jueves, marzo 23, 2006

"La Leona Furiosa: El comienzo", capítulo 8

Tras una ausencia bastante larga, volvemos con La Leona Furiosa. La versión en inglés ha quedado paralizada en el capítulo 13, ya que estoy dispuesto a continuar la historia de la trilogía en español.

Además, aquí se introduce el concepto del Energen. El nombre Energen es utilizado para los cristales de energía necesarios para el funcionamiento de los Reploids, un bien bastante escaso en la saga Zero.

Y sin más dilación...

Capítulo 8: La primera misión de Sekhmet

- Así que eres una agente especial…
Sekhmet asintió a Sergeus.
- Sí, yo tampoco me lo creía en un principio, pero fue lo que me dijo Lord Harpuia: soy una agente especial. Y desde hoy, estoy al servicio de Neo Arcadia.
- Bueno… al menos estarás en casa cuando no tengas nada que hacer. Algo es algo.
- Mala cosa que hoy no esté libre. Lo siento mucho, pero tengo que reunirme a mediodía con mi primer… er… jefe.
Dr Grant sonrió y le dio a Sekhmet su garra. Ella la cogió y miró a Sergeus. Quería estar con su creador, con su “padre”, pero ahora era definitivamente una agente leal al orden de Neo Arcadia. Suspiró ante este pensamiento.
- Espero terminar pronto… padre.
Tras estas palabras, Sekhmet se marchó del apartamento, en camino a lo que sería su primera misión.

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Su transporte se detuvo en la zona central de la gran ciudad de Neo Arcadia. Sekhmet observó la gran cantidad de gente que caminaba hacia un lado y hacia otro, como si no supieran realmente a dónde ir. Humanos y Reploids, muy escasos estos últimos, entraban y salían de los edificios, especialmente tiendas, todos con prisa. Sólo unos pocos parecían haberse percatado de la mujer Reploid portando la gran garra en su brazo derecho. Y los humanos que la veían lo hacían con desdén, algo que Sekhmet notó casi al instante.

“No puedo culpar a los humanos de no confiar en muchos de nosotros… Si no hubiese rebeldes, tal vez las cosas fuesen diferentes, fuesen mejores para nosotros los Reploids”, pensaba.

Algo que pudo comprobar Sekhmet es que había bastantes Pantheons. Sekhmet notó que eran algo diferentes a los que se había enfrentado en sus entrenamientos. No era su diseño externo, sino la forma de moverse, más humana. Incluso algunos de ellos se detenían y hablaban entre ellos, como si tal cosa. Tal vez los Pantheons auténticos, los símbolos de la autoridad del Maestro X, no fuesen tan distintos a los Reploids de toda la vida, en contraposición a esos Droides X peleles que había destruido en sus sesiones de entrenamiento. A pesar de ello, seguían siendo unos simples títeres bajo las órdenes de X, sirviéndole ciegamente sin más elección que ésa.
Los Pantheons no dejaban de mirar a cada Reploid que caminaba por las calles. Puede que hubiese Reploids “puros”, pero todos eran sospechosos de poder ser Irregulares, o Mavericks, como algunos los llamaban. Y a nadie le gustaba que esas marionetas tuvieran sus grandes orbes rojos mirándoles. Hasta los humanos sentían incómoda la presencia de los androides.

Sekhmet se fijó entonces en el gran edificio que tenía enfrente, una torre moderna de metal y cristal, desafiando la vista. No era tan grande como la gran torre de Neo Arcadia, núcleo de operaciones de la ciudad-estado y, según muchos, hogar del Maestro X, pero aquel gran edificio era realmente imponente.
Se acercó al edificio, en dirección a la puerta de cristal tras la cual se podía ver lo que había en el gran recibidor. Fue entonces cuando oyó un grito tras ella.
Curiosa y nerviosa, Sekhmet se dio la vuelta sólo para ver cómo dos Cazadores Pantheon seguían a una Reploid de corto pelo oscuro y vistiendo una túnica blanca. Aquella Reploid pedía ayuda desesperadamente, pero sus gritos cesaron en cuanto los dos Pantheons abrieron fuego. El cuerpo agujereado por las balas de los Pantheons cayó sin vida al suelo, desplomándose y cayendo piezas mecánicas por todos lados. De lo que quedaba del cuerpo manaba un líquido rojizo similar a la sangre humana. Uno de los Pantheons se acercó para comprobar que no había trampa y realmente habían abatido a la Reploid.

Las personas alrededor de los Pantheons y el cadáver estaban asustados en un principio, pero la mirada de uno de los Cazadores les obligó a seguir con sus aburridas vidas, actuando como si nada hubiera pasado.

El horror de aquella escena había paralizado a Sekhmet. Ella, una guerrera, había observado la crueldad de aquellos androides que ahora levantaban el maltrecho cuerpo de la Reploid. Ahora tenía oportunidad de decirles algo, pero lo repentino de la escena le había dejado también sin palabras. Varios Pantheons más se estaban reuniendo en el mismo lugar y seguían instando a los viandantes a que siguieran su camino.
Sekhmet sabía por qué todos los ciudadanos preferían seguir su camino: si se metían con los Pantheons, ellos serían sus siguientes objetivos. Y en esta época, ser humano no te libraba de convertirte en la diana de un Cazador Pantheon, si bien en caso de los humanos nunca disparaban a matar. Nadie, ni humano ni Reploid, quería ser tachado de Irregular. Sekhmet cerró su puño izquierdo, sintiéndose impotente en ese momento. Ella, una luchadora, no podía hacer nada ante la violencia de aquel momento.
Sin saber qué hacer y viendo la hora que era, no tuvo más remedio que seguir su camino, como hacían todos los demás.

“Pero… ¿era una Irregular?”

Aún absorta en sus pensamientos, Sekhmet entró en el edificio. Caminó casi automáticamente hacia la gran mesa de recepción. Pero antes de llegar, tres Pantheons se acercaron a ella. Uno de ellos se le adelantó.
- No se puede entrar con armas, así que déme la suya, señorita – dijo el androide con una voz mecánica y molesta -. No queremos problemas.
Tras la escena que había visto, Sekhmet no estaba para sermones de un Pantheon. Pero no era plan de partirlos en dos, y menos cuando su primera misión empezaba en este mismo lugar, encontrándose con su primer jefe. Así que recurrió a la vía más segura y sensata: la de las palabras.
- Lo siento, pero tengo una reunión con mi jefe. Y necesito mi arma. No veo razón para entregárosla.
El Panteón volvió a repetir palabra por palabra su orden, pero Sekhmet se volvió a negar. Daba igual si se iba a buscar problemas con los androides: no les iba a dar su garra. Ella estaba ahí por una serie de razones y la garra iba con ella a su misión. Pero los Pantheons no lo entendían.
Los tres Pantheons alzaron sus brazos y prepararon sus cañones. De nuevo el Pantheon que estaba más cerca de ella le pidió que entregara la garra, añadiendo además que oponerse a la autoridad podría costarle caro. Sekhmet miró a su alrededor, viendo a todas las personas del recibidor alejándose lentamente de donde estaban ellos.
La Leona Furiosa comprendía la gravedad de su error, pero no sabía cómo salir de esto sin tener que recurrir a la violencia. Fue entonces cuando una figura familiar apareció.

El Reploid chacal flotaba a escasos centímetros del suelo y fue acercándose a los Pantheons. Su vara giraba a su alrededor, acompañándole. Con una voz clara, ordenó a los Pantheons retirarse. Los androides no vacilaron y cumplieron con lo ordenado. Anubis se acercó a Sekhmet y le mostró una amplia sonrisa, lo más amplia que su rígido rostro le permitía.
- Oh… Estos Pantheons no tienen modales… éstas no son formas de tratar a una dama.
- ¿Anubis? Así que tú… eres mi primer jefe – dijo Sekhmet, a lo que Anubis asintió. La Reploid miró la vara que giraba alrededor de Anubis -. Vara nueva, ¿eh? Me gusta mucho - esto lo había dicho sin que ella misma se diera cuenta de que estaba hablando con tanta familiaridad con su primer jefe.
- Gracias. Claro que no la tendría si no me hubieses roto la otra. Así que te lo agradezco doblemente. La verdad es que me gusta más ésta que la antigua.
Sekhmet arqueó una ceja mientras escuchaba a Anubis hablar.
- Vaya, he de decir que no te pareces al arrogante señor de la muerte de mis sesiones de entrenamiento. Eres hasta simpático y todo - de nuevo, Sekhmet no se daba cuenta de con qué naturalidad estaba hablando a Anubis.
- Jeje… ¿Arrogante? Oh, jovencita, puedo ser duro, y me gusta actuar como el señor de la muerte ante mis rivales, pero tanto como arrogante… Bueno, también es cierto que por aquel entonces sólo eras una cría. Ahora estás hecha toda una mujer.
- Una mujer de cuatro meses de edad, pero… bueno, sí, el resto de la gente me considera adulta, no solamente tú.
- Claro, claro… Ejem… De acuerdo, hemos de tomar nuestro transporte. Te iré explicando los pormenores de la misión en cuanto lleguemos a la base.

Anubis y Sekhmet abandonaron el edificio y se dirigieron al aerodeslizador que les esperaba a la salida. Una vez en el transporte, abandonaron la ajetreada ciudad. Sekhmet miró por las lunas del vehículo, aún recordando la escena que había visto. ¿Era ésta la crueldad que Neo Arcadia mostraba hacia quienes se opusieran a su autoridad? ¿Tendría que actuar ella también de esta forma?

Estos pensamientos se desvanecieron en cuanto llegaron a un lugar que debía ser una antigua base militar. Podían verse varias naves y helicópteros mientras grandes cantidades de Pantheons caminaban cerca de ellos.
Anubis y Sekhmet salieron del aerodeslizador y se apresuraron en llegar a uno de los helicópteros. A diferencia de lo que eran los helicópteros de épocas pasadas, éste tenía un aspecto mucho más sofisiticado y sus hélices se encontraban debajo de cada una de las alas del aparato. Pero, básicamente, era como los helicópteros de entonces.
Sekhmet miró a Anubis. Señaló a los soldados Reploids y a los Pantheons que poco a poco se iban reuniendo.
- Bien… ¿y qué vamos a hacer?
- Nuestro satélite ha encontrado una mina de Energen a doscientos kilómetros al este de aquí – comenzó a explicarle Anubis -. Hay que llegar a ella antes de que lo hagan los rebeldes. Te pondré al mando de una pequeña escuadra de Pantheons y Reploids, la Escuadra Alfa. Tu grupo tomará posiciones y esperará al resto de soldados. Algunos Pantheons se dedicarán a la protección de la mina hasta que comiencen los trabajos de extracción de los cristales, así que no tendrás mucho que hacer en esta misión.
- Entendido…
- Por cierto, si os encontráis con soldados de la Resistencia, eliminadlos. El satélite ha detectado la presencia de un pequeño grupo rebelde bastante cerca.
- ¿Eliminarlos? Podríamos capturarlos, ¿no? Podrían darnos información sobre…
- Preferirán la muerte a la traición – interrumpió Anubis -. Además, nuestros satélites nos darán toda la información que queramos saber.
- Tú y tus satélites… Bien, lo entiendo, Anubis. La filosofía es sencilla entonces: hay que acabar con los Irregulares.
- Pues sí, has captado el concepto.

Las naves y los helicópteros partieron una vez finalizados los preparativos. Tan sólo les tomó veinte minutos en llegar a una zona desértica y comenzar el despliegue. Anubis explicó a Sekhmet que la mina estaba a diez kilómetros de su posición, siguiendo su camino hacia el este. Si los miembros de la Resistencia conseguían obtener información sobre su posición, tendrían que estar listos.
- Pero tenemos más soldados, no debería ser un problema para nosotros – replicó Sekhmet ante las advertencias de Anubis -. Además, seguro que ya saben que estamos aquí si han visto las naves y los helicópteros aterrizando. Seguro que si hay soldados de la Resistencia por aquí, ya deben estar esperando… pensándolo bien, en una emboscada que seamos más numerosos no implica que podamos vencer… El factor sorpresa jugaría a su favor y podrían…
- Oh, no sobreestimes al enemigo, muchacha – dijo Anubis, molesto por el comentario de Sekhmet -. Bien, la Escuadra Alfa te está esperando. Llévalos a la mina. Y buena suerte.

Sekhmet se inclinó y bajó del helicóptero. Caminó durante unos metros, observando a los Pantheons organizándose. Mientras caminaba, también vio que una Reploid con el uniforme de soldado de Neo Arcadia, de largo cabello dorado y ojos amarillos, se le acercaba.
- Se presenta Xenirr, de la Escuadra Alfa. ¿Es usted la sargento Sekhmet?
- ¿Sargento?
Sekhmet no podía ocultar su sorpresa. ¿Era su primera misión y ya le habían dado el rango de sargento? De todas formas, ya le extrañaba que estuviese al mando de una escuadra en vez de ser una simple soldado dentro de ésta.
Pero no sonaba nada lógico ser sargento así porque sí. ¿Tal vez los Shitennou y tal vez el propio Maestro X confiaban en ella? Tal vez confiaban demasiado en ella. Pero no se podía detener ante estos pensamientos.
- … Sí, soy yo. Así que tú eres de la Escuadra Alfa… Llévame junto a los demás.

Xenirr llevó a Sekhmet ante el resto de la Escuadra Alfa, formada por Pantheons y Reploids que ya habían terminado de comprobar sus armas. La primera línea estaba formada por Cazadores Pantheon, tras los cuales se encontraba otro model Pantheon, los Guardianes. Los soldados Reploids, cada uno con una pistola modelo buster, munción y un sable de energía, eran los últimos. La auténtica línea de ataque era la de los Pantheons, que seguían siendo de todas formas carne de cañón; los soldados Reploids sólo servirían como apoyo.
Sekhmet no confiaba mucho en la versatilidad de los Pantheons. Había muchos de ellos en su escuadra, aunque dudaba si realmente podrían ser lo suficientemente listos como para evitar o encarar una posible emboscada.

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La Escuadra Alfa, tal y como se suponía, se dirigió hacia el este. Los soldados marchaban mientras Sekhmet les conducía en dirección a la mina. Les llevó poco menos de quince minutos hasta que llegaron a su destino. Sekhmet se encontró con un lugar muy tranquilo, tal vez demasiado. La Reploid habría esperado algunos soldados de la Resistencia esperándoles o incluso sentir la presencia de alguien que pudiera preparar una emboscada. La idea de Sekhmet sobre los soldados de la Resistencia era la de tipos duros armados hasta los dientes, con sus armas listas para matar a cualquier enemigo que se les pusiera por delante. Pero allí no había nada parecido a eso.
Sekhmet se acercó a la mina y examinó la entrada de la misma. Seguía extrañada, así que llamó a uno de los Cazadores Pantheon para que se acercara. El Pantheon llegó hasta donde estaba ella y Sekhmet le pidió que se introdujera en la mina. El Pantheon asintió y cumplió la orden. Cuando el Pantheon solo llevaba cinco metros andados, se oyó el estallido de una bomba desde el interior de la mina y la entrada se colapsó. Si el Pantheon había sobrevivido a la explosión, no podría salir de allí. Sekhmet maldijo por lo bajo y luego se volvió hacia el resto de la escuadra… para ver que ya estaban ocupados con los recién aparecidos soldados de la Resistencia.

Los soldados de la Resistencia llevaban ropas similares a las de los soldados de Neo Arcadia, pero eran de color verde, aparte de que el visor y las boinas de los rebeldes eran bastante diferentes. Si no fuera por esos detalles, a Sekhmet le costaría muchísimo distinguir a sus soldados de los enemigos.
- ¡Ya sabía que nos tenderían una emboscada! – les gritó a los soldados -. ¡Escuadra Alfa, máxima potencia! ¡¡Hemos de acabar esto rápidamente!!
Sekhmet corrió hacia la escuadra y los soldados de la Resistencia. Frente al enemigo, la garra de Sekhmet era imparable. Sus largas cuchillas se clavaban en los cuerpos de los soldados rebeldes y arrancaba sus miembros sin dificultad. Aquel líquido parecido a la sangre humana caía sobre la arena, tiñéndola de rojo, rodeando los cuerpos de los soldados Pantheon, neoarcadianos y rebeldes caídos en la liza. La escuadra de Sekhmet era más numerosa, pero los soldados de la Resistencia suplían su inferioridad numérica con su valor y su decisión de luchar hasta el final.

A medida que se abría paso, Sekhmet pudo ver las caras de los soldados de la Resistencia. Todos esos Reploids estaban horrorizados cuando veían a Sekhmet acercarse con ellos y mientras su garra se iba moviendo violentamente entre ellos. Sekhmet, viendo aquel horror en sus rostros, trató de detenerse, pero ellos no se detenían ni tampoco sus soldados. Caían soldados de ambos bandos sin parar, aquello no parecía posible que se terminara sin luchar. Sekhmet no tenía otra opción: debía vencerles, debía aniquilarles… Por Neo Arcadia.
Y ya que suponía la mayor amenaza para ellos, varios soldados de la Resistencia comenzaron a concentrar su fuego sobre Sekhmet. Usando su garra como escudo, la Reploid trataba de avanzar hacia ellos.
- ¡Parad…! – gritaba a los rebeldes -. ¡¡Parad…!! ¡¡¡PARAD!!!
Pero los rebeldes, viéndose aún amenazados, no se detenían e incluso más se unieron a los demás para tratar de abatirla. Por cada bala que impactaba en Sekhmet o en su garra, su desesperación y su ira aumentaban por momentos, al tiempo que su paso se aceleraba. Podía sentir cómo una extraña pero familiar fuerza recorría su cuerpo y pronto lo sintió aún más cuando su garra destrozaba todo lo que se encontraba con una velocidad y una brutalidad terribles. También sentía cómo perdía el control de su cuerpo y se convertía en espectadora de la matanza que estaba protagonizando.
Los soldados de la Resistencia dejaron de disparar y, aún más asustados, trataron de huir de aquella máquina de destrucción. Pero era tarde y los ojos rojos como la sangre de la Leona Furiosa se convirtieron en lo último que aquellos soldados verían.

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Cuando cayó el último de los soldados rebeldes, Sekhmet miró a su alrededor. Observó la masacre que había organizado, los cuerpos destrozados a su alrededor. Lo miraba todo con desesperación y se llevó la mano izquierda a la cara. Negaba con la cabeza y trataba de olvidar lo ocurrido, pero cuando apartó la mano enguantada manchada del líquido rojizo, de la “sangre” de los Reploids asesinados, la escena dantesca seguía ahí…
- Sargento…
Entonces también se fijó que no sólo había Reploids de la Resistencia muertos cerca de ella. Pantheons y Reploids neoarcadianos también se encontraban tumbados, masacrados…
- Sargento…
Siguió mirando a su alrededor otra vez, ahora ampliando su campo de visión y viendo que había muchos heridos. Todos ellos Pantheons y neoarcadianos. Ni un rebelde seguía vivo, como ya había comprobado. Habían acabado con todos ellos y ella había visto todo teñido de rojo… rojo de ira y rojo de sangre…
- ¡Sargento!
Sekhmet supo entonces que la voz no venía sólo del comunicador, sino que también la oía a su lado. Se volvió y allí vio a Xenirr, que se iba acercando a ella. Cuando estaba a su lado, le entregó un pequeño comunicador.
- Sargento Sekhmet… ¿Está bien? – preguntó la soldado y señaló las marcas de bala que había sobre la armadura de Sekhmet y las pequeñas abolladuras de la garra -. Oh Dios…
- No es nada, Xenirr, estoy bien… ¿Y qué pasa con el comunicador?
- El señor Anubis quiere hablar con usted, sargento.
- Bien, ahora ve a ayudar a tus compañeros – le ordenó Sekhmet.
Cuando Xenirr ya se había alejado lo suficiente, Sekhmet, sin poder olvidar las imágenes de la destrucción que había causado, habló por el comunicador.
- Anubis, te dije que nos podrían haber visto aterrizando… Y eso ha ocurrido. Nos han tendido una emboscada, casi nos hemos quedado sin Pantheons y muchos soldados Reploids están heridos.
- Un poco de mala suerte, nada más… - respondió la voz de Anubis. Sekhmet hizo un gesto de desaprobación ante la pasividad del chacal -. Pero al menos la mina está asegurada, ¿no?
- ¡Ésa es otra! ¡No lo está! – Sekhmet miró la entrada derrumbada de la mina -. Había unas cargas dentro… la Resistencia ha destruido la entrada principal.
- ¡Eh, no pasa nada! Los rebeldes también necesitan los cristales Energen, así que no destruirían la mina entera simplemente. Seguramente sólo hubiera cargas para bloquear la entrada, no serían tan idiotas como para destruir toda la mina. Ya cavaremos una nueva entrada. Vale… Ahora sólo esperadnos a la segunda escuadra que dirigiré. Aseguraos de que no haya más rebeldes.
Sekhmet se quedó callada unos segundos. Volvió a ver los cuerpos descuartizados y volvió la cara. Cerró los ojos y con un simple “Recibido” cortó la comunicación con Anubis.

Sekhmet se fijó en lo que quedaba de la escuadra. Se acercó a donde estaba Xenirr, quien estaba ayudando a un soldado malherido a levantarse. Cuando vio a Sekhmet y una vez se aseguró que el soldado se podia mantener en pie por su cuenta, saludó a su superior.
- Los heridos necesitan reparaciones de inmediato, sargento – dijo Xenirr mientras aún seguía con su saludo militar -. ¿Cuándo vendrán los refuerzos, sargento Sekhmet?
- Están de camino. Y escucha: quiero que exploréis esta zona, hemos de asegurarnos de que no hay enemigos cerca. ¿Crees que podréis hacerlo, soldado Xenirr?
- ¡Afirmativo, sargento!
Varios soldados fueron llamados a acompañar a Xenirr. Todos presentaron el mismo saludo a Sekhmet antes de ponerse a explorar los alrededores. Sekhmet, mientras tanto, ayudaba a varios de los heridos. Aún seguía en su mente todo lo que había ocurrido en la batalla y las caras de algunos de los heridos, que cuando veían a Sekhmet acercarse mostraban un pánico que ella había visto en los rostros de los rebeldes antes de sucumbir a su furia, no hacían más que avivar aquellos recuerdos tan recientes. Negó con la cabeza y volvió a llevarse la mano a la cara. No había forma de deshacerse de aquellas imágenes… No podía volver atrás, no podía detener la masacre. Lo hecho, hecho estaba y tenía que vivir sabiendo que había entre sus filas personas que le tenían miedo.

Sólo habían pasado diez minutos cuando Xenirr volvió. Parecía excitada cuando por fin consiguió encontrar a Sekhmet.
- ¡Hemos encontrado algo increíble, sargento Sekhmet! ¡Tiene que verlo!
- ¿Acaso son los rebeldes? ¿Había más por los alrededores?
- Negativo, mi sargento, no hay rebeldes en los alrededores… ¡Pero tiene que ver lo que hemos encontrado, por favor!
Aún sin entender qué quería decir Xenirr con tanta emoción, Sekhmet la acompañó hasta donde se encontraban los demás soldados, esperando a ambas mujeres. Uno de los soldados se apartó de los demás y señaló a lo que parecía ser un Reploid medio enterrado en la arena. La cabeza del Reploid se asemejaba a la de un gran lobo oscuro. Se podían observar daños muy graves en su armadura, especialmente en el torso, donde destacaba sobremanera un símbolo: una R amarilla.
- ¿Un soldado de la Repliforce? – preguntó Sekhmet.
- Así es, mi sargento – respondió Xenirr -. Uno de los reclutas comenzó a cavar cuando descubrió un objeto puntiagudo en la arena – Xenirr tocó ligeramente la oreja derecha del Reploid licántropo -. Parece que lleva enterrado mucho tiempo.
- Al menos cien años – Sekhmet volvió a mirar al Reploid semienterrado -. No sé cómo algo tan antiguo puede ser útil… Además, si es de la época de las Guerras Maverick, puede incluso que esté infectado por el virus Sigma. Hubo rumores de que los soldados de Repliforce eran Irregulares víricos. Y no me gustaría llevarme desagradables sorpresas.
Se agachó para observarlo con más detalle. A pesar de haber pasado tanto tiempo enterrado y a pesar de los daños, podía decirse que se había conservado muy bien para no estar en una cámara de hibernación.
- Podría ser reparado… pero seguiría siendo obsoleto…
- ¿Y por qué no le pregunta al señor Anubis? – Xenirr miró hacia atrás -. Debe estar al caer…
Sekhmet miró en la dirección de Xenirr, como si esperara a que, en cualquier momento, Anubis y la segunda escuadra llegaran a su posición.

Caminó lentamente de vuelta a donde se encontraba. Trastabilló y quedó de rodillas en el suelo. Se levantó lentamente y pasó su mano por el pecho, notando los impactos de bala que habían hecho mella en su armadura. Era un milagro que estuviera viva. ¿Cuántos disparos había recibido? ¿Decenas? ¿Centenas? Y ahí seguía ella, en pie, plenamente operativa. Pero sentía que estaba al límite de sus fuerzas.
Pero las heridas no le importaban. Sólo había dos cosas en su cabeza ahora: el soldado de la Repliforce que habían descubierto… y su ira, su furia destructora.
La Reploid volvió a caer de rodillas. La batalla había sido dura, ella sola había sacado a su numeroso grupo de una emboscada perpetrada por pocos rebeldes. Sekhmet miró hacia delante y pudo observar cómo un enorme grupo de Pantheons comenzaba a desplegarse en la zona. Tras ellos, Anubis Necromancess III, acompañado de soldados de Neo Arcadia, hacía acto de presencia.
Sekhmet sonrió con amargura. Había cumplido con su primera misión, después de todo…