jueves, junio 30, 2005

Inspiración

¿Cuántas veces había tachado aquel papel? Si seguía así, en vez de palabras, habría llenado esa hoja con líneas y líneas, no dejando ver las letras que habían sido tachadas continuamente.
No le salía nada. Trataba de escribir algo, no sabía ni tan siquiera de qué trataría. Simplemente necesitaba escribir. Para él, desde pequeño, la literatura era una simple evasión, le permitía viajar sin moverse a otros lugares e incluso a otras épocas. No sólo era lo que leía, sino también lo escribía. Poco le importaba el tema del que trataban los relatos que leyera o escribiera: tan pronto tenía una historia de amor en un instituto como hacía que su protagonista surcara el Universo en una fantástica nave espacial en un futuro lejano.
Pero en aquella ocasión, no era capaz de escribir nada que le convenciera. Había vuelto a tachar una frase que quedó totalmente ilegible bajo la tinta. Seguía sin encontrar lo que quería... y eso que no buscaba nada en concreto, simplemente quería que le saliera una historia que le gustara. Buscaba esa inspiración que parecía huir de él, que no quería darle la historia que le agradara. En esto era un poco egoísta, pero la verdad es que se justificaba a sí mismo siempre diciendo que no podía hacer algo que no le dejase satisfecho. Ya después podría enseñarla a otras personas, como había hecho con las anteriores historias que habría escrito, y saber qué opinaban.
A la gente le gustaba lo que escribía, que era, precisamente, lo que pasaba sus "autocontroles de calidad". Era verdad que más de uno le reprochaba su narración simple, pero les gustaba el sentimiento que ponía en sus relatos. Además, aquellos críticos siempre trataban de ayudarle con su forma de narrar historias. Y bien le habían ayudado en ello. Especialmente una persona en particular...
Pero en ese momento se encontraba bloqueado. Trataba de sacar algo, pero no conseguía más que añadir un nuevo tachón. Finalmente, tras casi una hora sin saber qué escribir, se levantó de su silla, cogió las llaves y decidió salir de su apartamento.

Caminaba lentamente por su barrio, el epítome de la tranquilidad para él. No pensaba buscar la inspiración aquí, simplemente necesitaba despejarse, que su mente se liberara para que, cuando volviera a casa, ésta se pusiera de nuevo en busca de la tan ansiada inspiración. El seguía andando y andando, sin darse cuenta de que había llegado al pequeño parque cercano al barrio que lo vio nacer y crecer. El sonido de los patos del estanque le hizo volver a la realidad.
Sí, efectivamente, había llegado al parque que había visitado desde su infancia. El aspecto caduco de los árboles aún se conservaba en primavera, lo que le daba un toque muy triste. Y mucha gente evitaba el parque por eso, precisamente, no podían con la tristeza que, para ellos, emanaba. Pero él solía visitarlo, a veces inconscientemente, como había hecho en aquella ocasión. Había estado allí de niño, cuando aquel parque aún conservaba algo de vida que no fueran los patos del estanque, y luego seguía visitándolo en busca de paz. Aunque él seguía pensando que, bajo este aspecto, el parque conservaba su vitalidad, de alguna forma adormecida durante todos estos años. No sabía si alguna vez volvería a despertar, pero no perdía la esperanza y deseaba que algún día recuperara su color y se llenara, como en los viejos tiempos, de niños alegres que corrieran y jugaran y de personas mayores que pasearan con calma por aquel lugar.
Se acercó a la barandilla que separaba el resto del parque del estanque de los patos. Él los miraba tranquilamente. Aquella familia de aves había ido creciendo y menguando con el paso del tiempo, pero todas aquellas generaciones tenían algo que parecía transmitirse de padres a hijos. Y eso debía ser la tranquilidad con la que nadaban en el estanque, una tranquilidad que parecía contagiosa, pues él también se sentía más relajado.
Comenzó a pensar si, como otras veces que había llegado sin pensarlo al parque y había acabado mirando a los patos, fue su propio subsconciente el que le había llevado hasta allí, esperando encontrar la calma que, más tarde, le ayudaría a inspirarse y escribir. Y de nuevo había obtenido la misma respuesta a esta pregunta...

A su mente le vino el recuerdo de una tarde de verano. Había estado mirando el mismo estanque, con sus patos nadando de un lado para otro, sin apenas molestarse entre ellos y sólo revolviéndose un poco cuando alguien les tiraba unos trozos de pan.
Recordaba que aquella tarde estuvo con su mejor amiga, antes de que decidiera irse a estudiar al extranjero. La recordaba muy bien: sus ojos marrones y curiosos tras aquellas simples gafas, su pelo largo y suelto de color castaño que descansaba tranquilamente sobre sus hombros y su espalda, las ropas holgadas y de tonos oscuros y la gracilidad de sus movimientos, todo ello lo veía como si hubiese vuelto atrás en el tiempo para revivir aquel momento. Realmente lo estaba reviviendo, aunque fuese en su mente.
Aquella chica había sido no sólo su mejor amiga, sino también su mejor maestra en las artes literarias. Él no dejaba de admirar sus relatos, incluso los que veía en Internet. Ella había creado su propia página donde publicaba sus relatos y aun estando a cientos de kilómetros de su hogar, ella seguía impresionando a propios y extraños con aquellas narraciones tan exquisitas, tan llenas de significado y que mantenían su frescura aun cuando pasaran meses desde que se escribieron.
El momento en que se vieron cara a cara por última vez y no había un ordenador de por medio era aquél que estaba recordando... Los dos miraban el estanque y sus emplumados habitantes. Él tenía que despedirse de su amiga, sin saber si volvería a verla algún día en persona, y ya que habían compartido tantos momentos en el mismo parque, frente al mismo estanque, no quería perder su oportunidad de desearle lo mejor allá a donde fuera y que esperaba volver a verla pronto.
Contemplaban el estanque mientras hablaban, recordando los viejos tiempos. Recordó que en aquella ocasión habían estado hablando de sus relatos, de cómo habían ido cambiando. Él de siempre había tenido problemas con la inspiración, pero su amiga, en cambio, no parecía tener el mismo inconveniente. Recordó también aquellas palabras que le dijo su amiga:

"Este estanque siempre me tranquiliza. Una mente despejada es lo que la musa de la inspiración busca."

Sí, recordaba aquellas palabras. Toda una gran verdad, como muchas de las que ella solía decir y que seguía transmitiendo en sus escritos. Pero más que el mensaje de que ver el estanque, el tranquilo estanque, le ayudara, la cuestión estaba en que él siempre trataba de buscar la inspiración, cuando era ésta la que, finalmente, le encontraba a él. Siempre tropezaba con la misma piedra... Podía devanarse los sesos durante horas, pero si se quedaba unos minutos relajado la cosa cambiaba y las ideas fluían libremente. Claro que no siempre funcionaba y el estanque remataba la faena y se convertía en una gran ayuda para tranquilizarse del todo y obtuviera la idea que necesitaba. Idea que la propia musa le traía, sin que él saliera en su busca.

Y era precisamente eso lo que le había pasado ese día...

Tal y como había dicho su amiga hacía tiempo, la musa de la inspiración había llegado a su relajada mente. Se separó lentamente de la barandilla, mirando aún a los patos. Con un casi silencioso "gracias", se alejó del estanque y recorrió el camino hacia casa.
Aquel agradecimiento podría parecer que iba destinado a aquellos patos que no tenían en cuenta nada más allá de su pequeño estanque y de la comida que cayera en él... pero la verdad es que ese agradecimiento tenía una destinataria totalmente distinta...

Y es que hay amistades que uno nunca olvidará y que hacen que nuestra vida sea mucho mejor. Aunque sea sólo en los detalles más pequeños, pero esa pequeña felicidad puede ser más que suficiente.

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Este relato está dedicado a todas esas personas que, de una forma u otra, me han ayudado a poder seguir escribiendo y a mejorar mi estilo, amén de ayudarme en otros ámbitos de la vida, por muy poco relevantes que parezcan. A todas esas personas, ¡gracias!

jueves, junio 23, 2005

Post introductorio

No sé cuántas personas visitaran este blog... Pero bueno, eso ahora no es lo que importa.

Ante todo, a todo aquél que se pase por aquí, ¡bienvenido! Aunque algunos ya sabréis que tengo ya mi propio blog, La guarida de Sekhmet, éste que estáis viendo será simplemente un blog para ir colgando mis relatos. No es que sea un gran escritor, ni mucho menos, soy un simple aficionado, pero a veces la literatura de aficionado me despeja bastante.

No puedo prometer gran calidad en lo que voy a ir poniendo por aquí, aunque siempre trataré de hacerlo lo mejor posible.

Aunque lo que sí puedo asegurar es que iré colgando por aquí la traducción en español de mi fanfic basado en Megaman Zero, The Raging Lioness (La Leona Furiosa). El fanfic ya está siendo publicado en Fanfiction.net, pero en inglés y todavía no está terminado el primer arco de la saga (supuestamente, una trilogía).
Por supuesto, la versión en español será casi una mejora de la original, pues aunque en inglés estoy algo limitado, el español es mi lengua materna, así que no debería tener problemas a la hora de adaptarlo. Y sabiendo que no todos los presentes conocen la historia de los videojuegos de Megaman, vosotros tranquilos, porque antes de cada arco de la saga se irá explicando todo (o al menos, la parte necesaria para ir pillando el argumento).

Ya sólo queda que, próximamente, os ponga algo de interés por aquí. ;)