Maya Lorca mira al público congregado antes
de empezar. Cierra los ojos. Respira hondo. Alza los brazos y
comienza a describir amplios arcos con ellos.
Cada movimiento está medido al milímetro, y de las
manos de Maya se desprenden pequeños vapores azules que se
arremolinan y pronto adquieren definición. Son animales: conejos,
cervatillos, pájaros… El público observa, atento, con una emoción
imposible de contener.
Los animalitos vaporosos, de un
azul brillante, se acercan curiosos a los presentes, e incluso uno de
los conejos se deja acariciar por una chiquilla del público.
Pero algo hace que los animales se detengan. Han aparecido otras
figuras, humanas esta vez, con escopetas. Cazadores de un aspecto de lo más
estereotipado, bien reconocibles. Los disparos de
sus escopetas asustan a las criaturas, las balas se tornan en un
humo que atraviesa a los presentes, sin hacerles daño, y ningún proyectil acierta
tampoco a los animales fantasmagóricos. Las criaturas del bosque se
reúnen, y sus vapores se funden, creciendo en tamaño, dando lugar a
una figura gigantesca, un imponente ciervo de cornamenta intrincada,
que mira a los cazadores, impotentes. Aun siendo puro humo, se puede oír
el glorioso bramido del gran ciervo, que espanta a los
cazadores, quienes se desvanecen para nunca volver. El animal
gigante, orgulloso, también comienza a desaparecer.
Lo que queda del vapor vuelve a las manos de Maya
mientras esta termina el breve cuento del Guardián del Bosque. Abre los ojos y mira
a su alrededor. Aunque sea una historia corta y muy conocida por todos, la
maestría con la que Maya la ha traído a la vida sigue sorprendiendo a propios y
extraños.
Y, en ese momento, el público se desvanece, como las
figuras del relato de Maya. Ni siquiera sus seres queridos están. Todos han
desaparecido en un estallido de humo, y en su lugar tres
figuras, blancas, altas y con rostros lisos, se materializan.
Los vio hace veinte años, y han vuelto. Pero su
situación actual es muy distinta a la de entonces: Maya no es parte del
público, es una de las elegidas de la Reunión, han puesto su confianza en ella.
Y los rostros sin ojos la observan... No, no solo la observan: la
están juzgando.
Uno de los Artífices alza lo que debe ser su
mano. Un largo dedo la señala, y a continuación Maya puede oír una
voz, tan antigua como el mundo, decir:
—Y así termina… vuestra Historia.
Y lo siente. Maya baja la vista hacia sus
manos. Sus dedos se están convirtiendo en el vapor azulado, luego sus palmas.
Intenta gritar, pero de su garganta nunca ha salido voz alguna, y menos ahora.
Y llora. Porque es lo único que le queda.