La galaxia estaba llena de toda clase de criaturas, unas dóciles, otras hostiles. En aquel pequeño mundo, orbitando aquella pequeña estrella, se encontraba uno de los depredadores más grandes y peligrosos jamás catalogados por la Xenobiología.
Los nativos del planeta, los Baliflids, las llamaban bestias Strak. No era un nombre con un significado profundo bajo su sencillez: era solo un nombre para dejar claro que era una «mala bestia». Strak. Sonaba amenazador, sonaba a cómo debía ser un monstruo. Strak. La definición de un ser gigantesco, cuadrúpedo, cubierto de duras escamas pardas y gruesas cerdas negras, con colmillos tan afilados que podían destrozar rocas, y ojos rojos permanentemente furiosos. Stark. Incluso se podía paladear aquel nombre cada vez que se pronunciaba. Strak.
Aun siendo conscientes de lo peligrosos que eran estos depredadores, los Baliflids no eran un pueblo que temieran a criaturas como estas. De hecho, no temían nada. Era un don que tenían y aprovechaban. Nada les daba miedo, todo les parecía un juego, y conseguían que los demás jugasen con sus normas.
Y eso era, precisamente, lo que pasaba con la pequeña Baliflid que había estado jugando fuera de los límites de la ciudad. Una criatura peluda, de apenas medio metro de alto, jugueteando con una pelota hasta que se convirtió en el objetivo de una bestia Strak. La niña cogió su pelota y se la enseñó al depredador. Este comenzó a avanzar, cada vez con pasos más rápidos, hacia la pequeña, que permanecía impasible, con la pelota entre sus manitas.
Y, cuando estaba a unos metros escasos, la bestia Strak se detuvo.