sábado, septiembre 03, 2005

"La Leona Furiosa: El comienzo", capítulo 4

Con un considerable retraso (mis disculpas), ya estoy de vuelta. Admito que el capítulo que toca es un poco sensiblero y puede que bastante malillo... esto de los sentimientos aún hay que pulirlo. ^^U


Capítulo 4: Padre e hija

Sergeus se recostó un poco más sobre el sillón mientras seguía leyendo su libro. La tranquilidad de su humilde y cómodo apartamento en las zonas residenciales de Neo Arcadia le proporcionaba el ambiente perfecto para relajarse después de varios días de duro trabajo. Y así también tenía tiempo libre, que había aprovechado antes para dar un paseo y, más tarde, leer.
La lectura era una de las mayores pasiones del doctor Grant, aparte de su interés por la robótica. Lejos de las comodidades de estos tiempos, donde casi todo está digitalizado, Sergeus prefería el tacto de algo tan obsoleto para la sociedad neoarcadiana como era un libro.
La mitología antigua, de entre todo lo que podía leer, era su temática preferida. Sus Dioses, sus héroes… especialmente los temas que tocaban la mitología egipcia y la griega eran de mayor interés para el joven científico. Y leer sobre temas como éstos le parecía mejor a través de las páginas de un libro que a través de la pantalla de un ordenador. Era como si los libros estuvieran imbuidos por una magia que los hacía así de especiales. Tal vez fuese el hecho de que fuesen pasando durante generaciones en su familia y les había cogido cariño, pero, ciertamente, la sensación de estar leyendo un libro era totalmente diferente a la de leer las cosas en una fría pantalla.

Dejó durante unos segundos su lectura al oír los ligeros pasitos que se iban acercando al sillón. Sergeus miró al pequeño Yorkshire Terrier que se acercaba a él con una pelota roja en la boca. El perro dejó la pelota en el suelo y se quedó mirando a Sergeus con sus grandes y vivarachos ojos oscuros, moviendo su pequeña colita, esperando a que su dueño reaccionara.
- Me temo que la hora de la lectura se ha terminado – parecía decirle Sergeus al perro.
Cogió la pelota y la lanzó un par de metros lejos del sillón. El Yorkshire Terrier corrió tras la pelota, cogiéndola cuando ésta tocó el suelo.
- ¡Buen chico! ¿Quieres que te la lance otra vez?
El perro se acercó y dejó la pelota sobre la palma de Sergeus. El doctor Grant volvió a tirar la pelota y nuevamente el pequeño can salió tras ella.
Ver a su mascota corriendo tras la pelota y sintiendo la tranquila atmósfera que se respiraba en su apartamento, Sergeus no pudo evitar pensar sobre Neo Arcadia. Le preocupa toda aquella falsedad dentro de la enorme ciudad. Muchísimos Reploids perecían sin razón aparente y nadie parecía preocuparse por ello. ¿Qué había pasado con el sueño de que humanos y Reploids vivieran en paz? Por desgracia, en la tranquilidad de su hogar, Sergeus se daba cuenta de lo cruda que era la realidad, lejos de los sueños en apariencia inalcanzables.

En ese instante, sus pensamientos fueron interrumpidos por el sonido del timbre de la puerta principal.
“No esperaba ninguna visita”, pensaba Sergeus mientras se dirigía a la puerta.
El pequeño perro le acompañaba y comenzó a ladrar cuando llegaron a la puerta. Aún extrañado, Sergeus abrió la puerta, sin saber a quién podría encontrarse tras ella…

La mujer de larga cabellera castaña, con aquellas extrañas rayas atigradas en sus mejillas y de brillantes ojos rojos miraba, casi impasible, a los ojos de Sergeus. El joven científico la examinó unos instantes. Aquella mujer vestía el uniforme de los soldados de Neo Arcadia: un mono ajustado negro que cubría todo su cuerpo excepto las manos y la cabeza, una minifalda azul con bordes dorados y un chaleco de idénticos patrones. Sergeus se extrañó al ver que no llevaba la característica boina de los militares, aunque tampoco le diera tanta importancia. Sergeus no obvió las dos maletas que estaban al lado de la mujer, una de ellas de un tamaño considerable.
La había reconocido nada más habérsela encontrado de frente, pero necesitaba estar seguro de que ella estaba al otro lado de la puerta, esperando a que él dijese algo. Realmente, aquella era una visita inesperada.

- ¿Sekhmet? – finalmente preguntó Sergeus, con una pequeña sonrisa de incredulidad -. Vaya… esto sí que no me lo esperaba.
Sekhmet se limitó a asentir. Al oír los ladridos, miró al suelo, para encontrarse al pequeño Yorkshire Terrier ladrándole, pidiéndole atención. Sekhmet se agachó y lo miró. Una casi imperceptible sonrisa había aparecido en su rostro cuando vio al perro callarse y quedarse sentado. Y esto fue una sorpresa para ella: ¿desde cuándo era capaz de sonreír? Es más, ¿desde cuándo podía sentir, aunque levemente, aquel sentimiento tan agradable? No lo sabía, pero había sido la primera experiencia de Sekhmet con la alegría, representada en aquel momento bajo la forma del perrito graciosamente sentado delante de ella.
- Me parece que le gustas a Gary – decía el doctor Grant mientras se agachaba y seguía hablando con una amplia sonrisa -. Es casi idéntico a un perro de verdad. Hace dos semanas que lo terminé y me alegra ver que se ha acostumbrado sin problemas.
El pequeño perro se fue al salón. El doctor Grant se incorporó junto a Sekhmet. Los dos se miraron nuevamente y Sergeus tenía curiosidad por saber qué hacía Sekhmet allí.
- Oh… bueno… ¿Y qué te trae por aquí? ¿No estabas…?
- El general Fefnir dijo que ya había terminado mi entrenamiento con él – respondió la Reploid, con una entonación neutra -. Creo que le cuesta aceptarlo, pero parece orgulloso de mí.
- Todos saben de la cabezonería del general Fefnir – bromeó Sergeus -. Bueno, según sé, mañana empezarás tu entrenamiento con Lady Leviathan, ¿no es así?
- Si… De todos modos, quería pasar este día libre… con aquél que me creó… Esa persona… que quería ver desde que comencé a entrenar… desde que comencé a vivir.

No sabía por qué, pero aquellas palabras habían impulsado al doctor Grant a sonreír y abrazar a Sekhmet. Ella no entendía aquella reacción, ni sabía cómo actuar mientras los brazos de Sergeus la agarraban en un fuerte abrazo. Estaba confusa, jamás en su corta existencia había sido abrazada de una manera tan afectuosa… de todas formas, tampoco consideraba los agarrones de Fefnir abrazos en sí.
Pero una voz parecía decirle a Sekhmet cómo reaccionar. Aquella conciencia le estaba indicando que debía abrazar a su creador, mostrar así su afecto. Y eso hizo.
No se dio cuenta de que su creador había dejado escapar unas pequeñas lágrimas. El joven científico había sido lo suficientemente rápido como para que Sekhmet no notara ese detalle.
- Oh… entra, por favor – decía Sergeus cogiendo las maletas, tratando así de ocultar sus lágrimas.
La Reploid y el doctor Grant entraron en el salón. Sergeus se fue a una de las habitaciones y ahí dejó las maletas de Sekhmet. Después volvió junto a la Reploid, que estaba de pie frente a una pequeña mesa y dos sillas. Sergeus ofreció asiento a Sekhmet, pero ella prefirió quedarse de pie.
Gary se puso cerca de Sekhmet, con la bola roja en sus pequeñas fauces. La Reploid miró al perro, sin entender qué quería.
- Quiere jugar contigo – le explicó Sergeus -. Coge la pelota y tírala lejos para que la recoja… Eso sí, ten cuidado, vaya a ser que rompas algo.
Aun sin entender por qué tenía que lanzar la pelota al perro para que luego éste la recogiera, Sekhmet hizo caso al doctor Grant y lanzó la pelota. El pequeño perro salió corriendo tras ella y, una vez la había atrapado, se la llevó de vuelta a Sekhmet. La Reploid entendió que quería seguir jugando, así que de nuevo lanzó la pelota y otra vez Gary fue a buscarla.
- Mira al pequeño Gary, Sekhmet. Es feliz con esa pelotita… ¿No es bonito? Está feliz con un pequeño objeto, y nada más.
Sekhmet se quedó mirando al can, que se entretenía él solo con la pelota. No comprendía exactamente las palabras de Grant, pero tal vez lo que quisiera decirle es que se conformaba con muy poco. Luego echó un vistazo al modesto apartamento. ¿Tal vez también hacía referencia a sí mismo?
Luego se dio cuenta de que lo que realmente resaltaba Sergeus no era el conformarse con poca cosa, sino la felicidad. Eso cuadraba más y, además, se dio cuenta de sobre quién hablaba realmente el joven.
- Feliz… - se quedó mirando a Sergeus unos instantes -. Yo… ¿Podría ser yo también feliz, Dr Grant?
- ¿Qué? Oh… Por favor, nada de formalidades – dijo Sergeus con una pequeña sonrisa -. No tienes por qué llamarme Dr Grant. Sólo Sergeus… Y sí, tú puedes ser feliz. De hecho, deberías ser feliz, porque querías verme… y estás aquí conmigo. Dime, ¿eres feliz?
Ella tardó varios segundos en responder:
- Yo… no lo sé, Dr… digo, Sergeus. Siento algo… Algo que nunca sentí antes.
- Eso debe ser felicidad, Sekhmet. Los Reploids sois como nosotros los humanos: pensáis por vuestra cuenta, tenéis vuestros propios pensamientos y vuestra propia personalidad. No sois como los robots del siglo XXI, todos con una personalidad programada…
- ¿Y los Irregulares también tienen sus propios sentimientos?
Ésta fue una pregunta inocente pero inesperada. Sergeus se quedó mirando a su creación a los ojos. Aun sabiendo la respuesta, temía decirla. A su lado, Gary parecía dispuesto a jugar. Sergeus cogió la pelota y la lanzó lejos. Mientras el perro iba a por la pelota, un serio Sergeus por fin respondió:
- Incluso ellos… Incluso los Reploids que son asesin… retirados – la forma en que había dicho retirados era forzada, ocultando la verdad del conflicto -. Siento que tengas que ser una luchadora y no una simple ciudadana con una existencia pacífica.
- Pero… Pero Sergeus, ¡quiero luchar por la gloria de Neo Arcadia en cuanto termine mi entrenamiento! – contestó Sekhmet -. El Maestro X confía en mí… El maestro Phantom también… Incluso el general Fefnir… aunque no quiera admitirlo.
- Luchar… luchar… No puedes defender la paz con violencia, eso es algo que siempre tengo en mente. La violencia sólo trae más violencia. Yo quiero que vivas en un mundo feliz, donde Reploids y humanos convivan sin problemas, sin guerras.
- El general Fefnir dijo que ese sueño era posible, pero para ello había que detener a los rebeldes. Por desgracia, sí que hay que luchar.

Sergeus se quedó callado. No podía creer que aquellas palabras salieran de la boca de Sekhmet, que estuviese decidida a luchar y luchar por una paz inalcanzable, según veía Sergeus, siguiendo con esta espiral de violencia. ¿Tanto había influido la sociedad de Neo Arcadia en aquella mente que aún le quedaba por descubrir el mundo que la rodeaba?
- Cientos… no, miles de Reploids mueren debido a esta ridícula guerra. Los Irregulares, los Mavericks, son historia. Sin Sigma, ya no hay Irregulares… al menos, no los víricos.
- Pero los Irregulares no necesitan a su líder ni a su virus – Sekhmet estaba siendo muy clara en aquel momento -. Todo aquel Reploid que se oponga al sistema es un Irregular… y sólo podrán ser derrotados con la lucha.
- ¡No quiero que te conviertas en una máquina de matar, en un ser sin corazón! – Sergeus se levantó, no pudiendo creer lo que acababa de oír -. ¡Tienes sentimientos! ¿No lo ves? ¿Acaso quieres ser así de fría, sin que te importe lo que le pase a otros?

Sekhmet miró al doctor Grant. Se dio la vuelta y cruzó los brazos, con tal de no mirar a su creador a la cara. Pero, por alguna razón, se sentía culpable. ¿Culpable de qué? ¿Qué había hecho ella? ¿Qué era aquello que le ocurría?
No pudo evitar recordar lo que ocurrió hacía tres semanas, cuando luchó contra Anubis y Fefnir por primera vez. Los golpes, el quedar durante unos instantes en desventaja, las ansias de victoria propias de una cría… Todo eso había producido un cúmulo de sentimientos que le parecían familiares y que le hacían daño. Cada vez que se sentía así, era como si su cuerpo se quemara por dentro y una ola de energía la impulsara a actuar como un animal salvaje… Y luego la dejaba impotente, vulnerable. Recordó esa sensación cuando Fefnir comenzó a dispararle, sin que ella pareciera querer evadir los disparos.

“¿Es ésta la máquina descorazonada de la que habla?”, pensó Sekhmet.

Se sentía extraña, nunca le había pasado antes. Aquellos recuerdos, aquellas sensaciones, todo ello le hacía dudar a Sekhmet sobre si había sido o no buena idea visitar a Sergeus.
Estaba confusa, no sabía por qué se sentía culpable, aunque aquellos recuerdos parecieran ser la respuesta a la pregunta.
Sergeus se acercó a ella y puso sus manos sobre los hombros de la Reploid.
- Mira… Lo siento mucho, querida. No quería confundirte. Perdóname, Sekhmet.
- No… yo soy quien ha de... ¿cómo se dice? - hubo una pequeña pausa, pero prosiguió rápidamente -: Soy yo quien ha de disculparse – respondió Sekhmet, admitiendo al final aquel sentimiento de culpabilidad -. No entendí que no todos tenemos el mismo punto de vista. Quería pasar un buen rato contigo, que habláramos de cosas cotidianas. Todo parecía prometedor, pero hemos acabado discutiendo sobre este conflicto… No, no es lo que quería… lo que queríamos.

Sergeus suspiró. Se alegró de saber que Sekhmet no era una insensible. Es cierto que él se había puesto bastante duro con ella, casi le exigía que se comportara de una determinada manera, sin importar lo que ella quisiera. No era Sekhmet la única que no había tenido en cuenta otros puntos de vista…
La Reploid se dio la vuelta y siguió hablando:
- Aunque he sido entrenada durante estos dos meses y casi ni te he visto… y cuando te veía, no podía hablar contigo… A pesar de que no hubiese contacto, sabía que querías lo mejor para mí… como el padre que nunca tuve.
No sabía desde cuándo lo había sentido, pero así era como Sekhmet veía a Grant. Tal vez fuese simplemente por el hecho de que él la creó o tal vez hubiese algo más... pero ¿cómo habría algo más si apenas habían hablado entre ellos, concretamente desde que ella pasó por el umbral de la puerta?

Y no se dio cuenta del efecto que tuvo lo que había dicho hasta que volvió a mirar a Sergeus.

Aquellas palabras no es que fuesen muy profundas, pero bastaron para que Sergeus bajara la mirada. Se sentía en parte mal por no haber estado antes con Sekhmet, pero por otro lado estaba feliz, feliz de saber qué pensaba Sekhmet sobre él. Algo que era bien cierto, aun cuando la Reploid no supiera el porqué.
El hecho de que le considerara como el padre que nunca tuvo le llamó más la atención. Para Sergeus, Sekhmet era como una hija para él… una hija a la que nunca pudo hablar hasta aquel momento, cuando finalmente podían charlar de lo que quisieran.
Se le escapó una nueva lágrima. ¿Tan mal contenía la emoción de ver a Sekhmet delante de sus propias narices? Y esta vez no podía disimularla… de hecho, sonrió a Sekhmet y volvió a abrazarla. Esta vez, no quiso ocultar sus lágrimas.

No entendía el por qué de aquellas lágrimas. Sekhmet no las había visto antes, pero había oído hablar de por qué la gente llora. Dolor, tristeza, alegría… sentimientos que ella apenas sí experimentaba, aunque en el caso de la alegría, podría decirse que con Sergeus era la primera vez que la sentía. Entonces, ¿por qué lloraba su creador? No podía llorar por tristeza, de alguna manera no sentía que fuese por eso. ¿Dolor? Tampoco.
Era alegría… Pero Sekhmet parecía entender que ésta no era una alegría que hubiese aparecido de repente. Recordó lo que ella había dicho, de cómo cuando veía a Sergeus, no podían hablar el uno con el otro. Pensó que Sergeus se sentía igual… pero a diferencia de Sekhmet, él podía llorar.
Y aunque no supiera cómo comportarse, casi por instinto, Sekhmet se apartó un poco, dejando que el joven científico se incorporase. Sergeus seguía sonriendo y aún quedaban algunas lágrimas. Sekhmet las apartó suavemente de las mejillas de Sergeus. No quería que las lágrimas estropearan aquella felicidad que, por primera vez, sentía.

- Esto es lo que los hijos piensan de sus padres – dijo Grant con una sonrisa -. Es cierto, mi querida Sekhmet, que quiero lo mejor para ti. Pero tú eres quien toma tus propias decisiones. Tú eres libre de hacer lo que quieras… aunque yo no esté siempre de acuerdo. Sólo recuerda que has de elegir sabiamente.
Aunque lo intentara, a Sekhmet le costaba sonreír. No debía ser difícil, pensaba: si con el pequeño Gary había sonreído, aunque levemente, también podría hacerlo ahora, delante de aquél que la creó. Recordó tantos y tantos momentos que quería compartir con Sergeus, sin poder tener la más mínima oportunidad de que aquello ocurriera, que ellos se encontraran y hablaran… Y al final lo había conseguido.

¿Eres feliz?

La voz de Sergeus resonó en su mente. Cerró los ojos y susurró un pequeño y sincero “sí”. Abrió los ojos, miró a Sergeus… y sonrió.
Sonrió pensando que no sólo había conseguido estar con su creador, sino también sonrió porque había descubierto que podía ser feliz.
- Lo haré – dijo Sekhmet, manteniendo su sincera sonrisa -. Elegiré sabiamente… padre.
Sergeus no rompió a llorar otra vez cuando oyó aquella palabra. Su sonrisa, sin embargo, era mayor.
- Sé que lo harás… hija mía.

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Horas después...

Tras la cena, Sergeus llevó a Sekhmet hasta la habitación a donde había llevado sus maletas. Sekhmet reconoció rápidamente que la habitación era un dormitorio… el dormitorio que usaría esa noche…
- Tu dormitorio – le dijo Sergeus.
Sekhmet se quedó mirando lo que parecía una cápsula de gran tamaño conectada a varios cables, algunos de ellos conectados a un ordenador. También vio la mesa y la silla justo en frente. Ella pensó si realmente éste era su dormitorio, tal y como el doctor Grant le había dicho. No podía creer que se lo tuviera ya preparado desde hacía bastante tiempo.
Sergeus le indicó el camino hacia la habitación del científico. Parecía querer enseñarle su hogar por completo, para que observara todos los detalles, escasos pero importantes, de aquel apartamento.
Cerca de la cama de Grant había muchos papeles llenos de bocetos y letras, tal vez proyectos en los que se habría embarcado Sergeus. También había algunos libros viejos en una pequeña mesa. Sekhmet, curiosa ante aquellos objetos tan antiguos, se acercó y miró el libro que estaba en lo alto de la pila: “El arte de la robótica”, por Thomas Xavier Light.
El doctor Grant cogió el libro y se lo dio a Sekhmet.
- Aunque es muy viejo, este libro contiene muchas cosas interesantes sobre los robots – explicaba Grant -. El Dr Light fue un gran científico del siglo XXI, un experto en robótica. De hecho, este libro es de lectura obligatoria en la Universidad.
- Un hombre interesante… - fue lo que dijo Sekhmet -. ¿Y te gustan estas cosas? ¿Estos… libros?
- Estos libros pertenecieron a mi bisabuelo. Son como un tesoro familiar. Tal vez te interesaría leerlo algún día.
- Irónico… una Reploid leyendo sobre robots… Y… ¿sólo tienes libros científicos?
- Oh, claro que no… Mira, también tengo novelas. La verdad es que muchas son mejores que alguna película de las de ahora, debo decir.
Los dos rieron. Sekhmet volvió a tener la sensación de experimentar algo nuevo y agradable, pero algo le vino a su mente y paró de reír en seco, sorprendida ante la misteriosa risa que había aparecido de la nada y que había salido de su boca.
Su rostro ahora parecía más serio, o mejor dicho, preocupado, ya que otro pensamiento se cruzó en su mente robótica.
- ¿Ocurre algo, Sekhmet?
- Yo… pensaba en lo que tengo que hacer mañana. Tener que alejarme de ti otra vez. Sólo han pasado unas horas, aunque me hubiese gustado que fuese eterno -, Sekhmet suspiró y continuó hablando -: Pero también tienes razón en que cada cual ha de tomar sus decisiones. Y aunque me gustaría estar con el hombre que me dio la vida, quiero también proteger Neo Arcadia y luchar por la paz. Pero no te preocupes, padre: ¡lucharé por nuestra paz! Así podremos estar juntos, como padre e hija, y disfrutar de esa paz.

Sergeus no sabía qué responder. Le había sorprendido el cambio que se había efectuado en ella en tan poco tiempo, un aprendizaje tan rápido. De ser tan reservada a poder hablar con esta soltura. Debía ser el propio sistema de la Reploid, que tan rápido se había acostumbrado.
Pero lo que más le sorprendía era la "paz" que quería conseguir Sekhmet. ¿A qué paz exactamente se refería? Estaba claro que ella no lo sabía, no tenía ni idea de qué clase de paz conseguiría con esta lucha, con toda esta violencia. Podía saber que Sekhmet lo decía con todo su buen corazón, pero el científico pensó que ella pecaba de ingenua. Lo había sentido antes, cuando estuvieron discutiendo en el salón, y lo sentía ahora.
Se volvió hacia la mesa y miró los libros que había allí. El que había estado leyendo antes de que llegara Sekhmet, el de mitología, estaba entre los libros apilados. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Sekhmet no se percató de ello.
- Bien… hmm… Sí, es tu decisión. Sólo espero que esa paz llegue pronto, aunque no me gustaría que estuviera manchada de sangre.
- Supongo que las diferencias entre padres e hijos son habituales…
- Sí, lo son…

De nuevo, se quedó sorprendido ante esta casi inmediata madurez que parecía desprenderse de las palabras de Sekhmet.

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Al día siguiente…

Sekhmet llevaba ya un buen rato levantada. Pensaba en lo que podría depararle su entrenamiento con Leviathan. Sabía que aquella altiva Reploid dirigía los ejércitos marítimos de Neo Arcadia y era experta en ordenadores… pero, ¿sería tan exigente como Fefnir? ¿Tan meticulosa como Phantom?

Terminó de ponerse su traje marrón, dejando el uniforme de soldado en la maleta más pequeña. Sus pensamientos se desviaron a la gran maleta, la que contenía su garra. Se acercó a ella y cogió la garra con ambas manos. La miró como hacía todos los días: recorría con sus ojos la oscura superficie de aquel gran brazo blindado, capaz de aguantar armas de energía, rematado en tres largas garras grisáceas. Era toda una costumbre para ella, pero algo interrumpió la monotonía…

Era un dibujo que había sobre la hombrera de la garra, un dibujo que no había visto nunca. De hecho, nunca estuvo ahí, hasta esa mañana. Volvió a mirarlo… Era una figura humana, vestida con túnicas blancas, con una vara en la mano derecha y un extraño símbolo parecido a una cruz en la izquierda. Sekhmet reconoció el símbolo como un ankh, aunque no sabía más acerca de ello. Siguió mirando la figura dibujada, de larga cabellera oscura y… cabeza de leona, rematada en lo alto de su cabeza con un gran círculo dorado. Sekhmet pensó que este símbolo podía ser un sol, pero ya el dibujo de por sí era demasiado extraño para ella.
Dejó la garra lentamente en la maleta más grande y la cerró. Luego cerró la maleta más pequeña y, con ambas en las manos, salió.

Sekhmet entró en el salon y vio a Sergeus jugando con Gary. Sergeus se levantó y miró a Sekhmet.
- Buenos días, Sekhmet. Veo que ya llegó el momento… Sólo me queda desearte... Buena suerte. Hazlo lo mejor que puedas.
- Gracias… Y me gustaría preguntarte algo… Encontré un dibujo... un dibujo en mi garra. No lo había visto antes. ¿Has…?
- ¿He dibujado yo eso? Sí, así es… Mientras descansabas, decidí mejorar un poco tu arma… y personalizarla un poco. Ahora puede hacer ataques cargando energía para ser más potente y ese dibujo… Bueno, digamos que te representa a ti. Es un dibujo de una diosa egipcia, la diosa a la que debes tu nombre: Sekhmet, “la poderosa”. Quería que siempre tuvieras una parte de mí contigo.
- Yo… no necesito ningún dibujo para acordarme de ti… pero... muchísimas... hmm... gracias. Es un… ¿cómo se dice? Oh, sí... un bonito regalo.
- Me alegra que te guste… Yo… bueno… Será mejor que no te entretenga más. Lady Leviathan te está esperando.
Sekhmet dejó lentamente las maletas en el suelo y abrazó a Sergeus. Estas horas habían sido horas de primeras veces para Sekhmet, y aquel abrazo que daba por propia iniciativa se había sumado a la lista. Sergeus la abrazó también y los dos se fueron a la puerta. El pequeño Gary les seguía y se ponía a dar vueltas alrededor de Sekhmet. Ella lo miraba y esbozaba una pequeña sonrisa. Miró a Sergeus, aún sonriendo, y se despidió de él.
La puerta se cerró y Sergeus y Gary se quedaron solos. El pequeño perro se sentó delante de la puerta, como si esperara que ahora Sekhmet la volviera a abrir y regresara. Sergeus también se quedó mirando a la puerta…

“Sekhmet ha tomado una decisión: luchará por la paz. Y aunque no apruebe la forma en que quiere conseguirla, yo he aceptado su decisión… incluso, aunque suene contradictorio, he mejorado su arma.
Desde hoy entrenará con Leviathan. Y tras ella, vendrá Harpuia. Al menos, me alegra ver que Fefnir no la ha convertido en una guerrera descerebrada. Le gusta luchar, pero conoce sus límites… y sabe que no es una guerrera sanguinaria. Creo que Phantom le enseñó bastante sobre autocontrol…
Pero aún estoy preocupado… a pesar de su inocente sueño en un mundo violento… a pesar de que por fin experimente sentimientos como la alegría… Aún me sigue preocupando Sekhmet. El vídeo del primer combate de prueba contra Fefnir sólo es un ejemplo de ello. Sus ojos cuando atacó a Anubis y a Fefnir… La furia que se veía en ellos… el autocontrol había fallado en aquel momento… Sólo espero que Leviathan consiga ayudarle a controlarse en combate…”

7 comentarios:

Ozanu dijo...

Desde luego, es diferente a los otros capítulos. No me ha disgustado, más bien lo contrario, pero quizás es demasiado descriptivo al respecto de los sentimientos... Entiendo que necesites definir lo que siente la Riploid, pero los diálogos ya son suficientes, o eso me parece. Tampoco te fíes de mí, que no veas cuántas observaciones personales hace la protagonista de mi fic de Silent Hill.
Y el resto está bien, ya sabemos algo del doctor, y que Sekhmet empieza a sacar sus propias conclusiones.

Mirian_Deed dijo...

ummm... pues para mi es justo lo contrario: los sentiemientos se me aparecen un poco precipitados, de repente. Por ejemplo, la reacción de Sek ante la felicidad pasa de forma muy rápida de la extrañeza a la sorpresa y de la sorpresa a la aceptación. Los sentimientos no son objetos que se puedan describir en dos frases o mediante preguntas (aunque es un recurso que ayuda mucho, hay que admitirlo :), lleva su tiempo. Es algo así como: yep, siento algo raro. Hay que asimilarlo....
No se, creo que Sekhmet lo asimila todo muy deprisa, un poco precipitada (más o menos lo tiene todo bastante claro al pasar tan solo un día con su padre...). Pero, por lo demás, a mi me ha gustado el capítulo :) Siempre es bueno alternar los combates con escenas como esta, hace a los personajes más creíbles ^^

Fëadraug dijo...

Sí, Sekhmet aprende demasiado rápido... pero está hecho a propósito.

Por su puesto, eso será explicado a su debido tiempo, pero generalmente un Reploid necesita bastante tiempo para asimilar información, va a un ritmo más o menos humano a pesar de ser un robot.
En cambio, Sekhmet va más allá, es una esponja robótica con una capacidad de aprendizaje impresionante... Vaya, ya lo he explicado, aunque no del todo. xD Nah, se dirá de todas formas en el capítulo pertinente, uno enterito dedicado a sus orígenes, pero aún tardará, y mucho, en llegar.

Este capítulo es más bien de desarrollo de personajes... aunque no contaba que esa capacidad de aprendizaje de nuestra querida/odiada Repliroid pudiera sorprender finalmente. :P

Hîthwen Fëadür dijo...

Me cae bien este Sergeus, opino igual que él sobre los libros, no se puede comparar tener el peso entre tus manos, el olor a tinta, pasar las páginas con una pantalla que te quema los ojos...^^

Arj, el perro no es de verdad, eso me ha dejado planchada, ya me estoy comiendo la cabeza con si llegará un día q nos hagamos nuestras propias mascotas....,no solo robots (no hay q sacarlos de paseo ni limpiarlos...pero no creo q llegase a ser mismo), sino tambien bichos por ingenieía genética....¿Os imaginais un dragoncito tamaño yorkshire que coma pienso? mejor lo dejamos para otra ocasión que si no empiezo a desvariar...

- Si… De todos modos, quería pasar este día libre… con aquél que me creó… Esa persona… que quería ver desde que comencé a entrenar… desde que comencé a vivir.
Bueno, un punto a tu favor, ahí se me han puesto los pelos de punta, un momento dramático bien logrado ;)

No puedes defender la paz con violencia, eso es algo que siempre tengo en mente Lo dicho, este Sergeus me cae bien

Sek me recuerda al señor de las moscas que me acabo de leer, bueno y tambien a un artículo que leí hace tiempo sobre niños sicarios en paises subdesarrollados, no aprenden a tener escrúpulos y llegan a inhumanamente fríos, suerte que recapacita

Mientras descansabas, decidió mejorar un poco tu arma… y personalizarla un poco no sería "decidí" :p

Estoy de acuerdo con Deed, vale que Sek tenga una capacidad de proceso y asimilación de la información (qué frio suena calificar así los sentimientos, no?) asombrosos, pero es que Sergeus da la misma impresión, en un momento en el que está muy turbado llega rápidamente a conclusiones sobre lo que le pasa por la cabeza y parece pensar con claridad (Pero tú eres quien toma tus propias decisiones. Tú eres libre de hacer lo que quieras… aunque yo no esté siempre de acuerdo. Sólo recuerda que has de elegir sabiamente) normalemte a los padres les cuesta asimilar que sus hijos piensan por sí mismos, y resulta especialmente curiosos cuando los hijos ya tienen la vida resuelta y sus propios hijos, como los padres siguen pensando que son chiquillos ingenuos...

En fín, no se puede comparar con el último capítulo(aunque quizás sea más intenso) porque es de un estilo completamente diferente, eso está bien, si no el relato no tendría gracia, ya te criticaremos los proximos combates XD

Ondia, tambien letritas para postear por aqui, a lo que obligan los spamers...¬¬

Fëadraug dijo...

Sergeus es humano... en su caso sí que me he precipitado, le ha costado bastante poco (casi nada xD) asimilar que Sek cambie tan rápidamente y que acepte que ella toma sus decisiones. Aunque también se podría justificar con que se da cuenta de que debe ser algo más flexible... pero eso no quita que sea muy rápido. Achaquémoslo a licencias literarias que no se deberían usar porque, aun siendo literatura, necesitamos realismo. ^^U
Otro detalle es que acepte sus propias contradicciones... a ver qué padre hace eso. xD

El cerebro electrónico de Sekhmet no trabaja sólo con información. Hay que tener en cuenta que se ha dicho que los Reploids son como seres humanos artificiales, capaces de desarrollarse por su cuenta sin una programación ya definida. Los sentimientos siguen en parte siendo tales y como los conocemos, no sólo información.

Y sí, es "decidí"... A veces se me lían los dedos, los sesos o ambas cosas. Gracias, Hîth. ;)
Y claro que aquí también hay letras... después de la invasión spammeadora, sería de locos no ponerlas. Es un sacrificio, sí, pero mejor eso que tener treinta y tantos mensajes para que tres cuartas partes sean de publicidad en inglés que nada tiene que ver con el blog.

Ah, y adelante: el próximo capítulo tampoco tendrá combates. :P

Hîthwen Fëadür dijo...

Jos, no nos vamos a poder meter contigo??? Pero a ver si lo subimos antes de que estés demasiado ocupado con los estudios para escribir!¬¬

;)

河曲勝人 - Kawano Katsuhito dijo...

¡Saludos, Draug! Todavía no había entrado en este rincón literario que te has montado. Procuraré enmendarme, a ver si me pongo a leer detenidamente este relato tuyo, que parece interesante.

Desde luego, entre Deed, Jade y tú mismo me estáis proporcionando material de lectura para una buena temporada...

...¡y que siga así la cosa! ;-)