jueves, septiembre 22, 2005

"La Leona Furiosa: El comienzo", capítulo 5

Bien... capítulo largo y con mucha tontería de por medio... Las pedradas, después de leerlo. xD



Capítulo 5: Lady Leviathan

- ¡Vale, eso es todo por hoy!

Con estas palabras se terminó la batalla bajo el agua. Ambas mujeres nadaron hasta la superficie y luego hasta la orilla más próxima del lago artificial. La primera en llegar fue la mujer de azul y blanco, de movimientos gráciles, casco con dos largas colas en la parte de atrás y piel pálida. Tras ella llegó la otra mujer, más alta, vestida de marrón y con una desproporcionada garra metálica cubriendo su brazo derecho.
Sekhmet se quitó la garra nada más pisar tierra firme. Se quedó mirando a la otra Reploid durante unos segundos. Mientras, Leviathan caminaba hacia la puerta de metal que tenían cerca. La puerta se abrió en cuanto Leviathan pulsó un botón en la pared. Leviathan entró en el ascensor y Sekhmet simplemente la siguió.
- Hoy no ha sido un mal día, ¿verdad? – preguntó Leviathan cuando Sekhmet entró en el ascensor -. Aunque nunca llegarás a mi nivel, tus habilidades bajo el agua han mejorado muchísimo. Pero… ¿serás igual de buena hackeando?
- ¿Hackeando? Quiere decir… ¿hackeando ordenadores?
- Así es… Al menos no eres una ignorante. No, no quiero ofenderte ni nada de eso, lo digo porque estuviste entrenando con ese idiota de Fefnir hace unos días.
- Entiendo, Lady Leviathan.
Leviathan sonrió con descaro cuando Sekhmet se le dirigió con tanto respeto.
- Phantom te ha enseñado a respetar a tus superiores. No lo olvides y así evitarás problemas innecesarios.
Sekhmet asintió. Las dos se quedaron calladas mientras el ascensor seguía subiendo.

Finalmente, el ascensor se detuvo y la puerta del mismo se abrió. Ambas Reploid salieron y, tras pasar un pequeño pasillo, llegaron a una gran sala vacía. El azul de las paredes representaba el tranquilo y gran océano. Sekhmet vio los peces que flotaban alrededor, pero ya estaba acostumbrada a ello: toda la sala era un enorme proyector de hologramas. Daba la sensación, pues, de estar realmente bajo el mar con aquellos hologramas de peces y con el azul de las paredes.
Aparte de la puerta del ascensor, que ya quedaba bastante atrás, la habitación poseía otras dos puertas de color azul oscuro, pero se integraban a la perfección con la habitación.
Sekhmet se dirigió a la que estaba más a la izquierda. Ésa era la puerta que conducía a las habitaciones de los soldados de las Fuerzas Marítimas, donde ella estaría residiendo todo el mes que pasaría entrenando con Leviathan. Siempre que terminaba su sesión de entrenamiento, Sekhmet volvía a su habitación a descansar... Eso era en los días normales, pero cuando oyó la voz de Leviathan supo que éste no sería un día normal…
- ¿Qué haces? Oye, ven conmigo, Sekhmet. Quiero hablar contigo.
Sekhmet se dio la vuelta tras oír a Leviathan, quien la esperaba cruzada de brazos. La Reploid vestida de marrón estaba algo confusa, más que nada porque no sabía exactamente el motivo por el que Leviathan la hubiera llamado. Pero decidió no pensar en ello y simplemente dirigirse a la Guardiana y mostrar sus respetos.
- Hey, por esta vez olvidemos las formalidades, ¿vale? – pidió Leviathan -. Quiero que por unos momentos seamos sólo compañeras.
Ahora Sekhmet sí que estaba confusa de verdad. La imagen que había dado siempre Leviathan era la de una mujer egocéntrica. Lo único que parecía salir de los labios de Leviathan eran alabanzas a sí misma, fardando de sus magníficas habilidades y de su increíble belleza. También había demostrado ser una mujer dura: Sekhmet había visto la rudeza de Leviathan ante los soldados de sus tropas y ante otros cadetes. Sekhmet consideraba que nadie merecía semejante trato, ni aunque se tratara de una panda de idiotas.
“En esos momento, se parece a Fefnir”, pensaba Sekhmet a menudo.
Pero esta vez, lo que le extrañaba a Sekhmet era que Leviathan no sonara tan desagradable. Más bien era el tono de alguien que necesitaba realmente hablar con otra persona, como si ésta fuese su compañera, o tal vez… ¿su amiga? Sekhmet no entendía por qué ella tenía que ser esa persona.
En esto que vino a la mente de Sekhmet que Leviathan era la única mujer de entre los Guardianes de X y casi se podría decir que, hasta la creación de la propia Sekhmet, Leviathan era la única guerrera de Neo Arcadia, totalmente rodeada de luchadores masculinos. Leviathan era una guerrera fuerte, pero su condición de mujer hacía que muchos hombres la subestimaran. Eso le molestaba también a Sekhmet, y es que ella había experimentado también lo mismo, que hubiera hombres que creyeran que las mujeres no tenían madera para ser grandes luchadores. Hombres como Fefnir, fanfarrones ellos. Pero había sutiles diferencias entre Sekhmet y Leviathan: la primera sabía que no todos los hombres eran así; Leviathan, en cambio, era de mente cerrada… demasiado cerrada. Y también era cierto que a Leviathan, al menos, le tenían que mostrar cierto respeto: después de todo, pertenecía a los Shitennou. Sekhmet no tenía esa ventaja, obviamente…

“Tal vez, entonces, lo que ella necesite es hablar con una compañera… Ella, Leviathan de los Devas, necesita una compañera luchadora con la que compartir impresiones… Seguro que es eso por lo que quiere hablar conmigo.”

- Bien, ven conmigo – dijo Leviathan mientras abría la puerta de la derecha.
Tras la puerta recién abierta se encontraban unas escaleras, con un característico patrón azulado acorde con la sala que estaban dejando las dos Reploids. Ambas subieron las escaleras hasta llegar a una puerta al final de éstas. Leviathan la abrió y las dos entraron en un recibidor.
La habitación era más pequeña que la anterior, pero a Sekhmet le parecía bastante grande, al menos comparando este recibidor con el que había en la parte de las habitaciones de los soldados. Al igual que el salón principal que habían dejado atrás, las paredes de la habitación también tenían ese color azul que les daba la apariencia del océano en calma, pero aquí no había ningún holograma de un pez flotando alrededor de ellas. Había, sin embargo, muchas puertas de color azul oscuro. Las dos Reploids entraron por la que estaba justo enfrente de ellas.
Otra habitación se presentaba ante ellas. Sekhmet se preguntaba cuántas puertas más cruzarían en lo que quedaba de día, pero viendo la gran cama que tenían enfrente ya dio con la respuesta. Habían llegado a la habitación de Leviathan, todo un lujo a los ojos de Sekhmet. La habitación estaba adornada con motivos que recordaban a las antiguas playas y a los grandes acantilados, a las profundidades del océano y a la tranquilidad de la superficie del mar. Pero lo que más llamaba la atención era el gran dibujo que había sobre la cama. Era el dibujo de un gran dragón de largo cuerpo, como el de una serpiente, y de mirada furiosa. No fue difícil saber que este dibujo representaba al mítico monstruo conocido como Leviatán, si bien otras descripciones decían que el Leviatán era más parecido a una ballena gigante. Pero daba igual qué forma tuviera: la verdad era que ese fiero aspecto era un contraste con la aparente fragilidad de la Reploid de azul y blanco que estaba al lado de Sekhmet.
- ¿Qué, impresionada? – preguntó Leviathan mirando a Sekhmet, que estaba aún contemplando el dibujo del Leviatán -. Los hombres sólo ven a una hermosa divinidad marina, pero cuando descubren que en realidad es la terrible bestia de los océanos… ya es demasiado tarde.
Ahora Leviathan sí sonaba, en aquella descripción de sí misma, demasiado confiada. Se quitó el casco, dejando que su pelo azul oscuro, casi negro, cayera sobre sus hombros y llegara hasta la mitad de su espalda. Leviathan dejó el casco sobre la cama, teniendo cuidado con las largas colas de éste.
- Tal vez estés cansada de llevar eso – dijo Leviathan, señalando la garra que Sekhmet aún estaba cargando -. ¿Por qué no la dejas aquí, en la cama? Hay espacio suficiente.

Sekhmet hizo lo que le dijo Leviathan y dejó con cuidado la garra cerca del casco de Leviathan. La Reploid de azul y blanco se fijó en el dibujo de la garra. Hasta entonces no se había percatado de su presencia, aunque ahora que lo miraba, tampoco parecía gran cosa, sólo un simple dibujo muy al estilo del Egipto antiguo de una mujer-leona. Sekhmet había visto cómo Leviathan miraba el dibujo y eso le ponía algo nerviosa; sabiéndolo, la Guardiana dejó de mirar el dibujo y sonrió.
- Bueno, ¿tienes algo que contarme o prefieres que empiece yo? – preguntó Leviathan. Sekhmet estaba callada -. Hmm… Como siempre, tan callada. Bien, si no quieres…
- ¿Por qué estás tan preocupada por los hombres? – había interrumpido Sekhmet, finalmente decidida a hablar de lo que había pensado todo este tiempo. Sekhmet no se fijó que, de pronto, estaba tuteando a Leviathan -. Puede que algunos nos vean como seres inferiores, pero sabemos que somos iguales que ellos, ¿no crees? No entiendo, entonces, por qué te preocupas.
- ¿Y por qué crees que los hombres me preocupan? Son ellos los que deberían estar preocupados por algo: preocupados por saber que una sola mujer pueda ser tan bella y tan letal al mismo tiempo.
Leviathan se sentó en la cama, cerca de su casco, y suspiró. Sekhmet seguía de pie, cerca de Leviathan.

Recordó las palabras que hacía poco más de un minuto Leviathan había pronunciado: “Los hombres sólo ven a una hermosa divinidad marina, pero cuando descubren que en realidad es la terrible bestia de los océanos… ya es demasiado tarde” y entendió por qué había dicho aquello de que los hombres sí tenían algo que temer… o mejor dicho, alguien a quien temer. Y ese alguien era la propia Leviathan.
Sekhmet había visto muchas veces cómo los reclutas masculinos se quedaban mirando fijamente a Leviathan, como si su cuerpo tuviera algún efecto hipnótico sobre los hombres. Y esa distracción que provocaba la fría belleza de Leviathan les costaba cara y no había sesión de entrenamiento en la que no acabaran hechos polvo… a veces, literalmente.
Precisamente, el hecho de que aquellas miradas lascivas siguieran a Leviathan le parecía algo molesto a Sekhmet… Pero era peor cuando esos ojos se centraban también en ella misma. Entonces sí que se sentía incómoda. Eso hacía que se hartara de entrenar con aquellos pervertidos y parecía que Leviathan la había entendido con aquella sesión de entrenamiento donde estaban ellas dos solas. Pero las diferencias entre ellas seguían estando ahí: Sekhmet jamás sentiría ese desprecio hacia los hombres que caracterizaba a Leviathan ni usaría aquellas “armas de mujer”, como algunas veces llamaba la Guardiana a aprovecharse de su belleza para derrotar a sus oponentes masculinos.

- Los que merecen mi respeto, los que admito que queden por encima de mí, son Phantom, Harpuia y el Maestro X. Ellos son la excepción. Todos los demás son unos inútiles.
- ¿Y no crees que te estás pasando? – preguntó Sekhmet -. Te estás comportando como aquellos hombres que te creen inferior por ser mujer.
- ¡Ah!, ahí te equivocas, querida – quería rectificar Leviathan en un tono falsamente amigable -. Si yo soy superior, ¿qué tiene de malo admitirlo? Una cosa es creerse una Diosa... y otra es serla.

Sekhmet sabía que Leviathan no perdía la oportunidad de echarse flores a sí misma, pero que se quisiera poner al nivel de una Diosa, era algo que realmente no tenía explicación, al menos no una que fuese lógica. Sekhmet esperaba que Leviathan mostrase un rostro más amable, que aquella Guardiana fuese distinta a la imagen dura que siempre mostraba en los entrenamientos. Por desgracia, ahí estaba la Leviathan arrogante de siempre… o podía ser algo peor.
Estaba profundamente decepcionada. ¿Acaso era por haber sacado aquel tema por lo que Leviathan había olvidado el tratar a Sekhmet como una compañera, no como una recluta? ¿O es que éste era el auténtico rostro de la dama de pálida piel?

No podía callárselo… aquello iba más allá del desprecio a los varones… Aquello era…
- Un problema de autoestima – dijo Sekhmet de pronto.
Leviathan se quedó con los ojos abiertos al oír a Sekhmet.
- Parece que tienes un serio problema de autoestima. Mira, una cosa es tratar de mostrar que hombres y mujeres están al mismo nivel… y otra es creerte una especie de Diosa, cuando eres una Reploid, como cualquier otra. Serás más poderosa, serás más bella… pero eres una Reploid.
Aquellas palabras hicieron que Leviathan se levantara de repente, con los puños cerrados, desafiando con la mirada a Sekhmet.
- ¿Problema de autoestima? – Leviathan trataba de contenerse mientras hablaba -. ¿Eso es lo que piensas? Te recuerdo quién está por encima de ti…
- Y tú dijiste que querías hablar conmigo como su fuese tu compañera… Y a veces, los compañeros discuten. Es lo normal, ¿por qué no eres capaz de aceptarlo?
Leviathan seguía mirando a Sekhmet, sin poder responder. La Reploid de marrón cogió la garra que estaba en la cama y siguió hablando:
- Pensaba que hoy encontraría a la auténtica Leviathan, a la que se oculta tras una máscara de arrogancia. Y no me di cuenta de que la auténtica Leviathan siempre ha estado delante de mis narices… - se detuvo y suspiró -. O tal vez no… tal vez sí me hayas mostrado algo diferente a lo que muestras frente a tus seguidores… Me has demostrado lo infantil que eres – se volvió y miró a los ojos a Leviathan -. Eres una mujer adulta, no una cría de instituto.

Sekhmet sabía perfectamente lo que estaba diciendo. No comprendía cómo podía haberle soltado ese sermón a Leviathan, cuando siempre había sido más reservada. Tal vez fuese lo que los humanos llaman madurar lo que hacía que Sekhmet entendiera mejor la realidad... y también debía tener empatía, era capaz de ponerse en el lugar de otros y ver la situación a través de sus ojos. Una situación nada agradable si tenía enfrente a Leviathan...

La osadía de Sekhmet estaba enfureciendo más y más a Leviathan. La Guardiana se sentía con la necesidad de lanzarse contra Sekhmet y darle una lección, pero algo le decía que eso sería un suicidio. Tal vez la mirada de Sekhmet era lo que le hacía replantearse el darle un buen puñetazo en plena cara.

Sekhmet se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. La abrió y estaba a punto de salir cuando miró de nuevo a Leviathan.
- Un día encontrarás a un hombre que no caerá en tus “armas de mujer”. Recuerda lo que te digo – suspiró y salió de la habitación -. Hasta luego, “Lady” Leviathan.
La forma en que Sekhmet había dicho “Lady” hizo que finalmente Leviathan se lanzara contra ella. Pero era tarde y sólo pudo darle un puñetazo a la puerta que se acababa de cerrar.

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Horas más tarde...

Tumbada en su cama, Leviathan trataba de relajarse. La conversación con Sekhmet había tomado un rumbo que ella tampoco se esperaba. Pretendía tener una charla amigable con la Leona Furiosa y acabó finalmente alabándose a sí misma y haciendo que Sekhmet se le dirigiera en un tono que jamás habría imaginado oír.
No podía admitir que alguien como Sekhmet le dijera que no se creyera un ser superior y se atrevía a compararla con todos aquellos soldados y ciudadanos de Neo Arcadia. ¿Cómo podía hacer aquello, osando dudar de su superioridad? A Leviathan le parecía una soberana estupidez, jamás podría compararse con un “ser inferior” una integrante de los Shitennou, una de las luchadoras más poderosas del mundo entero.

“Tal vez sólo sean celos”, pensaba Leviathan. Pero no podía engañarse a sí misma…

Leviathan se levantó y dejó su habitación. No esperaba encontrarse a la figura oscura justo en la puerta. El particular diseño del casco y la larga tela roja al cuello le daban un aspecto interesante al hombre que estaba frente a ella. Leviathan se quedó mirando curiosa a Phantom.
- ¿No has tenido un buen día, Levi-chan? – preguntó Phantom, quien no esperó respuesta -. ¿Cuándo aprenderás a comportarte como una adulta? ¿O es que la verdad duele?
Leviathan no quería decir nada. Sabía, por esas palabras, que Phantom había estado espiándolas durante la acalorada conversación. Le molestaba muchísimo que el Reploid ninja hiciera esas cosas.
- Vale, puede que haya sido demasiado dura con ella. Y lo siento.
- Eso es algo que deberías decirle a Sekhmet, no a mí. Puedes ser una buena persona, yo lo he visto. Pero hoy no lo has hecho… y no la trataste al final como una compañera, como le prometiste.
- ¡La culpa es suya! ¡Yo no tengo problemas de autoestima! ¿Acaso los compañeros, los amigos, dicen cosas así?
Phantom sólo se limitó a darle un disco a Leviathan. No quería seguir hablando con Leviathan, era demasiado cabezota como para admitir que las palabas de Sekhmet eran ciertas. Además, era otro asunto el que, en realidad, le había llevado hasta la habitación de Leviathan.
- ¿Y esto, Phantom? – preguntó Leviathan mirando el disco y el texto sobre éste -. ¿Mitología de la Antigüedad?
- Tal vez pueda interesarte. El secreto del Proyecto S se encuentra, en parte, en ese disco. Échale un vistazo a la mitología egipcia.
- ¿Qué tratas de decirme con eso, Phantom?
- Sólo una cosa: Sekhmet es más que una simple Reploid. No la subestimes.
Leviathan no entendió el significado real de aquellas palabras, en ese momento se sintió fatal al oír a Phantom decir que Sekhmet era más que una Reploid. Iba a responderle a Phantom, pero para entonces la habitación se cubrió de tinieblas. Cuando la luz volvió, Phantom ya no estaba.

Ella siempre había confiado en Phantom, ya que para ella era como su hermano mayor. Sin embargo, en esa situación no entendía nada de lo que le había dicho y se sentía aún molesta por las palabras que le había dirigido el Reploid oscuro. Ella miró de nuevo el disco, todavía sin entender qué era lo que quería decirle Phantom. Se fue a una de las puertas del recibidor y la abrió.
La habitación a la que fue estaba llena de ordenadores y de Reploids de servicio, todos trabajando duramente. Muchos mapas y códigos binaries podían verse en las pantallas de los ordenadores. Un pequeño Reploid corrió hacia Leviathan.
- ¡Saludos, Lady Leviathan! Estamos haciendo lo que podemos para introducirnos en el nuevo servidor de la Resistencia. Esta vez parecen haber reforzado la seguridad con un nuevo código más difícil de localizar… y los cortafuegos no ayudan en absoluto.
- Bien… seguid intentándolo – había dicho Leviathan sin interesarse por lo duro que estaban trabajando los Reploids de servicio.
Se acercó de los ordenadores e insertó el disco. La pantalla mostró lo que debía ser la ventana de inicio del programa. Se podía leer “Guía de las Mitologías de la Antigüedad” en la pantalla, junto a un menú. Leviathan comparó el aspecto del menú con el de un programa educativo, más bien orientado a las escuelas. Aún seguía preguntándose qué quería Phantom que viera.
Hacía casi un mes, Phantom parecía preocupado por algo. Y si antes había hecho mención a Sekhmet, es que ella podría ser la causa de tal preocupación. Por fin parecía que Leviathan había captado el auténtico significado a las palabras “Sekhmet es más que una simple Reploid”.
Tal y como le había dicho Phantom, se puso a mirar la parte de mitología egipcia. Tras pasar el vídeo de intruducción con imágenes de pirámides y jeroglíficos, llegó al menú de mitología egipcia. Tenía cinco opciones: “Mitos”, “Deidades”, “Objetos sagrados”, “El Libro de los Muertos y las momias” y “Dinastías”. Leviathan eligió mirar primero en la sección “Deidades”. Sentía que tal vez allí encontrara lo que Phantom quisiera que viera.

“Espero que se ponga interesante, porque me estoy aburriendo…”

Apareció la lista de Dioses y Diosas egipcios en orden alfabético. Ahí podía ver un nombre familiar, Anubis… ¿pero quién no conocía a la deidad con cabeza de chacal? Pero eso no era lo que busca. Mirando la lista, encontró otro nombre que sí que le interesaba: Sekhmet.
Pulsó sobre el nombre y se abrió un fichero que mostraba un texto y una imagen. El dibujo que aparecía era idéntico al que vio en la garra de Sekhmet. Leviathan comenzó a leer el texto, una amplia descripción sobre la Diosa Sekhmet.
Había terminado de leer el texto cuando por fin entendió qué era lo que preocupaba a Phantom…

Y ese descubrimiento también le preocupaba a ella.

sábado, septiembre 03, 2005

"La Leona Furiosa: El comienzo", capítulo 4

Con un considerable retraso (mis disculpas), ya estoy de vuelta. Admito que el capítulo que toca es un poco sensiblero y puede que bastante malillo... esto de los sentimientos aún hay que pulirlo. ^^U


Capítulo 4: Padre e hija

Sergeus se recostó un poco más sobre el sillón mientras seguía leyendo su libro. La tranquilidad de su humilde y cómodo apartamento en las zonas residenciales de Neo Arcadia le proporcionaba el ambiente perfecto para relajarse después de varios días de duro trabajo. Y así también tenía tiempo libre, que había aprovechado antes para dar un paseo y, más tarde, leer.
La lectura era una de las mayores pasiones del doctor Grant, aparte de su interés por la robótica. Lejos de las comodidades de estos tiempos, donde casi todo está digitalizado, Sergeus prefería el tacto de algo tan obsoleto para la sociedad neoarcadiana como era un libro.
La mitología antigua, de entre todo lo que podía leer, era su temática preferida. Sus Dioses, sus héroes… especialmente los temas que tocaban la mitología egipcia y la griega eran de mayor interés para el joven científico. Y leer sobre temas como éstos le parecía mejor a través de las páginas de un libro que a través de la pantalla de un ordenador. Era como si los libros estuvieran imbuidos por una magia que los hacía así de especiales. Tal vez fuese el hecho de que fuesen pasando durante generaciones en su familia y les había cogido cariño, pero, ciertamente, la sensación de estar leyendo un libro era totalmente diferente a la de leer las cosas en una fría pantalla.

Dejó durante unos segundos su lectura al oír los ligeros pasitos que se iban acercando al sillón. Sergeus miró al pequeño Yorkshire Terrier que se acercaba a él con una pelota roja en la boca. El perro dejó la pelota en el suelo y se quedó mirando a Sergeus con sus grandes y vivarachos ojos oscuros, moviendo su pequeña colita, esperando a que su dueño reaccionara.
- Me temo que la hora de la lectura se ha terminado – parecía decirle Sergeus al perro.
Cogió la pelota y la lanzó un par de metros lejos del sillón. El Yorkshire Terrier corrió tras la pelota, cogiéndola cuando ésta tocó el suelo.
- ¡Buen chico! ¿Quieres que te la lance otra vez?
El perro se acercó y dejó la pelota sobre la palma de Sergeus. El doctor Grant volvió a tirar la pelota y nuevamente el pequeño can salió tras ella.
Ver a su mascota corriendo tras la pelota y sintiendo la tranquila atmósfera que se respiraba en su apartamento, Sergeus no pudo evitar pensar sobre Neo Arcadia. Le preocupa toda aquella falsedad dentro de la enorme ciudad. Muchísimos Reploids perecían sin razón aparente y nadie parecía preocuparse por ello. ¿Qué había pasado con el sueño de que humanos y Reploids vivieran en paz? Por desgracia, en la tranquilidad de su hogar, Sergeus se daba cuenta de lo cruda que era la realidad, lejos de los sueños en apariencia inalcanzables.

En ese instante, sus pensamientos fueron interrumpidos por el sonido del timbre de la puerta principal.
“No esperaba ninguna visita”, pensaba Sergeus mientras se dirigía a la puerta.
El pequeño perro le acompañaba y comenzó a ladrar cuando llegaron a la puerta. Aún extrañado, Sergeus abrió la puerta, sin saber a quién podría encontrarse tras ella…

La mujer de larga cabellera castaña, con aquellas extrañas rayas atigradas en sus mejillas y de brillantes ojos rojos miraba, casi impasible, a los ojos de Sergeus. El joven científico la examinó unos instantes. Aquella mujer vestía el uniforme de los soldados de Neo Arcadia: un mono ajustado negro que cubría todo su cuerpo excepto las manos y la cabeza, una minifalda azul con bordes dorados y un chaleco de idénticos patrones. Sergeus se extrañó al ver que no llevaba la característica boina de los militares, aunque tampoco le diera tanta importancia. Sergeus no obvió las dos maletas que estaban al lado de la mujer, una de ellas de un tamaño considerable.
La había reconocido nada más habérsela encontrado de frente, pero necesitaba estar seguro de que ella estaba al otro lado de la puerta, esperando a que él dijese algo. Realmente, aquella era una visita inesperada.

- ¿Sekhmet? – finalmente preguntó Sergeus, con una pequeña sonrisa de incredulidad -. Vaya… esto sí que no me lo esperaba.
Sekhmet se limitó a asentir. Al oír los ladridos, miró al suelo, para encontrarse al pequeño Yorkshire Terrier ladrándole, pidiéndole atención. Sekhmet se agachó y lo miró. Una casi imperceptible sonrisa había aparecido en su rostro cuando vio al perro callarse y quedarse sentado. Y esto fue una sorpresa para ella: ¿desde cuándo era capaz de sonreír? Es más, ¿desde cuándo podía sentir, aunque levemente, aquel sentimiento tan agradable? No lo sabía, pero había sido la primera experiencia de Sekhmet con la alegría, representada en aquel momento bajo la forma del perrito graciosamente sentado delante de ella.
- Me parece que le gustas a Gary – decía el doctor Grant mientras se agachaba y seguía hablando con una amplia sonrisa -. Es casi idéntico a un perro de verdad. Hace dos semanas que lo terminé y me alegra ver que se ha acostumbrado sin problemas.
El pequeño perro se fue al salón. El doctor Grant se incorporó junto a Sekhmet. Los dos se miraron nuevamente y Sergeus tenía curiosidad por saber qué hacía Sekhmet allí.
- Oh… bueno… ¿Y qué te trae por aquí? ¿No estabas…?
- El general Fefnir dijo que ya había terminado mi entrenamiento con él – respondió la Reploid, con una entonación neutra -. Creo que le cuesta aceptarlo, pero parece orgulloso de mí.
- Todos saben de la cabezonería del general Fefnir – bromeó Sergeus -. Bueno, según sé, mañana empezarás tu entrenamiento con Lady Leviathan, ¿no es así?
- Si… De todos modos, quería pasar este día libre… con aquél que me creó… Esa persona… que quería ver desde que comencé a entrenar… desde que comencé a vivir.

No sabía por qué, pero aquellas palabras habían impulsado al doctor Grant a sonreír y abrazar a Sekhmet. Ella no entendía aquella reacción, ni sabía cómo actuar mientras los brazos de Sergeus la agarraban en un fuerte abrazo. Estaba confusa, jamás en su corta existencia había sido abrazada de una manera tan afectuosa… de todas formas, tampoco consideraba los agarrones de Fefnir abrazos en sí.
Pero una voz parecía decirle a Sekhmet cómo reaccionar. Aquella conciencia le estaba indicando que debía abrazar a su creador, mostrar así su afecto. Y eso hizo.
No se dio cuenta de que su creador había dejado escapar unas pequeñas lágrimas. El joven científico había sido lo suficientemente rápido como para que Sekhmet no notara ese detalle.
- Oh… entra, por favor – decía Sergeus cogiendo las maletas, tratando así de ocultar sus lágrimas.
La Reploid y el doctor Grant entraron en el salón. Sergeus se fue a una de las habitaciones y ahí dejó las maletas de Sekhmet. Después volvió junto a la Reploid, que estaba de pie frente a una pequeña mesa y dos sillas. Sergeus ofreció asiento a Sekhmet, pero ella prefirió quedarse de pie.
Gary se puso cerca de Sekhmet, con la bola roja en sus pequeñas fauces. La Reploid miró al perro, sin entender qué quería.
- Quiere jugar contigo – le explicó Sergeus -. Coge la pelota y tírala lejos para que la recoja… Eso sí, ten cuidado, vaya a ser que rompas algo.
Aun sin entender por qué tenía que lanzar la pelota al perro para que luego éste la recogiera, Sekhmet hizo caso al doctor Grant y lanzó la pelota. El pequeño perro salió corriendo tras ella y, una vez la había atrapado, se la llevó de vuelta a Sekhmet. La Reploid entendió que quería seguir jugando, así que de nuevo lanzó la pelota y otra vez Gary fue a buscarla.
- Mira al pequeño Gary, Sekhmet. Es feliz con esa pelotita… ¿No es bonito? Está feliz con un pequeño objeto, y nada más.
Sekhmet se quedó mirando al can, que se entretenía él solo con la pelota. No comprendía exactamente las palabras de Grant, pero tal vez lo que quisiera decirle es que se conformaba con muy poco. Luego echó un vistazo al modesto apartamento. ¿Tal vez también hacía referencia a sí mismo?
Luego se dio cuenta de que lo que realmente resaltaba Sergeus no era el conformarse con poca cosa, sino la felicidad. Eso cuadraba más y, además, se dio cuenta de sobre quién hablaba realmente el joven.
- Feliz… - se quedó mirando a Sergeus unos instantes -. Yo… ¿Podría ser yo también feliz, Dr Grant?
- ¿Qué? Oh… Por favor, nada de formalidades – dijo Sergeus con una pequeña sonrisa -. No tienes por qué llamarme Dr Grant. Sólo Sergeus… Y sí, tú puedes ser feliz. De hecho, deberías ser feliz, porque querías verme… y estás aquí conmigo. Dime, ¿eres feliz?
Ella tardó varios segundos en responder:
- Yo… no lo sé, Dr… digo, Sergeus. Siento algo… Algo que nunca sentí antes.
- Eso debe ser felicidad, Sekhmet. Los Reploids sois como nosotros los humanos: pensáis por vuestra cuenta, tenéis vuestros propios pensamientos y vuestra propia personalidad. No sois como los robots del siglo XXI, todos con una personalidad programada…
- ¿Y los Irregulares también tienen sus propios sentimientos?
Ésta fue una pregunta inocente pero inesperada. Sergeus se quedó mirando a su creación a los ojos. Aun sabiendo la respuesta, temía decirla. A su lado, Gary parecía dispuesto a jugar. Sergeus cogió la pelota y la lanzó lejos. Mientras el perro iba a por la pelota, un serio Sergeus por fin respondió:
- Incluso ellos… Incluso los Reploids que son asesin… retirados – la forma en que había dicho retirados era forzada, ocultando la verdad del conflicto -. Siento que tengas que ser una luchadora y no una simple ciudadana con una existencia pacífica.
- Pero… Pero Sergeus, ¡quiero luchar por la gloria de Neo Arcadia en cuanto termine mi entrenamiento! – contestó Sekhmet -. El Maestro X confía en mí… El maestro Phantom también… Incluso el general Fefnir… aunque no quiera admitirlo.
- Luchar… luchar… No puedes defender la paz con violencia, eso es algo que siempre tengo en mente. La violencia sólo trae más violencia. Yo quiero que vivas en un mundo feliz, donde Reploids y humanos convivan sin problemas, sin guerras.
- El general Fefnir dijo que ese sueño era posible, pero para ello había que detener a los rebeldes. Por desgracia, sí que hay que luchar.

Sergeus se quedó callado. No podía creer que aquellas palabras salieran de la boca de Sekhmet, que estuviese decidida a luchar y luchar por una paz inalcanzable, según veía Sergeus, siguiendo con esta espiral de violencia. ¿Tanto había influido la sociedad de Neo Arcadia en aquella mente que aún le quedaba por descubrir el mundo que la rodeaba?
- Cientos… no, miles de Reploids mueren debido a esta ridícula guerra. Los Irregulares, los Mavericks, son historia. Sin Sigma, ya no hay Irregulares… al menos, no los víricos.
- Pero los Irregulares no necesitan a su líder ni a su virus – Sekhmet estaba siendo muy clara en aquel momento -. Todo aquel Reploid que se oponga al sistema es un Irregular… y sólo podrán ser derrotados con la lucha.
- ¡No quiero que te conviertas en una máquina de matar, en un ser sin corazón! – Sergeus se levantó, no pudiendo creer lo que acababa de oír -. ¡Tienes sentimientos! ¿No lo ves? ¿Acaso quieres ser así de fría, sin que te importe lo que le pase a otros?

Sekhmet miró al doctor Grant. Se dio la vuelta y cruzó los brazos, con tal de no mirar a su creador a la cara. Pero, por alguna razón, se sentía culpable. ¿Culpable de qué? ¿Qué había hecho ella? ¿Qué era aquello que le ocurría?
No pudo evitar recordar lo que ocurrió hacía tres semanas, cuando luchó contra Anubis y Fefnir por primera vez. Los golpes, el quedar durante unos instantes en desventaja, las ansias de victoria propias de una cría… Todo eso había producido un cúmulo de sentimientos que le parecían familiares y que le hacían daño. Cada vez que se sentía así, era como si su cuerpo se quemara por dentro y una ola de energía la impulsara a actuar como un animal salvaje… Y luego la dejaba impotente, vulnerable. Recordó esa sensación cuando Fefnir comenzó a dispararle, sin que ella pareciera querer evadir los disparos.

“¿Es ésta la máquina descorazonada de la que habla?”, pensó Sekhmet.

Se sentía extraña, nunca le había pasado antes. Aquellos recuerdos, aquellas sensaciones, todo ello le hacía dudar a Sekhmet sobre si había sido o no buena idea visitar a Sergeus.
Estaba confusa, no sabía por qué se sentía culpable, aunque aquellos recuerdos parecieran ser la respuesta a la pregunta.
Sergeus se acercó a ella y puso sus manos sobre los hombros de la Reploid.
- Mira… Lo siento mucho, querida. No quería confundirte. Perdóname, Sekhmet.
- No… yo soy quien ha de... ¿cómo se dice? - hubo una pequeña pausa, pero prosiguió rápidamente -: Soy yo quien ha de disculparse – respondió Sekhmet, admitiendo al final aquel sentimiento de culpabilidad -. No entendí que no todos tenemos el mismo punto de vista. Quería pasar un buen rato contigo, que habláramos de cosas cotidianas. Todo parecía prometedor, pero hemos acabado discutiendo sobre este conflicto… No, no es lo que quería… lo que queríamos.

Sergeus suspiró. Se alegró de saber que Sekhmet no era una insensible. Es cierto que él se había puesto bastante duro con ella, casi le exigía que se comportara de una determinada manera, sin importar lo que ella quisiera. No era Sekhmet la única que no había tenido en cuenta otros puntos de vista…
La Reploid se dio la vuelta y siguió hablando:
- Aunque he sido entrenada durante estos dos meses y casi ni te he visto… y cuando te veía, no podía hablar contigo… A pesar de que no hubiese contacto, sabía que querías lo mejor para mí… como el padre que nunca tuve.
No sabía desde cuándo lo había sentido, pero así era como Sekhmet veía a Grant. Tal vez fuese simplemente por el hecho de que él la creó o tal vez hubiese algo más... pero ¿cómo habría algo más si apenas habían hablado entre ellos, concretamente desde que ella pasó por el umbral de la puerta?

Y no se dio cuenta del efecto que tuvo lo que había dicho hasta que volvió a mirar a Sergeus.

Aquellas palabras no es que fuesen muy profundas, pero bastaron para que Sergeus bajara la mirada. Se sentía en parte mal por no haber estado antes con Sekhmet, pero por otro lado estaba feliz, feliz de saber qué pensaba Sekhmet sobre él. Algo que era bien cierto, aun cuando la Reploid no supiera el porqué.
El hecho de que le considerara como el padre que nunca tuvo le llamó más la atención. Para Sergeus, Sekhmet era como una hija para él… una hija a la que nunca pudo hablar hasta aquel momento, cuando finalmente podían charlar de lo que quisieran.
Se le escapó una nueva lágrima. ¿Tan mal contenía la emoción de ver a Sekhmet delante de sus propias narices? Y esta vez no podía disimularla… de hecho, sonrió a Sekhmet y volvió a abrazarla. Esta vez, no quiso ocultar sus lágrimas.

No entendía el por qué de aquellas lágrimas. Sekhmet no las había visto antes, pero había oído hablar de por qué la gente llora. Dolor, tristeza, alegría… sentimientos que ella apenas sí experimentaba, aunque en el caso de la alegría, podría decirse que con Sergeus era la primera vez que la sentía. Entonces, ¿por qué lloraba su creador? No podía llorar por tristeza, de alguna manera no sentía que fuese por eso. ¿Dolor? Tampoco.
Era alegría… Pero Sekhmet parecía entender que ésta no era una alegría que hubiese aparecido de repente. Recordó lo que ella había dicho, de cómo cuando veía a Sergeus, no podían hablar el uno con el otro. Pensó que Sergeus se sentía igual… pero a diferencia de Sekhmet, él podía llorar.
Y aunque no supiera cómo comportarse, casi por instinto, Sekhmet se apartó un poco, dejando que el joven científico se incorporase. Sergeus seguía sonriendo y aún quedaban algunas lágrimas. Sekhmet las apartó suavemente de las mejillas de Sergeus. No quería que las lágrimas estropearan aquella felicidad que, por primera vez, sentía.

- Esto es lo que los hijos piensan de sus padres – dijo Grant con una sonrisa -. Es cierto, mi querida Sekhmet, que quiero lo mejor para ti. Pero tú eres quien toma tus propias decisiones. Tú eres libre de hacer lo que quieras… aunque yo no esté siempre de acuerdo. Sólo recuerda que has de elegir sabiamente.
Aunque lo intentara, a Sekhmet le costaba sonreír. No debía ser difícil, pensaba: si con el pequeño Gary había sonreído, aunque levemente, también podría hacerlo ahora, delante de aquél que la creó. Recordó tantos y tantos momentos que quería compartir con Sergeus, sin poder tener la más mínima oportunidad de que aquello ocurriera, que ellos se encontraran y hablaran… Y al final lo había conseguido.

¿Eres feliz?

La voz de Sergeus resonó en su mente. Cerró los ojos y susurró un pequeño y sincero “sí”. Abrió los ojos, miró a Sergeus… y sonrió.
Sonrió pensando que no sólo había conseguido estar con su creador, sino también sonrió porque había descubierto que podía ser feliz.
- Lo haré – dijo Sekhmet, manteniendo su sincera sonrisa -. Elegiré sabiamente… padre.
Sergeus no rompió a llorar otra vez cuando oyó aquella palabra. Su sonrisa, sin embargo, era mayor.
- Sé que lo harás… hija mía.

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Horas después...

Tras la cena, Sergeus llevó a Sekhmet hasta la habitación a donde había llevado sus maletas. Sekhmet reconoció rápidamente que la habitación era un dormitorio… el dormitorio que usaría esa noche…
- Tu dormitorio – le dijo Sergeus.
Sekhmet se quedó mirando lo que parecía una cápsula de gran tamaño conectada a varios cables, algunos de ellos conectados a un ordenador. También vio la mesa y la silla justo en frente. Ella pensó si realmente éste era su dormitorio, tal y como el doctor Grant le había dicho. No podía creer que se lo tuviera ya preparado desde hacía bastante tiempo.
Sergeus le indicó el camino hacia la habitación del científico. Parecía querer enseñarle su hogar por completo, para que observara todos los detalles, escasos pero importantes, de aquel apartamento.
Cerca de la cama de Grant había muchos papeles llenos de bocetos y letras, tal vez proyectos en los que se habría embarcado Sergeus. También había algunos libros viejos en una pequeña mesa. Sekhmet, curiosa ante aquellos objetos tan antiguos, se acercó y miró el libro que estaba en lo alto de la pila: “El arte de la robótica”, por Thomas Xavier Light.
El doctor Grant cogió el libro y se lo dio a Sekhmet.
- Aunque es muy viejo, este libro contiene muchas cosas interesantes sobre los robots – explicaba Grant -. El Dr Light fue un gran científico del siglo XXI, un experto en robótica. De hecho, este libro es de lectura obligatoria en la Universidad.
- Un hombre interesante… - fue lo que dijo Sekhmet -. ¿Y te gustan estas cosas? ¿Estos… libros?
- Estos libros pertenecieron a mi bisabuelo. Son como un tesoro familiar. Tal vez te interesaría leerlo algún día.
- Irónico… una Reploid leyendo sobre robots… Y… ¿sólo tienes libros científicos?
- Oh, claro que no… Mira, también tengo novelas. La verdad es que muchas son mejores que alguna película de las de ahora, debo decir.
Los dos rieron. Sekhmet volvió a tener la sensación de experimentar algo nuevo y agradable, pero algo le vino a su mente y paró de reír en seco, sorprendida ante la misteriosa risa que había aparecido de la nada y que había salido de su boca.
Su rostro ahora parecía más serio, o mejor dicho, preocupado, ya que otro pensamiento se cruzó en su mente robótica.
- ¿Ocurre algo, Sekhmet?
- Yo… pensaba en lo que tengo que hacer mañana. Tener que alejarme de ti otra vez. Sólo han pasado unas horas, aunque me hubiese gustado que fuese eterno -, Sekhmet suspiró y continuó hablando -: Pero también tienes razón en que cada cual ha de tomar sus decisiones. Y aunque me gustaría estar con el hombre que me dio la vida, quiero también proteger Neo Arcadia y luchar por la paz. Pero no te preocupes, padre: ¡lucharé por nuestra paz! Así podremos estar juntos, como padre e hija, y disfrutar de esa paz.

Sergeus no sabía qué responder. Le había sorprendido el cambio que se había efectuado en ella en tan poco tiempo, un aprendizaje tan rápido. De ser tan reservada a poder hablar con esta soltura. Debía ser el propio sistema de la Reploid, que tan rápido se había acostumbrado.
Pero lo que más le sorprendía era la "paz" que quería conseguir Sekhmet. ¿A qué paz exactamente se refería? Estaba claro que ella no lo sabía, no tenía ni idea de qué clase de paz conseguiría con esta lucha, con toda esta violencia. Podía saber que Sekhmet lo decía con todo su buen corazón, pero el científico pensó que ella pecaba de ingenua. Lo había sentido antes, cuando estuvieron discutiendo en el salón, y lo sentía ahora.
Se volvió hacia la mesa y miró los libros que había allí. El que había estado leyendo antes de que llegara Sekhmet, el de mitología, estaba entre los libros apilados. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Sekhmet no se percató de ello.
- Bien… hmm… Sí, es tu decisión. Sólo espero que esa paz llegue pronto, aunque no me gustaría que estuviera manchada de sangre.
- Supongo que las diferencias entre padres e hijos son habituales…
- Sí, lo son…

De nuevo, se quedó sorprendido ante esta casi inmediata madurez que parecía desprenderse de las palabras de Sekhmet.

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Al día siguiente…

Sekhmet llevaba ya un buen rato levantada. Pensaba en lo que podría depararle su entrenamiento con Leviathan. Sabía que aquella altiva Reploid dirigía los ejércitos marítimos de Neo Arcadia y era experta en ordenadores… pero, ¿sería tan exigente como Fefnir? ¿Tan meticulosa como Phantom?

Terminó de ponerse su traje marrón, dejando el uniforme de soldado en la maleta más pequeña. Sus pensamientos se desviaron a la gran maleta, la que contenía su garra. Se acercó a ella y cogió la garra con ambas manos. La miró como hacía todos los días: recorría con sus ojos la oscura superficie de aquel gran brazo blindado, capaz de aguantar armas de energía, rematado en tres largas garras grisáceas. Era toda una costumbre para ella, pero algo interrumpió la monotonía…

Era un dibujo que había sobre la hombrera de la garra, un dibujo que no había visto nunca. De hecho, nunca estuvo ahí, hasta esa mañana. Volvió a mirarlo… Era una figura humana, vestida con túnicas blancas, con una vara en la mano derecha y un extraño símbolo parecido a una cruz en la izquierda. Sekhmet reconoció el símbolo como un ankh, aunque no sabía más acerca de ello. Siguió mirando la figura dibujada, de larga cabellera oscura y… cabeza de leona, rematada en lo alto de su cabeza con un gran círculo dorado. Sekhmet pensó que este símbolo podía ser un sol, pero ya el dibujo de por sí era demasiado extraño para ella.
Dejó la garra lentamente en la maleta más grande y la cerró. Luego cerró la maleta más pequeña y, con ambas en las manos, salió.

Sekhmet entró en el salon y vio a Sergeus jugando con Gary. Sergeus se levantó y miró a Sekhmet.
- Buenos días, Sekhmet. Veo que ya llegó el momento… Sólo me queda desearte... Buena suerte. Hazlo lo mejor que puedas.
- Gracias… Y me gustaría preguntarte algo… Encontré un dibujo... un dibujo en mi garra. No lo había visto antes. ¿Has…?
- ¿He dibujado yo eso? Sí, así es… Mientras descansabas, decidí mejorar un poco tu arma… y personalizarla un poco. Ahora puede hacer ataques cargando energía para ser más potente y ese dibujo… Bueno, digamos que te representa a ti. Es un dibujo de una diosa egipcia, la diosa a la que debes tu nombre: Sekhmet, “la poderosa”. Quería que siempre tuvieras una parte de mí contigo.
- Yo… no necesito ningún dibujo para acordarme de ti… pero... muchísimas... hmm... gracias. Es un… ¿cómo se dice? Oh, sí... un bonito regalo.
- Me alegra que te guste… Yo… bueno… Será mejor que no te entretenga más. Lady Leviathan te está esperando.
Sekhmet dejó lentamente las maletas en el suelo y abrazó a Sergeus. Estas horas habían sido horas de primeras veces para Sekhmet, y aquel abrazo que daba por propia iniciativa se había sumado a la lista. Sergeus la abrazó también y los dos se fueron a la puerta. El pequeño Gary les seguía y se ponía a dar vueltas alrededor de Sekhmet. Ella lo miraba y esbozaba una pequeña sonrisa. Miró a Sergeus, aún sonriendo, y se despidió de él.
La puerta se cerró y Sergeus y Gary se quedaron solos. El pequeño perro se sentó delante de la puerta, como si esperara que ahora Sekhmet la volviera a abrir y regresara. Sergeus también se quedó mirando a la puerta…

“Sekhmet ha tomado una decisión: luchará por la paz. Y aunque no apruebe la forma en que quiere conseguirla, yo he aceptado su decisión… incluso, aunque suene contradictorio, he mejorado su arma.
Desde hoy entrenará con Leviathan. Y tras ella, vendrá Harpuia. Al menos, me alegra ver que Fefnir no la ha convertido en una guerrera descerebrada. Le gusta luchar, pero conoce sus límites… y sabe que no es una guerrera sanguinaria. Creo que Phantom le enseñó bastante sobre autocontrol…
Pero aún estoy preocupado… a pesar de su inocente sueño en un mundo violento… a pesar de que por fin experimente sentimientos como la alegría… Aún me sigue preocupando Sekhmet. El vídeo del primer combate de prueba contra Fefnir sólo es un ejemplo de ello. Sus ojos cuando atacó a Anubis y a Fefnir… La furia que se veía en ellos… el autocontrol había fallado en aquel momento… Sólo espero que Leviathan consiga ayudarle a controlarse en combate…”