vuelta al espacio podían lograr.  
«Afrontar el riesgo a lo desconocido es la única forma segura de avanzar.» En poco tiempo, esta cita volvería a las mentes y corazones de los Swaparamans no como una vieja frase sin sentido, sino como el motor que les daría el valor para vencer sus miedos.  

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