viernes, diciembre 09, 2005

"La Leona Furiosa: El comienzo", capítulo 7

Otra vez me he retrasado un montón, pero la historia continúa. Vale, aún no hemos llegado al "primer día de trabajo" de Sekhmet, pero nunca viene mal profundizar un poco (más) en los personajes y dar mi propia visión de los acontecimientos y personajes de Megaman Zero. :P

Capítulo 7: Ira

Harpuia recordaba aún las palabras de Panter Flauclaws:

- Los demás Generales desean hablar con usted, Lord Harpuia. Parece que hay algo de extrama urgencia que debería conocer.

El Reploid pantera no había sido muy específico cuando Harpuia le volvió a preguntar sobre ese asunto de gran importancia. Flauclaws no sabía de qué querían hablar los demás Guardianes con Harpuia, él sólo se limitaba a decirle a su maestro que debía acudir a la sala de reuniones de los Shitennou.

No tardó mucho en llegar a la habitación donde los Shitennou realizaban sus reuniones privadas. Aquella sala era diminuta en comparación con la que se utilizaba para los encuentros a mayor escala, pero tenía su lógica. Era privada, después de todo, y no se podía comparar con la gran sala circular situada en una de las zonas más influyentes de Neo Arcadia.

En los encuentros más importantes, celebrados en aquella gran sala circular, se reunían consejeros, científicos y miembros de la elite para hablar, sobre todo, de la crisis energética, todos alrededor del holograma que mostraba al Maestro X sentado en su trono. X nunca acudía a estas reuniones en persona. De hecho, sólo los Shitennou, de todos los habitantes de Neo Arcadia, habían estado en la misma sala que X.
Pero era ésta una reunión privada entre los Generales, así que esta pequeña habitación les vendría mejor. Además, quedarían totalmente aislados y nada de lo que allí hablaran se filtraría al exterior a menos que cualquiera de los Generales lo contara por su cuenta y riesgo.

La puerta se abrió en cuanto Harpuia estuvo delante de ella y se cerró una vez que el Reploid de color verde esmeralda había entrado en la habitación. Harpuia se encontró de frente con la mesa circular, en cuyo centro se encontraba un pequeño orbe de color verde, rodeado por pequeñas placas metálicas y algunos botones. Tras mirar el proyector de hologramas, Harpuia observó a sus compañeros. Phantom, Fefnir y Leviathan estaban cerca de la mesa, mirando a Harpuia, esperándole.
- ¡Llegas tarde, cara bonita! – se burló Fefnir -. ¿Qué estabas haciendo, nenaza? ¿Cepillarte el pelo?
- Si esto es algo serio, mejor guárdate tus bromas para cuando sean necesarias, Fefnir – respondió tajante Harpuia antes de hablar con Phantom -: Bien, ya estoy aquí. Espero que se me informe del motivo de esta reunión.
- Será mejor que tomemos asiento – fue lo que dijo Phantom -. Esto puede llevarnos un rato.

Los cuatro Guardianes se sentaron alrededor de la mesa y Leviathan encendió el proyector, que comenzó a mostrar un vídeo holográfico. Harpuia reconoció al instante lo que enseñaba el vídeo. Era la batalla que había visto hacía unos minutos. Otra vez se encontraba viendo el combate de Sekhmet contra los gemelos Anchus. Leviathan pausó la grabación, justo en el momento en que Sekhmet arrancaba las pinzas de Kuwagust.
- Mirad ese golpe – comentaba la Reploid azul -. Se ha vuelto muy fuerte… y muy peligrosa.
- Poderosa, sí… - murmuraba Phantom, examinando la imagen estática -. Pero fijaos en su expresión. Eso es lo que debería preocuparnos.
Phantom señaló la imagen. Los otros Guardines se volvieron hacia ella. Fefnir y Leviathan parecían preocupados, pero Harpuia no lo entendía.
- Esto… no es por interrumpir, pero… ¿de qué hablais? – preguntó finalmente Harpuia -. Quiero decir… Panter me dijo que había algo importante que me teníais que contar, pero lo único que estamos haciendo es ver la pelea de Sekhmet. La misma que he visto hace unos minutos.
- Mira sus ojos, por favor – respondió Phantom, volviendo a señalar la imagen. Leviathan le dio al botón de zoom para acercarla.
Harpuia, viendo la imagen agrandada, se fijó en la expresión de Sekhmet en el momento de vencer a Kuwagust.
Los ojos de Sekhmet parecían dos grandes llamas con un brillo rojizo e inhumano, que recordaba en cierta manera al color de la sangre, pero con una intensidad inusitada. Incluso con el video pausado, aún parecía que aquellas ‘llamas’ bailaran al son de una danza guerrera. Harpuia sabía que Sekhmet se había dejado llevar por la emoción y la ira, pero ¿cómo no pudo darse cuenta de aquella expresión? Eso hacía que el caso de la Leona Furiosa fuese aún más especial que el arranque que tuvo Herculious ante la visión de su hermano caído.

- He estado entrenando con ella durante un mes y nunca vi algo semejante – Harpuia se inclinó hacia atrás, visiblemente preocupado -. Y vosotros tres lo sabíais y no me dijisteis nada…
- Phantom fue el primero en darse cuenta de esa… ira – contestó Fefnir -. También me lo había contado Anubis y me soltó un rollo sobre una diosa egipcia…
- Sekhmet, la deidad con cabeza de leona e hija de Ra – esta vez Leviathan tomó la palabra -. Su nombre significa “la poderosa”. Era una diosa iracunda y destructora enviada por Ra para limpiar la Tierra de maldad. Pero su poder destructivo llegó más allá y el resto de dioses temieron su furia. Sekhmet casi aniquiló a la especie humana.
- ¿Pero de verdad crees que el poder de nuestra Sekhmet viene también de esa ira? ¿Y os basáis en la mitología egipcia para eso?
- Aunque suene raro, Harpuia, es la verdad – respondió Phantom -. X-sama sólo quería el arma perfecta, una magnífica soldado. A pesar de poder realizar cualquier tarea posible, es sobre todo una luchadora. Y esa… ira de alguna forma potencia su fuerza.
- Esto quiere decir que mi idea de la agente especial es errónea, ¿ciero?
- No del todo, Harpuia – contestó esta vez Leviathan -. Todavía sigue siendo una agente especial de Neo Arcadia, pero el Maestro X está más interesado en sus habilidades como luchadora. Es más, había sido diseñada como guerrera letal. Y con ese tema de la furia, parece que el Dr Grant ha hecho un gran trabajo, suficiente para satisfacer al Maestro X.
A Harpuia no le gustaba mucho la idea, sobre todo sabiendo que Rockman X, al menos el X del pasado, el de la lucha contra Sigma, habría desechado la idea de crear una máquina de matar. Pero parecía que el paso del tiempo había cambiado incluso a este legendario Reploid, al mandatario de Neo Arcadia.
- Tal vez fuese la idea en un principio… y tal vez nosotros pensáramos así – Harpuia suspiró -. Pero ahora las cosas han cambiado. Sekhmet no es una máquina de matar, es una Reploid como cualquiera de nosotros o…
- ¿Como nosotros? – Leviathan se sintió realmente molesta con aquellas palabras -. ¡Vigila tus palabras, Harpuia! ¡Ella nunca sera como yo, ni…! – la mirada de Phantom hizo que se quedara callada. Aún recordaba lo que había pasado hacía casi dos meses tras su discusión con Sekhmet.
- Harpuia… Nosotros no podemos hacer nada por cambiar el punto de vista de X-sama – decía ahora Phantom, tratando de retomar el hilo de la conversación -. Al menos permitirá que Sekhmet realice otras misiones que no tengan que ver con la lucha, aun sabiendo que el Maestro X deseaba que fuese una guerrera pura.
- ¡Mejor que la asigne a cocinar y a limpiar! – exclamó Fefnir -. ¡Yo soy el que debe ir a patear culos rebeldes!
De nuevo, Leviathan estaba fuera de sus casillas y esta vez se dirigió a Fefnir:
- ¡Así que es ésa tu opinion sobre las mujeres! Cocinar y limpiar… ¿Qué te pasa, saco de músculos? ¡¿Aún tienes miedo de Sekhmet?! ¡¿O son todas las mujeres quienes te dan miedo?!
- ¡¿Yo?! ¿Tener miedo de una mujer? – Fefnir se rió delante de Leviathan -. Incluso con su rabia, Sekhmet no es más que una mosquita muerta comparada conmigo. Y lo mismo va por ti, Dama de Hielo.
- Pero esa ira – Phantom interrumpió la estúpida discusión -. X-sama ordenó al Dr Grant crear una Reploid poderosa. Pero X-sama no sabe todo sobre el Proyecto S, es ese científico humano quien conoce sus secretos. Si supiéramos qué era lo que había diseñado Grant, podríamos encontrar el origen de esa ira y de cómo afecta realmente a la fuerza de Sekhmet. Y nuestro maestro podría usarlo para…
- Si el Maestro X tuviera oportunidad de conocer eso con tal de usar semejante poder, podría ser peligroso – comentó Harpuia -. Hemos de tener cuidado con ello.
- X-sama usaría ese poder sabiamente. No sabrá de esto hasta que tengamos la suficiente información para realizar un informe al respecto.
- Así que ya planeabas contárselo desde el principio – dijo Leviathan.
Phantom asintió.
- De todas maneras, es algo de lo que se enteraría tarde o temprano. Y como os acabo de decir, usará su poder sabiamente, no habrá peligro alguno… - hubo un pequeño silencio hasta que Phantom volvió a hablar -: ¿Alguna otra pregunta? – miró a los demás Guardianes, que no dijeron nada, sólo le miraban -. Entonces hemos terminado…

El Reploid ninja apagó el proyector. Los Shitennou fueron levantándose y dejando la habitación. Las luces se apagaron en cuanto los cuatro se habían ido y la puerta se cerró. Ya en el pasillo, cada Guardián se fue por su lado. Phantom miró a Harpuia antes de dejarle marchar.
- No le hablaré al Maestro X sobre tu falta de confianza esta vez, Harpuia. No vuelvas a comportarte así, ¿quieres?
La tranquila voz de Phantom, acompañada por el rostro severo pero conciliador del Reploid ninja, hizo que Harpuia simplemente asintiera, tratando de olvidar el pequeño incidente en la reunión. Luego, cada uno se fue por su cuenta.

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Horas después...

“Ira... Un sentimiento que hace que mi fuerza sea mayor. Pero ¿cómo puedo ser tan poderosa gracias a un sentimiento tan negativo? No puedo defender la paz con la ira. Debe haber una razón para ello. Y aunque se lo preguntara a él, seguro que no querría contármelo...”

Así pensaba Sekhmet tras haber terminado sus reparaciones. Para ella, no habían sido más que un par de ajustes. Excepto por la electricidad que había recorrido su cuerpo sin piedad, Sekhmet estaba perfecta. No era algo que llevara mucho tiempo y sólo hubo que ajustar un par de circuitos.
En el pasillo se encontró a Herculious y se sintió aún más afortunada por su suerte, pero también culpable por lo que había hecho a Kuwagust y, en consecuencia, por el daño emocional que había causado a Herculious. El escarabajo rojo se volvió hacia ella y la miró con malos ojos. Sekhemt quería olvidar el altercado, sabía lo enfadado que estaba Herculious y, sabiendo que podrían empeorar las cosas, siguió caminando. Herculious, en cambio, no pensaba así.
- ¡Eh, tú, no huyas! – gritaba Herculious mientras la seguía -. Tú y yo tenemos que hablar de…
Cuando estaba más cerca de ella, Sekhmet se volvió. Un pequeño gruñido salió de la boca de la Reploid y Herculious miró los ojos de la Reploid, otra vez con ese brillo rojizo. El Reploid escarabajo se echó un par de pasos hacia atrás hasta que vio que Sekhmet volvió a la normalidad. Había sido un pequeño arranque de ira, pero Herculious no pudo evitar recordar lo ocurrido hacia unas horas.
Sekhmet se dio cuenta de lo que había pasado, se quedó mirando al suelo y luego se volvió otra vez hacia Herculious.
- Lo siento… Sé cómo te sientes, pero en la lucha era tu hermano o yo… No tenía otra elección, pero al menos Kuwagust sigue vivo y pronto estará en activo, antes incluso de lo que suponía Lord Harpuia. Y de nuevo, Herculious: lo siento.

Herculious miró a Sekhmet mientras ella se iba. Parecía no haber escuchado nada de lo que la Reploid había dicho. Es más, estaba tan ocupado con sus propios pensamientos que no le dio importancia a que Sekhmet se disculpara.
- Los guerreros furiosos son poderosos, pero también descuidados... y mira quién lo dice… - murmuraba Herculious -. Ese rostro y esos ojos rojos, cargados de ira, todo eso es lo mismo que le enseñaste a mi hermano antes de que estuvieses a punto de matarlo, maldita niñata… Pero la próxima vez no me asustarás. Porque la próxima vez… te mataré.

sábado, octubre 22, 2005

"La Leona Furiosa: El comienzo", capítulo 6

Nuevo capítulo (¡por fin!). Aunque iba a hacerlo con bastante acción, al final decidí dejarlo un poco resumido en ese apartado para centrar la situación en cómo Sekhmet siente su ira y en Harpuia (que, para ser más concretos, es de los Shitennou el que más protagonismo ha tenido en la saga de Megaman Zero, con lo que su personalidad está mucho más definida que la de sus "hermanos"). Claro que de la intención a que haya salido como esperaba hay un trecho bastante largo... xD

¡Vamos allá!



Capítulo 6: Lord Harpuia


“Su último día…La prueba de hoy será el final de su entrenamiento.”

Harpuia miró el monitor antes de volverse a los operadores que estaban preparándolo todo para el visionado de la prueba. Debía estar todo a punto: las cámaras y algunos sensores recogerían todos y cada uno de los movimientos mientras que otros de aquellos sensores medirían la velocidad y potencia de los contendientes. Los ordenadores ya estaban encendidos y las últimas pruebas de que todo funcionaba finalizaron con éxito.
- Todo funciona a la perfección, Lord Harpuia – dijo uno de los operadores cuando comenzó a teclear -. La zona de batalla está lista.
Harpuia pulsó un botón que había sobre la consola que tenía delante.
- Kuwagust, Herculious – comenzó a decir Harpuia, sabiendo que el canal de voz estaba abierto -. Os está esperando. ¿Estáis preparados?
- ¡Sí, maestro Harpuia! – sonaron a la vez las voces de los gemelos Anchus.
La gran pantalla que se encontraba al final de la sala de ordenadores mostraba la zona de batalla. Ésta había sido creada especialmente para entrenar a los nuevos reclutas en el combate aéreo y en maniobras contra ese tipo de combate.
Pero había sido modificado especialmente para la nueva luchadora. Esto había hecho que pareciera un campo de batalla normal, más para luchas en el suelo que en el aire. A la nueva guerrera no le gustaba volar con propulsores y prefería que sus pies tocaran el suelo.
Durante todo aquel mes había aprendido muchas técnicas de combate anti-aéreo y también de combate en tierra. Y Harpuia esperaba ver los resultados de todo ese mes de entrenamiento…

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La zona de combate estaba tranquila. Sekhmet miraba a su alrededor, esperando a sus oponentes. Comprobó una vez más la garra y de nuevo se quedó mirando el dibujo impreso en la hombrera durante unos segundos.
Otra vez miró en busca de sus contrincantes. Ya había entrenado antes con los hermanos Anchus, y con Harpuia incluso. Sekhmet había aprendido muchas técnicas que serían muy útiles contra el combate aéreo tras su negativa a usar trajes de vuelo y propulsores. La tierra era su elemento y si tenía que aprender algo sobre combate aéreo, que fuese el saber cómo contraatacarlo.

Todo el mes había sido casi un juego para ella. Todo ese entrenamiento anti-aéreo podría haber resultado difícil, pero tras haber estado tratando de esquivar las bolas de fuego lanzadas por un bruto descerebrado o haber entrenado bajo las órdenes de una arrogante “diosa”, eso no era nada.
O tal vez la cosa era que esta vez había alguien sensato a cargo del entrenamiento. Podía ser que Harpuia no fuese muy duro con ella o simplemente dejaba lo mejor del entrenamiento para el final. Debía ser lo segundo…

Harpuia... Algo que le gustaba a Sekhmet del Guardián verde esmeralda era que, junto a Phantom, era el más maduro y serio de los Shitennou, lo que hacía que no tuviese que aguantar ninguna niñería de quien debía estar por encima de ella. Esa apariencia de hombre joven, casi de muchacho, ocultaba una gran sabiduría. Era agradable estar con Harpuia, y no era raro que despertara tanto respeto entre los Reploids de los ejércitos de Neo Arcadia. Y Sekhmet lo veía más interesante que cualquier otro Reploid neoarcadiano… bueno, tal vez lo hacía tan interesante como Phantom y, tal vez también, como el Maestro X, aunque Sekhmet nunca había visto al líder de Neo Arcadia en persona.

Las puertas de enfrente se abrieron, dejando que los hermanos Anchus entraran en la zona de batalla. Sekhmet nunca entendió por qué los llamaban “los gemelos Anchus” cuando sus aspectos eran tan diferentes, aunque ambos fuesen Reploids de tipo escarabajo.
La primera diferencia saltaba a la vista. Los esquemas de colores de los hermanos no tenían nada que ver entre ellos: mientras Kuwagust era azul, su hermano mayor era de un color rojo oscuro.
Ambos poseían dos pares de brazos, pero las manos de Herculious eran pinzas y las de Kuwagust, picas.
Y aun siendo el hermano menor, el aspecto de Kuwagust era mucho más amenazador que el de Herculious. Tal vez era por las grandes pinzas de su cabeza, capaces de atrapar a sus víctimas y partirlas en dos con la presión de las mismas, por lo que impresionaba más. Claro que las antenas electrificadas de Herculious no tenían nada que envidiar.
A pesar de que pudieran parecer amenazadores, Sekhmet estaba tan acostumbrada a su extraña presencia que no se inmutó cuando entraron.
- ¿Qué? ¿Tu última sesión de entrenamiento? – preguntó Kuwagust, a lo que Sekhmet respondió asintiendo.
- Hmm… Pues tendrás que mostrarnos todo lo que sabes – continuó Herculious -. Los Reploids inútiles van al centro de retiro, ¿entiendes? Esta batalla va en serio, ¡¡así que adelante, ven a por nosotros!!
Sekhmet siguió en silencio, miró a ambos Reploids y se puso en posición de combate.
- Venid los dos… os aplastaré como los insectos que sois.
La Reploid sabía perfectamente que los hermanos Anchus eran fáciles de provocar y solía decir estas frases, aunque no fuesen para nada con la personalidad de la propia Sekhmet, explotando así el punto débil de ambos Reploids.

Y ambos reaccionaron como ella esperaba: los dos se habían lanzado contra Sekhmet.

Ella se apartó, esquivándoles. Herculious se apoyó en el suelo y saltó, para irse elevando y volar hasta colocarse en posición para descender y cargar contra Sekhmet. Mientras, Kuwagust atacaba en tierra con las pinzas de su cabeza.
Aun sabiendo que Herculious se lanzaría sobre ella en cualquier momento, prefirió centrarse primero en Kuwagust. Debía tener cuidado con aquellas pinzas. Aún recordaba cómo varios reclutas acabaron partidos por la mitad tras acercarse demasiado a Kuwagust… no era plan de seguir su mismo camino.
Pero Kuwagust sólo parecía atacar de frente con las pinzas. Así que, simplemente, tenía que hacerse a un lado y atacarle desde el costado. Claro que Kuwagust no era tonto y ya recordaba esa estrategia de anteriores batallas. Y Sekhmet lo sabía, así que debía improvisar.

Herculious lanzó dos esferas cargadas de energía desde sus antenas. Sekhmet estaba tan ocupada con Kuwagust que no pudo hacer nada para evitar aquellas esferas. La descarga eléctrica recorrió su cuerpo y la hizo tambalearse, pero consiguió mantenerse firme y seguir encarando a Kuwagust. El menor de los hermanos Anchus extendió sus cuatro brazos y disparó de cada uno rayos púrpuras.
Sekhmet esquivó los rayos y se lanzó contra Kuwagust; éste abrió sus pinzas y también corrió hacia su objetivo. Herculious descendió con gran rapidez para apoyar a su hermano. Las antenas del mayor de los Anchus estaban empezando a cargarse de electricidad.
“¡Perfecto!”, pensó Sekhmet.
Justo cuando solo estaba a un par de metros de Kuwagust, Sekhmet se echó hacia su derecha, esquivando al Reploid azul, que no podía detenerse. Al mismo tiempo, Herculious había lanzado su ataque, pero no había previsto el movimiento de Sekhmet y alcanzó a su hermano por error en todo el pecho.
Tras recuperarse de la descarga, Kuwagust comenzó a gritarle a Herculious. El hermano mayor descendió para defenderse de las acusaciones de Kuwagust, no tolerándole que se dirigiera a él con semejante tono. Esto sólo sirvió para empeorar la situación.

Sekhmet estaba un poco alejada de ellos, pero oía perfectamente sus gritos. Pensó que era una buena ocasión para seguir metiendo cizaña... Los hermanos Anchus nunca dejaban de picar el anzuelo…
- Vaya… Los hermanos discutiendo… - murmuraba Sekhmet, preparándose de nuevo para la lucha -. ¡No nos retrasemos más! Hay que terminar con este entrenamiento. Quiero empezar a defender la paz lo más pronto posible.
Los dos hermanos se detuvieron de pronto y miraron asombrados a Sekhmet. Algo de lo que ella había dicho les dejaba casi sin palabras.
- Espera, espera… ¿has dicho… defender la paz? – preguntó Kuwagust. Y los dos hermanos se rieron de Sekhmet.
- ¡Menuda estupidez, chiquilla! – exclamó Herculious -. La gente no lucha por la paz, sólo por sobrevivir. Ésa es la verdad… Y para la supervivencia de los humanos, hay que acabar con los Irregulares. Por eso has estado siendo entrenada, niña, para acabar con los Mavericks que amenazan a la sociedad humana… ¡aquí no estás por esos estúpidos sueños de hippie!
- Estúpidos o no… Son mis sueños… Y un par de bichos molestos no determinarán cuáles serán esos sueños…
- No hay más remedio, entonces… El Maestro Harpuia nos dijo que éste no sería un combate a muerte. Pero una idiota como tú, con esa clase de tonterías en la cabeza, no puede estar a las órdenes del Maestro X…
- ¡Eh, espera, hermano! – interrumpió Kuwagust -. No te me pongas valiente tratando de desobedecer al Maestro Harpuia. Recuerda que está observando esta batalla. Pero… arrancarle los brazos a esta ilusa no la matará, ¿verdad, hermano mayor?
- Sí, tienes razón. Jeje… Suena divertido…

Sekhmet se esperaba lo peor viniendo de ambos hermanos, y más cuando los dos volaron directamente hacia ella. Había sido tan de repente que Sekhmet no consiguió esquivar las pinzas de Kuwagust. Por fortuna, solo le habían golpeado, Kuwagust no había tenido la suerte de atraparla entre sus pinzas. Debía considerarse muy afortunada…
Los hermanos Anchus se elevaron para después descender y disponerse a continuar con sus ataques. Sekhmet les contraatacaba a medida que ellos se acercaban y la golpeaban, mientras ella les respondía con su garra. Elevándose en el aire y descendiendo a gran velocidad, los hermanos Anchus trataban de pillar desprevenida a Sekhmet. Pero el entrenamiento a la que había sido sometida durante todo aquel mes daba sus frutos. Sekhmet era capaz de rechazar las embestidas aéreas de los Anchus, consiguiendo ganar tiempo para recuperarse un poco.

Los dos hermanos se posaron en el suelo. Harculious lanzó tres bolas eléctricas a la vez que la cabeza de Kuwagust, con sus pinzas extendidas, comenzó a girar a gran velocidad, creando un remolino que se dirigía hacia donde estaba Sekhmet.
El remolino trataba de acercar a Sekhmet a los hermanos. Mientras trataba de caminar hacia atrás, ya que el remolino la conducía directamente hacia las pinzas de Kuwagust, tuvo que dejar que las descargas eléctricas recorrieran su cuerpo una vez más. Aguantándolo estoicamente, Sekhmet seguía andando hacia atrás.
Las descargas y el golpe de las pinzas de Kuwagust ya habían sido suficiente daño para Sekhmet. Debía ser cautelosa y estar segura de sus acciones, sobre todo ahora que parecía que los hermanos Anchus estaban demostrando su auténtico potencial.

Por un momento, así de pronto, Sekhmet notó que todo el daño recibido le estaba quemando el cuerpo. No sabía si los Reploids se mareaban, pero ella sentía algo parecido al vértigo. Se llevó la mano izquierda a la cabeza, dejando de caminar hacia atrás. La cabeza de Kuwagust comenzaba a girar aún a mayor velocidad.
Dándose cuenta de ello, Sekhmet se retiraba, pero Kuwagust aumentaba la potencia. El dolor y la persistencia de Kuwagust estaban irritándole. Herculious parecía estar dándole ánimos a su hermano menor, y parecía dar resultado. Sekhmet continuaba luchando contra aquel remolino…

… Pero sentía el ardor que procedía del interior de su cuerpo… Pero no era por el dolor… Era algo muy distinto… Y que, por desgracia, ya había experimentado antes…

… Y todo se volvió borroso y rojizo para Sekhmet…

No sabía cómo, pero Herculious vio que Sekhmet había dejado de resistirse. El remolino la atrajo hacia Kuwagust, pero algo raro había en la Reploid que no le gustaba a Herculious… Fue demasiado tarde para darse cuenta del brillo verdoso que había adquirido la garra de Sekhmet y que, para cuando estaba a escasos centímetros de Kuwagust, se había vuelto amarillo, más bien dorado.
La garra de Sekhmet, cargada de energía, destrozó las pinzas de Kuwagust y dejó unas grandes marcas en la cabeza y el pecho del Reploid escarabajo. Kuwagust trataba de mantenerse en pie, pero sus piernas o, más bien, su cuerpo en general le fallaba. Antes de caer inconsciente, vio los dos grandes ojos del color de la sangre que le observaban…

Herculious no había podido hacer nada para evitarlo. Todo había ido demasiado deprisa… Demasiado… Sintiéndose impotente al ver a su hermano menor inconsciente, probablemente al borde de la muerte, los cuatros ojos de Herculious se volvieron hacia Sekhmet, que estaba mirando lo que acababa de hacer.
Había notado algo en la expresión de Sekhmet que no había visto antes…o, al menos, no se había dado cuenta de aquel detalle. Cuando Sekhmet había atacado a Kuwagust, Herculious pudo jurar haber visto un brillo rojizo escalofriante en los ojos de la Reploid… y una expresión que la acercaba más a una bestia salvaje… No sabía qué era aquello…
Se alejó de Sekhmet y comenzó a volar bastante alto. De las antenas de Herculious saltaban chispas que, gradualmente, iban siendo mayores y se concentraban en un orbe entre las antenas. La esfera crecía hasta llegar a un tamaño considerable. Fue entonces cuando Herculious miró hacia abajo, hacia su objetivo.
- ¡¡¡MUEREEEEEEE…!!!

El grito de furia de Herculious hizo que Sekhmet de pronto se diera cuenta de lo que pasaba… Y vio a Kuwagust en el suelo, destrozado por sus garras.
¿Cómo lo había hecho? ¿Por qué había cometido semejante barbaridad?
Pero no tenía tiempo para preguntas. Sekhmet miró de reojo la enorme bola cargada de electricidad que estaba cayendo sobre ella. Sin pensárselo, cogió a Kuwagust y se alejó rápidamente de la trayectoria. Una vez llegó al suelo, aquel orbe estalló en una especie de tormenta eléctrica que provocó un ligero terremoto y marcó la arena de combate con una gran zona chamuscada.

Sekhmet dejó a Kuwagust en el suelo. Había visto la rabia de Herculious abalanzarse sobre ella. Confusa, recordando lo que ella misma había hecho a Kuwagust, Sekhmet suspiró, sin saber qué decir.
Herculious descendió para quedarse mirando a Sekhmet. Ella le miró a los ojos y entonces fue cuando tuvo valor de hablarle:
- Has intentado matarme… pero no te diste cuenta de que también podrías haber matado a tu propio hermano. Los guerreros furiosos son poderosos, pero también descuidados. Y no sólo harán daños a sus enemigos, sino también a sus amigos y a sí mismos… El daño puede ser físico… o emocional.
- Sabias palabras, Sekhmet – dijo una voz masculina.
“Aunque yo no soy el mejor ejemplo”, se lamentaba para sus adentros la Reploid.

Sekhmet y Herculious miraron a una de las puertas del campo de batalla. La estilizada figura de Lord Harpuia se acercó a ellos dos. Sekhmet y Herculious inclinaron la cabeza mientras Harpuia pasaba a su lado. El General esmeralda se inclinó para observar el estado en que se encontraba Kuwagust.
- Sobrevivirá… Pero sus reparaciones llevarán para largo – Harpuia se levantó y miró a Herculious -. ¿A qué esperas? ¡Tienen que atender a tu hermano! ¡No podemos perder a ninguno de nuestros guerreros!
- Uh… ¡Sí, Maestro!
El nervioso Herculious cogió a su hermano y corrió junto a él hasta la puerta por donde había salido Harpuia. Antes de marcharse definitivamente, Herculious miró a Sekhmet por encima del hombro. Ella sabía lo que significaba aquella mirada: Herculious no le perdonaría por lo que había hecho y pagaría cara su afrenta. Pero Sekhmet estaría lista para ese momento…
- Creo que te has pasado con Kuwagust – suspiró Harpuia -. Creo que deberías predicar con el ejemplo acorde con lo que le has dicho a Herculious.
- Lo siento mucho, Lord Harpuia.
- De todas formas, ésas palabras siguen siendo ciertas. Hercuilous debería controlarse más y debería así evitar estas tonterías… que pueden costarle caras.
- Lord Harpuia, yo…
- No te preocupes: todos tenemos esos pequeños arranques. Sólo espero que tanto tú como Herculious los controléis… De todos modos, he de decir que has conseguido pasar esta prueba. Has vencido, aunque te ha costado. Desde mañana, ya podrás servir a Neo Arcadia como soldado… bueno, no… en realidad no eres soldado, Sekhmet. Digamos que tu propósito real es más el de una agente especial.
- ¿A qué se refiere, Lord Harpuia?
- Eres más que una guerrera, Sekhmet… En tu entrenamiento, has aprendido más cosas aparte de diversas técnicas de combate. Ese conocimiento te permitirá realizar misiones donde tu fuerza y tu garra no serán útiles, sino tu destreza e inteligencia. Digamos que, aunque pueda parecer que todo se centraba en la batalla, hay otras áreas que has cubierto durante tu entrenamiento. Tu propósito siempre ha ido más allá de la lucha.
- Mi propósito… ¿Quiere decir? Bueno, sí… He aprendido más cosas aparte de luchar. Pero… ¿Cómo de útiles serán esas nuevas habilidades que he aprendido, Lord Harpuia? ¿Cómo las pondré al servicio de Neo Arcadia?
- Ya lo sabrás por tu cuenta… Lo mejor ahora es que te ayuden un poco con las reparaciones. Tienes que estar lista para mañana. Tienes suerte de no haber acabado peor. Has aguantado muy bien los ataques de los hermanos. Además, necesitas descansar.
- Así haré, Lord Harpuia.
Sekhmet se inclinó y abandonó el lugar. Harpuia se había quedado solo, mirando a la Reploid marcharse.

“Quiere defender la paz. Ése es su sueño. Todos queremos paz, no importa que haya gente como los hermanos Anchus que piense que hay que luchar sólo por sobrevivir...” pensaba Harpuia, aún de pie en el centro del campo de batalla. “Toda esta lucha contra la Resistencia… Los ciudadanos de Neo Arcadia creen que luchamos contra esos típicos Irregulares de las viejas Guerras Maverick. Y muchos de nuestros soldados también lo creen así. Pero no saben lo que ocurre realmente… Y nosotros hemos de seguir los designios de X, hemos de hacer lo mejor para la Humanidad.”

Harpuia se marchó finalmente. Paseando por los pasillos de las instalaciones, finalmente llegó a la puerta de su habitación… Sólo para encontrar a alguien que le esperaba.
El Reploid pantera tenía sus brazos, rematados en grandes garras, cruzados sobre su pecho. Tenía la espalda apoyada contra el marco de la puerta, pero en cuanto Harpuia llegó, se puso erguido.
- Saludos, Maestro Harpuia – el Reploid felino se inclinó como muestra de respeto hacia su superior -. Tengo un mensaje de los demás Generales.

jueves, septiembre 22, 2005

"La Leona Furiosa: El comienzo", capítulo 5

Bien... capítulo largo y con mucha tontería de por medio... Las pedradas, después de leerlo. xD



Capítulo 5: Lady Leviathan

- ¡Vale, eso es todo por hoy!

Con estas palabras se terminó la batalla bajo el agua. Ambas mujeres nadaron hasta la superficie y luego hasta la orilla más próxima del lago artificial. La primera en llegar fue la mujer de azul y blanco, de movimientos gráciles, casco con dos largas colas en la parte de atrás y piel pálida. Tras ella llegó la otra mujer, más alta, vestida de marrón y con una desproporcionada garra metálica cubriendo su brazo derecho.
Sekhmet se quitó la garra nada más pisar tierra firme. Se quedó mirando a la otra Reploid durante unos segundos. Mientras, Leviathan caminaba hacia la puerta de metal que tenían cerca. La puerta se abrió en cuanto Leviathan pulsó un botón en la pared. Leviathan entró en el ascensor y Sekhmet simplemente la siguió.
- Hoy no ha sido un mal día, ¿verdad? – preguntó Leviathan cuando Sekhmet entró en el ascensor -. Aunque nunca llegarás a mi nivel, tus habilidades bajo el agua han mejorado muchísimo. Pero… ¿serás igual de buena hackeando?
- ¿Hackeando? Quiere decir… ¿hackeando ordenadores?
- Así es… Al menos no eres una ignorante. No, no quiero ofenderte ni nada de eso, lo digo porque estuviste entrenando con ese idiota de Fefnir hace unos días.
- Entiendo, Lady Leviathan.
Leviathan sonrió con descaro cuando Sekhmet se le dirigió con tanto respeto.
- Phantom te ha enseñado a respetar a tus superiores. No lo olvides y así evitarás problemas innecesarios.
Sekhmet asintió. Las dos se quedaron calladas mientras el ascensor seguía subiendo.

Finalmente, el ascensor se detuvo y la puerta del mismo se abrió. Ambas Reploid salieron y, tras pasar un pequeño pasillo, llegaron a una gran sala vacía. El azul de las paredes representaba el tranquilo y gran océano. Sekhmet vio los peces que flotaban alrededor, pero ya estaba acostumbrada a ello: toda la sala era un enorme proyector de hologramas. Daba la sensación, pues, de estar realmente bajo el mar con aquellos hologramas de peces y con el azul de las paredes.
Aparte de la puerta del ascensor, que ya quedaba bastante atrás, la habitación poseía otras dos puertas de color azul oscuro, pero se integraban a la perfección con la habitación.
Sekhmet se dirigió a la que estaba más a la izquierda. Ésa era la puerta que conducía a las habitaciones de los soldados de las Fuerzas Marítimas, donde ella estaría residiendo todo el mes que pasaría entrenando con Leviathan. Siempre que terminaba su sesión de entrenamiento, Sekhmet volvía a su habitación a descansar... Eso era en los días normales, pero cuando oyó la voz de Leviathan supo que éste no sería un día normal…
- ¿Qué haces? Oye, ven conmigo, Sekhmet. Quiero hablar contigo.
Sekhmet se dio la vuelta tras oír a Leviathan, quien la esperaba cruzada de brazos. La Reploid vestida de marrón estaba algo confusa, más que nada porque no sabía exactamente el motivo por el que Leviathan la hubiera llamado. Pero decidió no pensar en ello y simplemente dirigirse a la Guardiana y mostrar sus respetos.
- Hey, por esta vez olvidemos las formalidades, ¿vale? – pidió Leviathan -. Quiero que por unos momentos seamos sólo compañeras.
Ahora Sekhmet sí que estaba confusa de verdad. La imagen que había dado siempre Leviathan era la de una mujer egocéntrica. Lo único que parecía salir de los labios de Leviathan eran alabanzas a sí misma, fardando de sus magníficas habilidades y de su increíble belleza. También había demostrado ser una mujer dura: Sekhmet había visto la rudeza de Leviathan ante los soldados de sus tropas y ante otros cadetes. Sekhmet consideraba que nadie merecía semejante trato, ni aunque se tratara de una panda de idiotas.
“En esos momento, se parece a Fefnir”, pensaba Sekhmet a menudo.
Pero esta vez, lo que le extrañaba a Sekhmet era que Leviathan no sonara tan desagradable. Más bien era el tono de alguien que necesitaba realmente hablar con otra persona, como si ésta fuese su compañera, o tal vez… ¿su amiga? Sekhmet no entendía por qué ella tenía que ser esa persona.
En esto que vino a la mente de Sekhmet que Leviathan era la única mujer de entre los Guardianes de X y casi se podría decir que, hasta la creación de la propia Sekhmet, Leviathan era la única guerrera de Neo Arcadia, totalmente rodeada de luchadores masculinos. Leviathan era una guerrera fuerte, pero su condición de mujer hacía que muchos hombres la subestimaran. Eso le molestaba también a Sekhmet, y es que ella había experimentado también lo mismo, que hubiera hombres que creyeran que las mujeres no tenían madera para ser grandes luchadores. Hombres como Fefnir, fanfarrones ellos. Pero había sutiles diferencias entre Sekhmet y Leviathan: la primera sabía que no todos los hombres eran así; Leviathan, en cambio, era de mente cerrada… demasiado cerrada. Y también era cierto que a Leviathan, al menos, le tenían que mostrar cierto respeto: después de todo, pertenecía a los Shitennou. Sekhmet no tenía esa ventaja, obviamente…

“Tal vez, entonces, lo que ella necesite es hablar con una compañera… Ella, Leviathan de los Devas, necesita una compañera luchadora con la que compartir impresiones… Seguro que es eso por lo que quiere hablar conmigo.”

- Bien, ven conmigo – dijo Leviathan mientras abría la puerta de la derecha.
Tras la puerta recién abierta se encontraban unas escaleras, con un característico patrón azulado acorde con la sala que estaban dejando las dos Reploids. Ambas subieron las escaleras hasta llegar a una puerta al final de éstas. Leviathan la abrió y las dos entraron en un recibidor.
La habitación era más pequeña que la anterior, pero a Sekhmet le parecía bastante grande, al menos comparando este recibidor con el que había en la parte de las habitaciones de los soldados. Al igual que el salón principal que habían dejado atrás, las paredes de la habitación también tenían ese color azul que les daba la apariencia del océano en calma, pero aquí no había ningún holograma de un pez flotando alrededor de ellas. Había, sin embargo, muchas puertas de color azul oscuro. Las dos Reploids entraron por la que estaba justo enfrente de ellas.
Otra habitación se presentaba ante ellas. Sekhmet se preguntaba cuántas puertas más cruzarían en lo que quedaba de día, pero viendo la gran cama que tenían enfrente ya dio con la respuesta. Habían llegado a la habitación de Leviathan, todo un lujo a los ojos de Sekhmet. La habitación estaba adornada con motivos que recordaban a las antiguas playas y a los grandes acantilados, a las profundidades del océano y a la tranquilidad de la superficie del mar. Pero lo que más llamaba la atención era el gran dibujo que había sobre la cama. Era el dibujo de un gran dragón de largo cuerpo, como el de una serpiente, y de mirada furiosa. No fue difícil saber que este dibujo representaba al mítico monstruo conocido como Leviatán, si bien otras descripciones decían que el Leviatán era más parecido a una ballena gigante. Pero daba igual qué forma tuviera: la verdad era que ese fiero aspecto era un contraste con la aparente fragilidad de la Reploid de azul y blanco que estaba al lado de Sekhmet.
- ¿Qué, impresionada? – preguntó Leviathan mirando a Sekhmet, que estaba aún contemplando el dibujo del Leviatán -. Los hombres sólo ven a una hermosa divinidad marina, pero cuando descubren que en realidad es la terrible bestia de los océanos… ya es demasiado tarde.
Ahora Leviathan sí sonaba, en aquella descripción de sí misma, demasiado confiada. Se quitó el casco, dejando que su pelo azul oscuro, casi negro, cayera sobre sus hombros y llegara hasta la mitad de su espalda. Leviathan dejó el casco sobre la cama, teniendo cuidado con las largas colas de éste.
- Tal vez estés cansada de llevar eso – dijo Leviathan, señalando la garra que Sekhmet aún estaba cargando -. ¿Por qué no la dejas aquí, en la cama? Hay espacio suficiente.

Sekhmet hizo lo que le dijo Leviathan y dejó con cuidado la garra cerca del casco de Leviathan. La Reploid de azul y blanco se fijó en el dibujo de la garra. Hasta entonces no se había percatado de su presencia, aunque ahora que lo miraba, tampoco parecía gran cosa, sólo un simple dibujo muy al estilo del Egipto antiguo de una mujer-leona. Sekhmet había visto cómo Leviathan miraba el dibujo y eso le ponía algo nerviosa; sabiéndolo, la Guardiana dejó de mirar el dibujo y sonrió.
- Bueno, ¿tienes algo que contarme o prefieres que empiece yo? – preguntó Leviathan. Sekhmet estaba callada -. Hmm… Como siempre, tan callada. Bien, si no quieres…
- ¿Por qué estás tan preocupada por los hombres? – había interrumpido Sekhmet, finalmente decidida a hablar de lo que había pensado todo este tiempo. Sekhmet no se fijó que, de pronto, estaba tuteando a Leviathan -. Puede que algunos nos vean como seres inferiores, pero sabemos que somos iguales que ellos, ¿no crees? No entiendo, entonces, por qué te preocupas.
- ¿Y por qué crees que los hombres me preocupan? Son ellos los que deberían estar preocupados por algo: preocupados por saber que una sola mujer pueda ser tan bella y tan letal al mismo tiempo.
Leviathan se sentó en la cama, cerca de su casco, y suspiró. Sekhmet seguía de pie, cerca de Leviathan.

Recordó las palabras que hacía poco más de un minuto Leviathan había pronunciado: “Los hombres sólo ven a una hermosa divinidad marina, pero cuando descubren que en realidad es la terrible bestia de los océanos… ya es demasiado tarde” y entendió por qué había dicho aquello de que los hombres sí tenían algo que temer… o mejor dicho, alguien a quien temer. Y ese alguien era la propia Leviathan.
Sekhmet había visto muchas veces cómo los reclutas masculinos se quedaban mirando fijamente a Leviathan, como si su cuerpo tuviera algún efecto hipnótico sobre los hombres. Y esa distracción que provocaba la fría belleza de Leviathan les costaba cara y no había sesión de entrenamiento en la que no acabaran hechos polvo… a veces, literalmente.
Precisamente, el hecho de que aquellas miradas lascivas siguieran a Leviathan le parecía algo molesto a Sekhmet… Pero era peor cuando esos ojos se centraban también en ella misma. Entonces sí que se sentía incómoda. Eso hacía que se hartara de entrenar con aquellos pervertidos y parecía que Leviathan la había entendido con aquella sesión de entrenamiento donde estaban ellas dos solas. Pero las diferencias entre ellas seguían estando ahí: Sekhmet jamás sentiría ese desprecio hacia los hombres que caracterizaba a Leviathan ni usaría aquellas “armas de mujer”, como algunas veces llamaba la Guardiana a aprovecharse de su belleza para derrotar a sus oponentes masculinos.

- Los que merecen mi respeto, los que admito que queden por encima de mí, son Phantom, Harpuia y el Maestro X. Ellos son la excepción. Todos los demás son unos inútiles.
- ¿Y no crees que te estás pasando? – preguntó Sekhmet -. Te estás comportando como aquellos hombres que te creen inferior por ser mujer.
- ¡Ah!, ahí te equivocas, querida – quería rectificar Leviathan en un tono falsamente amigable -. Si yo soy superior, ¿qué tiene de malo admitirlo? Una cosa es creerse una Diosa... y otra es serla.

Sekhmet sabía que Leviathan no perdía la oportunidad de echarse flores a sí misma, pero que se quisiera poner al nivel de una Diosa, era algo que realmente no tenía explicación, al menos no una que fuese lógica. Sekhmet esperaba que Leviathan mostrase un rostro más amable, que aquella Guardiana fuese distinta a la imagen dura que siempre mostraba en los entrenamientos. Por desgracia, ahí estaba la Leviathan arrogante de siempre… o podía ser algo peor.
Estaba profundamente decepcionada. ¿Acaso era por haber sacado aquel tema por lo que Leviathan había olvidado el tratar a Sekhmet como una compañera, no como una recluta? ¿O es que éste era el auténtico rostro de la dama de pálida piel?

No podía callárselo… aquello iba más allá del desprecio a los varones… Aquello era…
- Un problema de autoestima – dijo Sekhmet de pronto.
Leviathan se quedó con los ojos abiertos al oír a Sekhmet.
- Parece que tienes un serio problema de autoestima. Mira, una cosa es tratar de mostrar que hombres y mujeres están al mismo nivel… y otra es creerte una especie de Diosa, cuando eres una Reploid, como cualquier otra. Serás más poderosa, serás más bella… pero eres una Reploid.
Aquellas palabras hicieron que Leviathan se levantara de repente, con los puños cerrados, desafiando con la mirada a Sekhmet.
- ¿Problema de autoestima? – Leviathan trataba de contenerse mientras hablaba -. ¿Eso es lo que piensas? Te recuerdo quién está por encima de ti…
- Y tú dijiste que querías hablar conmigo como su fuese tu compañera… Y a veces, los compañeros discuten. Es lo normal, ¿por qué no eres capaz de aceptarlo?
Leviathan seguía mirando a Sekhmet, sin poder responder. La Reploid de marrón cogió la garra que estaba en la cama y siguió hablando:
- Pensaba que hoy encontraría a la auténtica Leviathan, a la que se oculta tras una máscara de arrogancia. Y no me di cuenta de que la auténtica Leviathan siempre ha estado delante de mis narices… - se detuvo y suspiró -. O tal vez no… tal vez sí me hayas mostrado algo diferente a lo que muestras frente a tus seguidores… Me has demostrado lo infantil que eres – se volvió y miró a los ojos a Leviathan -. Eres una mujer adulta, no una cría de instituto.

Sekhmet sabía perfectamente lo que estaba diciendo. No comprendía cómo podía haberle soltado ese sermón a Leviathan, cuando siempre había sido más reservada. Tal vez fuese lo que los humanos llaman madurar lo que hacía que Sekhmet entendiera mejor la realidad... y también debía tener empatía, era capaz de ponerse en el lugar de otros y ver la situación a través de sus ojos. Una situación nada agradable si tenía enfrente a Leviathan...

La osadía de Sekhmet estaba enfureciendo más y más a Leviathan. La Guardiana se sentía con la necesidad de lanzarse contra Sekhmet y darle una lección, pero algo le decía que eso sería un suicidio. Tal vez la mirada de Sekhmet era lo que le hacía replantearse el darle un buen puñetazo en plena cara.

Sekhmet se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. La abrió y estaba a punto de salir cuando miró de nuevo a Leviathan.
- Un día encontrarás a un hombre que no caerá en tus “armas de mujer”. Recuerda lo que te digo – suspiró y salió de la habitación -. Hasta luego, “Lady” Leviathan.
La forma en que Sekhmet había dicho “Lady” hizo que finalmente Leviathan se lanzara contra ella. Pero era tarde y sólo pudo darle un puñetazo a la puerta que se acababa de cerrar.

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Horas más tarde...

Tumbada en su cama, Leviathan trataba de relajarse. La conversación con Sekhmet había tomado un rumbo que ella tampoco se esperaba. Pretendía tener una charla amigable con la Leona Furiosa y acabó finalmente alabándose a sí misma y haciendo que Sekhmet se le dirigiera en un tono que jamás habría imaginado oír.
No podía admitir que alguien como Sekhmet le dijera que no se creyera un ser superior y se atrevía a compararla con todos aquellos soldados y ciudadanos de Neo Arcadia. ¿Cómo podía hacer aquello, osando dudar de su superioridad? A Leviathan le parecía una soberana estupidez, jamás podría compararse con un “ser inferior” una integrante de los Shitennou, una de las luchadoras más poderosas del mundo entero.

“Tal vez sólo sean celos”, pensaba Leviathan. Pero no podía engañarse a sí misma…

Leviathan se levantó y dejó su habitación. No esperaba encontrarse a la figura oscura justo en la puerta. El particular diseño del casco y la larga tela roja al cuello le daban un aspecto interesante al hombre que estaba frente a ella. Leviathan se quedó mirando curiosa a Phantom.
- ¿No has tenido un buen día, Levi-chan? – preguntó Phantom, quien no esperó respuesta -. ¿Cuándo aprenderás a comportarte como una adulta? ¿O es que la verdad duele?
Leviathan no quería decir nada. Sabía, por esas palabras, que Phantom había estado espiándolas durante la acalorada conversación. Le molestaba muchísimo que el Reploid ninja hiciera esas cosas.
- Vale, puede que haya sido demasiado dura con ella. Y lo siento.
- Eso es algo que deberías decirle a Sekhmet, no a mí. Puedes ser una buena persona, yo lo he visto. Pero hoy no lo has hecho… y no la trataste al final como una compañera, como le prometiste.
- ¡La culpa es suya! ¡Yo no tengo problemas de autoestima! ¿Acaso los compañeros, los amigos, dicen cosas así?
Phantom sólo se limitó a darle un disco a Leviathan. No quería seguir hablando con Leviathan, era demasiado cabezota como para admitir que las palabas de Sekhmet eran ciertas. Además, era otro asunto el que, en realidad, le había llevado hasta la habitación de Leviathan.
- ¿Y esto, Phantom? – preguntó Leviathan mirando el disco y el texto sobre éste -. ¿Mitología de la Antigüedad?
- Tal vez pueda interesarte. El secreto del Proyecto S se encuentra, en parte, en ese disco. Échale un vistazo a la mitología egipcia.
- ¿Qué tratas de decirme con eso, Phantom?
- Sólo una cosa: Sekhmet es más que una simple Reploid. No la subestimes.
Leviathan no entendió el significado real de aquellas palabras, en ese momento se sintió fatal al oír a Phantom decir que Sekhmet era más que una Reploid. Iba a responderle a Phantom, pero para entonces la habitación se cubrió de tinieblas. Cuando la luz volvió, Phantom ya no estaba.

Ella siempre había confiado en Phantom, ya que para ella era como su hermano mayor. Sin embargo, en esa situación no entendía nada de lo que le había dicho y se sentía aún molesta por las palabras que le había dirigido el Reploid oscuro. Ella miró de nuevo el disco, todavía sin entender qué era lo que quería decirle Phantom. Se fue a una de las puertas del recibidor y la abrió.
La habitación a la que fue estaba llena de ordenadores y de Reploids de servicio, todos trabajando duramente. Muchos mapas y códigos binaries podían verse en las pantallas de los ordenadores. Un pequeño Reploid corrió hacia Leviathan.
- ¡Saludos, Lady Leviathan! Estamos haciendo lo que podemos para introducirnos en el nuevo servidor de la Resistencia. Esta vez parecen haber reforzado la seguridad con un nuevo código más difícil de localizar… y los cortafuegos no ayudan en absoluto.
- Bien… seguid intentándolo – había dicho Leviathan sin interesarse por lo duro que estaban trabajando los Reploids de servicio.
Se acercó de los ordenadores e insertó el disco. La pantalla mostró lo que debía ser la ventana de inicio del programa. Se podía leer “Guía de las Mitologías de la Antigüedad” en la pantalla, junto a un menú. Leviathan comparó el aspecto del menú con el de un programa educativo, más bien orientado a las escuelas. Aún seguía preguntándose qué quería Phantom que viera.
Hacía casi un mes, Phantom parecía preocupado por algo. Y si antes había hecho mención a Sekhmet, es que ella podría ser la causa de tal preocupación. Por fin parecía que Leviathan había captado el auténtico significado a las palabras “Sekhmet es más que una simple Reploid”.
Tal y como le había dicho Phantom, se puso a mirar la parte de mitología egipcia. Tras pasar el vídeo de intruducción con imágenes de pirámides y jeroglíficos, llegó al menú de mitología egipcia. Tenía cinco opciones: “Mitos”, “Deidades”, “Objetos sagrados”, “El Libro de los Muertos y las momias” y “Dinastías”. Leviathan eligió mirar primero en la sección “Deidades”. Sentía que tal vez allí encontrara lo que Phantom quisiera que viera.

“Espero que se ponga interesante, porque me estoy aburriendo…”

Apareció la lista de Dioses y Diosas egipcios en orden alfabético. Ahí podía ver un nombre familiar, Anubis… ¿pero quién no conocía a la deidad con cabeza de chacal? Pero eso no era lo que busca. Mirando la lista, encontró otro nombre que sí que le interesaba: Sekhmet.
Pulsó sobre el nombre y se abrió un fichero que mostraba un texto y una imagen. El dibujo que aparecía era idéntico al que vio en la garra de Sekhmet. Leviathan comenzó a leer el texto, una amplia descripción sobre la Diosa Sekhmet.
Había terminado de leer el texto cuando por fin entendió qué era lo que preocupaba a Phantom…

Y ese descubrimiento también le preocupaba a ella.

sábado, septiembre 03, 2005

"La Leona Furiosa: El comienzo", capítulo 4

Con un considerable retraso (mis disculpas), ya estoy de vuelta. Admito que el capítulo que toca es un poco sensiblero y puede que bastante malillo... esto de los sentimientos aún hay que pulirlo. ^^U


Capítulo 4: Padre e hija

Sergeus se recostó un poco más sobre el sillón mientras seguía leyendo su libro. La tranquilidad de su humilde y cómodo apartamento en las zonas residenciales de Neo Arcadia le proporcionaba el ambiente perfecto para relajarse después de varios días de duro trabajo. Y así también tenía tiempo libre, que había aprovechado antes para dar un paseo y, más tarde, leer.
La lectura era una de las mayores pasiones del doctor Grant, aparte de su interés por la robótica. Lejos de las comodidades de estos tiempos, donde casi todo está digitalizado, Sergeus prefería el tacto de algo tan obsoleto para la sociedad neoarcadiana como era un libro.
La mitología antigua, de entre todo lo que podía leer, era su temática preferida. Sus Dioses, sus héroes… especialmente los temas que tocaban la mitología egipcia y la griega eran de mayor interés para el joven científico. Y leer sobre temas como éstos le parecía mejor a través de las páginas de un libro que a través de la pantalla de un ordenador. Era como si los libros estuvieran imbuidos por una magia que los hacía así de especiales. Tal vez fuese el hecho de que fuesen pasando durante generaciones en su familia y les había cogido cariño, pero, ciertamente, la sensación de estar leyendo un libro era totalmente diferente a la de leer las cosas en una fría pantalla.

Dejó durante unos segundos su lectura al oír los ligeros pasitos que se iban acercando al sillón. Sergeus miró al pequeño Yorkshire Terrier que se acercaba a él con una pelota roja en la boca. El perro dejó la pelota en el suelo y se quedó mirando a Sergeus con sus grandes y vivarachos ojos oscuros, moviendo su pequeña colita, esperando a que su dueño reaccionara.
- Me temo que la hora de la lectura se ha terminado – parecía decirle Sergeus al perro.
Cogió la pelota y la lanzó un par de metros lejos del sillón. El Yorkshire Terrier corrió tras la pelota, cogiéndola cuando ésta tocó el suelo.
- ¡Buen chico! ¿Quieres que te la lance otra vez?
El perro se acercó y dejó la pelota sobre la palma de Sergeus. El doctor Grant volvió a tirar la pelota y nuevamente el pequeño can salió tras ella.
Ver a su mascota corriendo tras la pelota y sintiendo la tranquila atmósfera que se respiraba en su apartamento, Sergeus no pudo evitar pensar sobre Neo Arcadia. Le preocupa toda aquella falsedad dentro de la enorme ciudad. Muchísimos Reploids perecían sin razón aparente y nadie parecía preocuparse por ello. ¿Qué había pasado con el sueño de que humanos y Reploids vivieran en paz? Por desgracia, en la tranquilidad de su hogar, Sergeus se daba cuenta de lo cruda que era la realidad, lejos de los sueños en apariencia inalcanzables.

En ese instante, sus pensamientos fueron interrumpidos por el sonido del timbre de la puerta principal.
“No esperaba ninguna visita”, pensaba Sergeus mientras se dirigía a la puerta.
El pequeño perro le acompañaba y comenzó a ladrar cuando llegaron a la puerta. Aún extrañado, Sergeus abrió la puerta, sin saber a quién podría encontrarse tras ella…

La mujer de larga cabellera castaña, con aquellas extrañas rayas atigradas en sus mejillas y de brillantes ojos rojos miraba, casi impasible, a los ojos de Sergeus. El joven científico la examinó unos instantes. Aquella mujer vestía el uniforme de los soldados de Neo Arcadia: un mono ajustado negro que cubría todo su cuerpo excepto las manos y la cabeza, una minifalda azul con bordes dorados y un chaleco de idénticos patrones. Sergeus se extrañó al ver que no llevaba la característica boina de los militares, aunque tampoco le diera tanta importancia. Sergeus no obvió las dos maletas que estaban al lado de la mujer, una de ellas de un tamaño considerable.
La había reconocido nada más habérsela encontrado de frente, pero necesitaba estar seguro de que ella estaba al otro lado de la puerta, esperando a que él dijese algo. Realmente, aquella era una visita inesperada.

- ¿Sekhmet? – finalmente preguntó Sergeus, con una pequeña sonrisa de incredulidad -. Vaya… esto sí que no me lo esperaba.
Sekhmet se limitó a asentir. Al oír los ladridos, miró al suelo, para encontrarse al pequeño Yorkshire Terrier ladrándole, pidiéndole atención. Sekhmet se agachó y lo miró. Una casi imperceptible sonrisa había aparecido en su rostro cuando vio al perro callarse y quedarse sentado. Y esto fue una sorpresa para ella: ¿desde cuándo era capaz de sonreír? Es más, ¿desde cuándo podía sentir, aunque levemente, aquel sentimiento tan agradable? No lo sabía, pero había sido la primera experiencia de Sekhmet con la alegría, representada en aquel momento bajo la forma del perrito graciosamente sentado delante de ella.
- Me parece que le gustas a Gary – decía el doctor Grant mientras se agachaba y seguía hablando con una amplia sonrisa -. Es casi idéntico a un perro de verdad. Hace dos semanas que lo terminé y me alegra ver que se ha acostumbrado sin problemas.
El pequeño perro se fue al salón. El doctor Grant se incorporó junto a Sekhmet. Los dos se miraron nuevamente y Sergeus tenía curiosidad por saber qué hacía Sekhmet allí.
- Oh… bueno… ¿Y qué te trae por aquí? ¿No estabas…?
- El general Fefnir dijo que ya había terminado mi entrenamiento con él – respondió la Reploid, con una entonación neutra -. Creo que le cuesta aceptarlo, pero parece orgulloso de mí.
- Todos saben de la cabezonería del general Fefnir – bromeó Sergeus -. Bueno, según sé, mañana empezarás tu entrenamiento con Lady Leviathan, ¿no es así?
- Si… De todos modos, quería pasar este día libre… con aquél que me creó… Esa persona… que quería ver desde que comencé a entrenar… desde que comencé a vivir.

No sabía por qué, pero aquellas palabras habían impulsado al doctor Grant a sonreír y abrazar a Sekhmet. Ella no entendía aquella reacción, ni sabía cómo actuar mientras los brazos de Sergeus la agarraban en un fuerte abrazo. Estaba confusa, jamás en su corta existencia había sido abrazada de una manera tan afectuosa… de todas formas, tampoco consideraba los agarrones de Fefnir abrazos en sí.
Pero una voz parecía decirle a Sekhmet cómo reaccionar. Aquella conciencia le estaba indicando que debía abrazar a su creador, mostrar así su afecto. Y eso hizo.
No se dio cuenta de que su creador había dejado escapar unas pequeñas lágrimas. El joven científico había sido lo suficientemente rápido como para que Sekhmet no notara ese detalle.
- Oh… entra, por favor – decía Sergeus cogiendo las maletas, tratando así de ocultar sus lágrimas.
La Reploid y el doctor Grant entraron en el salón. Sergeus se fue a una de las habitaciones y ahí dejó las maletas de Sekhmet. Después volvió junto a la Reploid, que estaba de pie frente a una pequeña mesa y dos sillas. Sergeus ofreció asiento a Sekhmet, pero ella prefirió quedarse de pie.
Gary se puso cerca de Sekhmet, con la bola roja en sus pequeñas fauces. La Reploid miró al perro, sin entender qué quería.
- Quiere jugar contigo – le explicó Sergeus -. Coge la pelota y tírala lejos para que la recoja… Eso sí, ten cuidado, vaya a ser que rompas algo.
Aun sin entender por qué tenía que lanzar la pelota al perro para que luego éste la recogiera, Sekhmet hizo caso al doctor Grant y lanzó la pelota. El pequeño perro salió corriendo tras ella y, una vez la había atrapado, se la llevó de vuelta a Sekhmet. La Reploid entendió que quería seguir jugando, así que de nuevo lanzó la pelota y otra vez Gary fue a buscarla.
- Mira al pequeño Gary, Sekhmet. Es feliz con esa pelotita… ¿No es bonito? Está feliz con un pequeño objeto, y nada más.
Sekhmet se quedó mirando al can, que se entretenía él solo con la pelota. No comprendía exactamente las palabras de Grant, pero tal vez lo que quisiera decirle es que se conformaba con muy poco. Luego echó un vistazo al modesto apartamento. ¿Tal vez también hacía referencia a sí mismo?
Luego se dio cuenta de que lo que realmente resaltaba Sergeus no era el conformarse con poca cosa, sino la felicidad. Eso cuadraba más y, además, se dio cuenta de sobre quién hablaba realmente el joven.
- Feliz… - se quedó mirando a Sergeus unos instantes -. Yo… ¿Podría ser yo también feliz, Dr Grant?
- ¿Qué? Oh… Por favor, nada de formalidades – dijo Sergeus con una pequeña sonrisa -. No tienes por qué llamarme Dr Grant. Sólo Sergeus… Y sí, tú puedes ser feliz. De hecho, deberías ser feliz, porque querías verme… y estás aquí conmigo. Dime, ¿eres feliz?
Ella tardó varios segundos en responder:
- Yo… no lo sé, Dr… digo, Sergeus. Siento algo… Algo que nunca sentí antes.
- Eso debe ser felicidad, Sekhmet. Los Reploids sois como nosotros los humanos: pensáis por vuestra cuenta, tenéis vuestros propios pensamientos y vuestra propia personalidad. No sois como los robots del siglo XXI, todos con una personalidad programada…
- ¿Y los Irregulares también tienen sus propios sentimientos?
Ésta fue una pregunta inocente pero inesperada. Sergeus se quedó mirando a su creación a los ojos. Aun sabiendo la respuesta, temía decirla. A su lado, Gary parecía dispuesto a jugar. Sergeus cogió la pelota y la lanzó lejos. Mientras el perro iba a por la pelota, un serio Sergeus por fin respondió:
- Incluso ellos… Incluso los Reploids que son asesin… retirados – la forma en que había dicho retirados era forzada, ocultando la verdad del conflicto -. Siento que tengas que ser una luchadora y no una simple ciudadana con una existencia pacífica.
- Pero… Pero Sergeus, ¡quiero luchar por la gloria de Neo Arcadia en cuanto termine mi entrenamiento! – contestó Sekhmet -. El Maestro X confía en mí… El maestro Phantom también… Incluso el general Fefnir… aunque no quiera admitirlo.
- Luchar… luchar… No puedes defender la paz con violencia, eso es algo que siempre tengo en mente. La violencia sólo trae más violencia. Yo quiero que vivas en un mundo feliz, donde Reploids y humanos convivan sin problemas, sin guerras.
- El general Fefnir dijo que ese sueño era posible, pero para ello había que detener a los rebeldes. Por desgracia, sí que hay que luchar.

Sergeus se quedó callado. No podía creer que aquellas palabras salieran de la boca de Sekhmet, que estuviese decidida a luchar y luchar por una paz inalcanzable, según veía Sergeus, siguiendo con esta espiral de violencia. ¿Tanto había influido la sociedad de Neo Arcadia en aquella mente que aún le quedaba por descubrir el mundo que la rodeaba?
- Cientos… no, miles de Reploids mueren debido a esta ridícula guerra. Los Irregulares, los Mavericks, son historia. Sin Sigma, ya no hay Irregulares… al menos, no los víricos.
- Pero los Irregulares no necesitan a su líder ni a su virus – Sekhmet estaba siendo muy clara en aquel momento -. Todo aquel Reploid que se oponga al sistema es un Irregular… y sólo podrán ser derrotados con la lucha.
- ¡No quiero que te conviertas en una máquina de matar, en un ser sin corazón! – Sergeus se levantó, no pudiendo creer lo que acababa de oír -. ¡Tienes sentimientos! ¿No lo ves? ¿Acaso quieres ser así de fría, sin que te importe lo que le pase a otros?

Sekhmet miró al doctor Grant. Se dio la vuelta y cruzó los brazos, con tal de no mirar a su creador a la cara. Pero, por alguna razón, se sentía culpable. ¿Culpable de qué? ¿Qué había hecho ella? ¿Qué era aquello que le ocurría?
No pudo evitar recordar lo que ocurrió hacía tres semanas, cuando luchó contra Anubis y Fefnir por primera vez. Los golpes, el quedar durante unos instantes en desventaja, las ansias de victoria propias de una cría… Todo eso había producido un cúmulo de sentimientos que le parecían familiares y que le hacían daño. Cada vez que se sentía así, era como si su cuerpo se quemara por dentro y una ola de energía la impulsara a actuar como un animal salvaje… Y luego la dejaba impotente, vulnerable. Recordó esa sensación cuando Fefnir comenzó a dispararle, sin que ella pareciera querer evadir los disparos.

“¿Es ésta la máquina descorazonada de la que habla?”, pensó Sekhmet.

Se sentía extraña, nunca le había pasado antes. Aquellos recuerdos, aquellas sensaciones, todo ello le hacía dudar a Sekhmet sobre si había sido o no buena idea visitar a Sergeus.
Estaba confusa, no sabía por qué se sentía culpable, aunque aquellos recuerdos parecieran ser la respuesta a la pregunta.
Sergeus se acercó a ella y puso sus manos sobre los hombros de la Reploid.
- Mira… Lo siento mucho, querida. No quería confundirte. Perdóname, Sekhmet.
- No… yo soy quien ha de... ¿cómo se dice? - hubo una pequeña pausa, pero prosiguió rápidamente -: Soy yo quien ha de disculparse – respondió Sekhmet, admitiendo al final aquel sentimiento de culpabilidad -. No entendí que no todos tenemos el mismo punto de vista. Quería pasar un buen rato contigo, que habláramos de cosas cotidianas. Todo parecía prometedor, pero hemos acabado discutiendo sobre este conflicto… No, no es lo que quería… lo que queríamos.

Sergeus suspiró. Se alegró de saber que Sekhmet no era una insensible. Es cierto que él se había puesto bastante duro con ella, casi le exigía que se comportara de una determinada manera, sin importar lo que ella quisiera. No era Sekhmet la única que no había tenido en cuenta otros puntos de vista…
La Reploid se dio la vuelta y siguió hablando:
- Aunque he sido entrenada durante estos dos meses y casi ni te he visto… y cuando te veía, no podía hablar contigo… A pesar de que no hubiese contacto, sabía que querías lo mejor para mí… como el padre que nunca tuve.
No sabía desde cuándo lo había sentido, pero así era como Sekhmet veía a Grant. Tal vez fuese simplemente por el hecho de que él la creó o tal vez hubiese algo más... pero ¿cómo habría algo más si apenas habían hablado entre ellos, concretamente desde que ella pasó por el umbral de la puerta?

Y no se dio cuenta del efecto que tuvo lo que había dicho hasta que volvió a mirar a Sergeus.

Aquellas palabras no es que fuesen muy profundas, pero bastaron para que Sergeus bajara la mirada. Se sentía en parte mal por no haber estado antes con Sekhmet, pero por otro lado estaba feliz, feliz de saber qué pensaba Sekhmet sobre él. Algo que era bien cierto, aun cuando la Reploid no supiera el porqué.
El hecho de que le considerara como el padre que nunca tuvo le llamó más la atención. Para Sergeus, Sekhmet era como una hija para él… una hija a la que nunca pudo hablar hasta aquel momento, cuando finalmente podían charlar de lo que quisieran.
Se le escapó una nueva lágrima. ¿Tan mal contenía la emoción de ver a Sekhmet delante de sus propias narices? Y esta vez no podía disimularla… de hecho, sonrió a Sekhmet y volvió a abrazarla. Esta vez, no quiso ocultar sus lágrimas.

No entendía el por qué de aquellas lágrimas. Sekhmet no las había visto antes, pero había oído hablar de por qué la gente llora. Dolor, tristeza, alegría… sentimientos que ella apenas sí experimentaba, aunque en el caso de la alegría, podría decirse que con Sergeus era la primera vez que la sentía. Entonces, ¿por qué lloraba su creador? No podía llorar por tristeza, de alguna manera no sentía que fuese por eso. ¿Dolor? Tampoco.
Era alegría… Pero Sekhmet parecía entender que ésta no era una alegría que hubiese aparecido de repente. Recordó lo que ella había dicho, de cómo cuando veía a Sergeus, no podían hablar el uno con el otro. Pensó que Sergeus se sentía igual… pero a diferencia de Sekhmet, él podía llorar.
Y aunque no supiera cómo comportarse, casi por instinto, Sekhmet se apartó un poco, dejando que el joven científico se incorporase. Sergeus seguía sonriendo y aún quedaban algunas lágrimas. Sekhmet las apartó suavemente de las mejillas de Sergeus. No quería que las lágrimas estropearan aquella felicidad que, por primera vez, sentía.

- Esto es lo que los hijos piensan de sus padres – dijo Grant con una sonrisa -. Es cierto, mi querida Sekhmet, que quiero lo mejor para ti. Pero tú eres quien toma tus propias decisiones. Tú eres libre de hacer lo que quieras… aunque yo no esté siempre de acuerdo. Sólo recuerda que has de elegir sabiamente.
Aunque lo intentara, a Sekhmet le costaba sonreír. No debía ser difícil, pensaba: si con el pequeño Gary había sonreído, aunque levemente, también podría hacerlo ahora, delante de aquél que la creó. Recordó tantos y tantos momentos que quería compartir con Sergeus, sin poder tener la más mínima oportunidad de que aquello ocurriera, que ellos se encontraran y hablaran… Y al final lo había conseguido.

¿Eres feliz?

La voz de Sergeus resonó en su mente. Cerró los ojos y susurró un pequeño y sincero “sí”. Abrió los ojos, miró a Sergeus… y sonrió.
Sonrió pensando que no sólo había conseguido estar con su creador, sino también sonrió porque había descubierto que podía ser feliz.
- Lo haré – dijo Sekhmet, manteniendo su sincera sonrisa -. Elegiré sabiamente… padre.
Sergeus no rompió a llorar otra vez cuando oyó aquella palabra. Su sonrisa, sin embargo, era mayor.
- Sé que lo harás… hija mía.

---

Horas después...

Tras la cena, Sergeus llevó a Sekhmet hasta la habitación a donde había llevado sus maletas. Sekhmet reconoció rápidamente que la habitación era un dormitorio… el dormitorio que usaría esa noche…
- Tu dormitorio – le dijo Sergeus.
Sekhmet se quedó mirando lo que parecía una cápsula de gran tamaño conectada a varios cables, algunos de ellos conectados a un ordenador. También vio la mesa y la silla justo en frente. Ella pensó si realmente éste era su dormitorio, tal y como el doctor Grant le había dicho. No podía creer que se lo tuviera ya preparado desde hacía bastante tiempo.
Sergeus le indicó el camino hacia la habitación del científico. Parecía querer enseñarle su hogar por completo, para que observara todos los detalles, escasos pero importantes, de aquel apartamento.
Cerca de la cama de Grant había muchos papeles llenos de bocetos y letras, tal vez proyectos en los que se habría embarcado Sergeus. También había algunos libros viejos en una pequeña mesa. Sekhmet, curiosa ante aquellos objetos tan antiguos, se acercó y miró el libro que estaba en lo alto de la pila: “El arte de la robótica”, por Thomas Xavier Light.
El doctor Grant cogió el libro y se lo dio a Sekhmet.
- Aunque es muy viejo, este libro contiene muchas cosas interesantes sobre los robots – explicaba Grant -. El Dr Light fue un gran científico del siglo XXI, un experto en robótica. De hecho, este libro es de lectura obligatoria en la Universidad.
- Un hombre interesante… - fue lo que dijo Sekhmet -. ¿Y te gustan estas cosas? ¿Estos… libros?
- Estos libros pertenecieron a mi bisabuelo. Son como un tesoro familiar. Tal vez te interesaría leerlo algún día.
- Irónico… una Reploid leyendo sobre robots… Y… ¿sólo tienes libros científicos?
- Oh, claro que no… Mira, también tengo novelas. La verdad es que muchas son mejores que alguna película de las de ahora, debo decir.
Los dos rieron. Sekhmet volvió a tener la sensación de experimentar algo nuevo y agradable, pero algo le vino a su mente y paró de reír en seco, sorprendida ante la misteriosa risa que había aparecido de la nada y que había salido de su boca.
Su rostro ahora parecía más serio, o mejor dicho, preocupado, ya que otro pensamiento se cruzó en su mente robótica.
- ¿Ocurre algo, Sekhmet?
- Yo… pensaba en lo que tengo que hacer mañana. Tener que alejarme de ti otra vez. Sólo han pasado unas horas, aunque me hubiese gustado que fuese eterno -, Sekhmet suspiró y continuó hablando -: Pero también tienes razón en que cada cual ha de tomar sus decisiones. Y aunque me gustaría estar con el hombre que me dio la vida, quiero también proteger Neo Arcadia y luchar por la paz. Pero no te preocupes, padre: ¡lucharé por nuestra paz! Así podremos estar juntos, como padre e hija, y disfrutar de esa paz.

Sergeus no sabía qué responder. Le había sorprendido el cambio que se había efectuado en ella en tan poco tiempo, un aprendizaje tan rápido. De ser tan reservada a poder hablar con esta soltura. Debía ser el propio sistema de la Reploid, que tan rápido se había acostumbrado.
Pero lo que más le sorprendía era la "paz" que quería conseguir Sekhmet. ¿A qué paz exactamente se refería? Estaba claro que ella no lo sabía, no tenía ni idea de qué clase de paz conseguiría con esta lucha, con toda esta violencia. Podía saber que Sekhmet lo decía con todo su buen corazón, pero el científico pensó que ella pecaba de ingenua. Lo había sentido antes, cuando estuvieron discutiendo en el salón, y lo sentía ahora.
Se volvió hacia la mesa y miró los libros que había allí. El que había estado leyendo antes de que llegara Sekhmet, el de mitología, estaba entre los libros apilados. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Sekhmet no se percató de ello.
- Bien… hmm… Sí, es tu decisión. Sólo espero que esa paz llegue pronto, aunque no me gustaría que estuviera manchada de sangre.
- Supongo que las diferencias entre padres e hijos son habituales…
- Sí, lo son…

De nuevo, se quedó sorprendido ante esta casi inmediata madurez que parecía desprenderse de las palabras de Sekhmet.

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Al día siguiente…

Sekhmet llevaba ya un buen rato levantada. Pensaba en lo que podría depararle su entrenamiento con Leviathan. Sabía que aquella altiva Reploid dirigía los ejércitos marítimos de Neo Arcadia y era experta en ordenadores… pero, ¿sería tan exigente como Fefnir? ¿Tan meticulosa como Phantom?

Terminó de ponerse su traje marrón, dejando el uniforme de soldado en la maleta más pequeña. Sus pensamientos se desviaron a la gran maleta, la que contenía su garra. Se acercó a ella y cogió la garra con ambas manos. La miró como hacía todos los días: recorría con sus ojos la oscura superficie de aquel gran brazo blindado, capaz de aguantar armas de energía, rematado en tres largas garras grisáceas. Era toda una costumbre para ella, pero algo interrumpió la monotonía…

Era un dibujo que había sobre la hombrera de la garra, un dibujo que no había visto nunca. De hecho, nunca estuvo ahí, hasta esa mañana. Volvió a mirarlo… Era una figura humana, vestida con túnicas blancas, con una vara en la mano derecha y un extraño símbolo parecido a una cruz en la izquierda. Sekhmet reconoció el símbolo como un ankh, aunque no sabía más acerca de ello. Siguió mirando la figura dibujada, de larga cabellera oscura y… cabeza de leona, rematada en lo alto de su cabeza con un gran círculo dorado. Sekhmet pensó que este símbolo podía ser un sol, pero ya el dibujo de por sí era demasiado extraño para ella.
Dejó la garra lentamente en la maleta más grande y la cerró. Luego cerró la maleta más pequeña y, con ambas en las manos, salió.

Sekhmet entró en el salon y vio a Sergeus jugando con Gary. Sergeus se levantó y miró a Sekhmet.
- Buenos días, Sekhmet. Veo que ya llegó el momento… Sólo me queda desearte... Buena suerte. Hazlo lo mejor que puedas.
- Gracias… Y me gustaría preguntarte algo… Encontré un dibujo... un dibujo en mi garra. No lo había visto antes. ¿Has…?
- ¿He dibujado yo eso? Sí, así es… Mientras descansabas, decidí mejorar un poco tu arma… y personalizarla un poco. Ahora puede hacer ataques cargando energía para ser más potente y ese dibujo… Bueno, digamos que te representa a ti. Es un dibujo de una diosa egipcia, la diosa a la que debes tu nombre: Sekhmet, “la poderosa”. Quería que siempre tuvieras una parte de mí contigo.
- Yo… no necesito ningún dibujo para acordarme de ti… pero... muchísimas... hmm... gracias. Es un… ¿cómo se dice? Oh, sí... un bonito regalo.
- Me alegra que te guste… Yo… bueno… Será mejor que no te entretenga más. Lady Leviathan te está esperando.
Sekhmet dejó lentamente las maletas en el suelo y abrazó a Sergeus. Estas horas habían sido horas de primeras veces para Sekhmet, y aquel abrazo que daba por propia iniciativa se había sumado a la lista. Sergeus la abrazó también y los dos se fueron a la puerta. El pequeño Gary les seguía y se ponía a dar vueltas alrededor de Sekhmet. Ella lo miraba y esbozaba una pequeña sonrisa. Miró a Sergeus, aún sonriendo, y se despidió de él.
La puerta se cerró y Sergeus y Gary se quedaron solos. El pequeño perro se sentó delante de la puerta, como si esperara que ahora Sekhmet la volviera a abrir y regresara. Sergeus también se quedó mirando a la puerta…

“Sekhmet ha tomado una decisión: luchará por la paz. Y aunque no apruebe la forma en que quiere conseguirla, yo he aceptado su decisión… incluso, aunque suene contradictorio, he mejorado su arma.
Desde hoy entrenará con Leviathan. Y tras ella, vendrá Harpuia. Al menos, me alegra ver que Fefnir no la ha convertido en una guerrera descerebrada. Le gusta luchar, pero conoce sus límites… y sabe que no es una guerrera sanguinaria. Creo que Phantom le enseñó bastante sobre autocontrol…
Pero aún estoy preocupado… a pesar de su inocente sueño en un mundo violento… a pesar de que por fin experimente sentimientos como la alegría… Aún me sigue preocupando Sekhmet. El vídeo del primer combate de prueba contra Fefnir sólo es un ejemplo de ello. Sus ojos cuando atacó a Anubis y a Fefnir… La furia que se veía en ellos… el autocontrol había fallado en aquel momento… Sólo espero que Leviathan consiga ayudarle a controlarse en combate…”

sábado, agosto 13, 2005

"La Leona Furiosa: El comienzo", capítulo 3

Capítulo 3: General Fefnir

La Reploid de armadura marrón estaba rodeada por aquellos fríos muros grises de metal mientras seis Cazadores Pantheon se encontraban frente a ella. Los miró con detenimiento, estudiándolos con sus ojos rojos.

Aquellos androides estaban quietos, como esperando órdenes. No tenían personalidad alguna, no pasaban de ser simples marionetas humanoides con armadura azul y blanca. No poseían rostro, ni falta que les hacía falta a seres tan apáticos, sólo un gran orbe rojo que debía funcionar como receptor de información, un gran ojo de rubí totalmente siniestro. Recordó que los Pantheons habían sido creados para parecerse a X y así atemorizar a los que se opusieran a las órdenes del máximo mandatario de Neo Arcadia gracias a sus avatares. No le extrañaba que también les llamaran Droides X.
Los que tenía enfrente eran los denominados Cazadores. Ésta era la clase más básica de Pantheon. El brazo derecho había sido sustituido por un cañón de energía, capaz de disparar hasta tres balas a la vez. No eran precisos, pero con un amplio grupo de Cazadores Pantheon disparando se conseguía el efecto de miedo que se esperaría.

Tras mirarles, la Reploid levantó su brazo derecho, cubierto por la gran y oscura garra metálica, y comenzó a caminar hacia los androides. Cuando solo había dado tres pasos, comenzó a correr hacia los Pantheons.
Prácticamente a la vez, los Pantheons apuntaron a la Reploid, disparando contra ella. En una rápida reacción, la Reploid saltó sobre ellos y, nada más tocar suelo, destrozó a dos de los Cazadores Pantheon con un simple golpe de su garra. Los trozos de metal, cables y fluidos cubrieron el suelo y las armaduras de los cuatro Pantheons restantes, que se giraron para continuar su ataque contra su adversaria.
Ella los miró sin interés y se lanzó contra los Pantheons antes de que pudieran disparar, llevándose por delante a uno de ellos, dejándolo incluso más destrozado que a los dos anteriores Pantheons. Los últimos tres Cazadores dispararon toda su munición sobre la Reploid, pero ella conseguía esquivarles. Su velocidad era impresionante y, más aún, apenas sí necesitaba tiempo para reaccionar ante los ataques enemigos. Ni una sola bala de energía incandescente había rozado su cuerpo siquiera, todos aquellos disparos acabaron dejando marcas negras humeantes sobre los resistentes muros metálicos, pero nada más.
Harta de esquivar, se lanzó finalmente sobre los tres Pantheons restantes y acabó con ellos de un único y certero golpe que creó una media luna de muerte metálica. La fuerza del impacto fue tal que varios de los fragmentos de los Pantheons se estrellaron contra los muros, estallando y dejando sólo más trozos de menor tamaño desparramados por el suelo.

No había caído en la cuenta de que la pared de más al fondo tenía dos puertas, separadas una de otra varios metros. Ambas se abrieron, dejando que de cada una de ella salieran tres Pantheons.
Éstos eran idénticos a los Cazadores que había derrotado, pero con una significante diferencia: aquellos Pantheons eran del modelo Guardián, especializados en cuerpo a cuerpo, y su brazo derecho presentaba una pequeña espada de energía, muy útil para derretir metal y que constantemente crepitaba debido a la energía que la recorría.
Sonriendo confiada, la Reploid esperó a que los Guardianes estuviesen más cerca. Los miró, todos con la orden de acuchillarla con sus armas de energía. Ella levantó la garra como si tratara de burlarse de ellos. Claro que sabía que le iban a ignorar, más que nada porque aquello que tenía enfrente no eran más que marionetas, pero le divertía hacer un poco la tonta para despejarse.
Cuando sólo había un par de metros entre ella y los Pantheons, la Reploid corrió hacia ellos, pasando entre los Pantheons y atacando con su garra a tres de ellos. Todo ocurrió casi en un suspiro. Fue tan rápido que los tres Pantheons ni se habían enterado de que habían sido partidos por la mitad.
Ella se acercó a aquellos restos metálicos que una vez fueron Pantheons. Tras darle una ligera patada a una de las cabezas sesgadas, miró hacia el techo, mirando a la cámara que había sobre ella y dedicándole una pequeña sonrisa.

Los otros tres Pantheons se detuvieron y parecían observar a la Reploid. En realidad, habían recibido la orden de detenerse.

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- Sekhmet ha pasado la primera prueba, señor.
El pequeño operador Reploid señaló a la pantalla de su ordenador. Fefnir la miró, fijándose en la Reploid que miraba a la cámara. Sekhmet asentía con decisión a la cámara, sabiendo quién la estaba observando.

“Al menos no está tan apática como hace unos días”, pensó Fefnir mientras dedicaba una sonrisa socarrona a aquella pantalla.
- Bien, que comience la segunda prueba – le dijo Fefnir al operador -. Veamos si esa nena es tan buena como parece.

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Una puerta se abrió tras Sekhmet. La Reploid se preguntó cuántas de esas “puertas ocultas” habría en la habitación. Pero lejos de buscar respuestas, se fue directa a la puerta, pasando a la siguiente sala.
Sekhmet miró al suelo cuando descubrió que el duro metal de la anterior habitación había sido sustituido en esta nueva estancia por arena. La habitación era mucho más grande que la anterior y, excepto por la arena, era también un simple espacio cerrado entre paredes grises de metal.
En el centro de la estancia estaba esperando el segundo desafío de Sekhmet. Observó al Reploid humanoide, con rostro de chacal y apariencia faraónica, que la miraba sin apenas inmutarse. Sekhmet fue andando lentamente hacia él, mientras una extraña y larga vara surgió de entre la arena. El Reploid chacal no cogió la vara, sino que ésta se puso a girar a su alrededor.
- Tú debes ser Sekhmet… Permíteme que me presente: soy Anubis Necromancess III – Anubis cogió la vara y comenzó a levitar a unos centímetros del suelo mientras seguía hablando -: La Muerte nos rodea… y ha venido a por ti.

Anubis soltó la vara y ésta comenzó a girar mientras él se elevaba. De pronto, la vara salió disparada hacia Sekhmet. La Reploid se agacho y se deslizó hacia atrás, aun con la dificultad de la arena que la rodeaba, y consiguió esquivar el arma. La vara volvió a las manos de Anubis y el Reploid se impulsó hacia donde estaba Sekhmet, quedando por encima de ella, para, de nuevo, lanzar la vara contra ella.
Sekhmet volvió a esquivar la vara. Aprovechando que aquella arma volvía a Anubis, saltó con todas sus fuerzas y rozó a Anubis con la garra. El Reploid chacal se limitó a mirar las pequeñas marcas en su espinilla. Eran simples arañazos…

- ¿Es eso todo lo que sabes hacer? – la pregunta de Anubis no recibió respuesta -. Esperaba algo más que unos simples arañazos.
Anubis voló hacia atrás y alzó sus brazos. Las palabras que ahora salían de la boca de Anubis eran totalmente ininteligibles. No sabía que decía aquel chacal, pero Sekhmet intuía que no era nada bueno.
La arena alrededor de Sekhmet comenzó a agitarse. Sekhmet miró hacia abajo y consiguió apartarse al tiempo que dos figuras salían de la arena y trataban de agarrarle. La Reploid se quito de en medio a ambos con un simple golpe, destrozando a ambos atacantes. Sekhmet entonces vio qué eran…
Parecían androides, pero estaban bastante desmejorados, como corroídos por el óxido, presentando también varios destrozos en sus cubiertas que no tenían nada que ver con el golpe que Sekhmet les había asestado.
- ¿Zombis? – murmuró Sekhmet -. Así que no es sólo cosa de aquellas viejas películas del siglo XX…
Anubis se cruzó de brazos, como satisfecho por el descubrimiento de Sekhmet, pensando que eso no ayudaría en nada a la Reploid. Sekhmet volvió a saltar hacia él, con más fuerza si podía ser. No fue una cuchillada, pero sí un golpe seco con el antebrazo lo que sintió Anubis en el pecho.
Nada más sentir el pecho de Anubis contra el antebrazo de la garra, Sekhmet siguió empujando, pero de repente dejó de sentir la presencia de Anubis. Mientras caía al suelo, la Reploid observaba cómo caía arena hacia el suelo. Y Anubis no estaba en ninguna parte.
“Se ha convertido en arena… Por si no podía ser más raro”, concluyó la Reploid.

Sekhmet esperaba a que Anubis mostrara la cara, pero sólo había silencio. El chacal se había desvanecido, así sin más, sin dejar rastro.
Pero pronto Anubis tenía que actuar…

Dos grandes pilares de roca amarillenta, adornados con extraños símbolos rojos y rematados en su parte superior por amenazantes púas, surgieron de la arena, una frente a Sekhmet y la otra, tras la Reploid. Los pilares estaban lejos de ella, pero pronto esto dejó de ser así. Ambos pilares comenzaron a desplazarse por la arena, dejando grandes nubes de polvo tras ellas.
Sekhmet trataba de echarse a un lado y a otro, esperando que los pilares no hiciesen otra que seguir hacia delante y chocar entre ellos… pero se equivocaba. Los pilares la estaban siguiendo: si ella se echaba a la derecha, los pilares también; si lo hacía a la izquierda, más de lo mismo. Esto no podía entenderlo, pero otra cosa sí que estaba clara: si no conseguía evitar ambos pilares, éstos acabarían aplastándola.
La Reploid sólo vio una forma de evitar tan deshonroso final. Corrió hacia uno de los pilares, asegurándose bien de la distancia que quedaba entre ellos. Saltó hacia el pilar y una vez sus pies se posaron sobre él, Sekhmet se dio la vuelta y se impulsó hacia el otro pilar. Repitió varias veces la operación mientras los pilares estaban a escasísimos metros. Casi al límite, Sekhmet consiguió evadir las púas y dejar que los pilares chocaran y se derrumbaran debido al impacto, convirtiéndose en arena… arena que formó el cuerpo de Anubis.
- No te preocupes, chiquilla. Todavía tengo más trucos bajo la manga.
Tres nuevos zombis surgieron de la arena y rodearon a Sekhmet. No pudo hacer nada para evitar que aquellos zombis le agarraran. Podía ver cómo sus desfiguradas caras, con todos aquellos cables expuestos, se iban acercando a ella. Sólo podía pensar que, como los zombis de aquellas películas que recordaban, éstos tratarían de debilitarla y servirles de alimento, por así decirlo. Pero ella no se daba por vencida y alejó a uno de ellos de un empujón, liberándose, para encarar a los dos restantes. En un instante, la garra de Sekhmet había hecho trizas a los zombis. Algo la golpeó y ella se volvió para ver qué había sido.
Anubis cogió la vara, que acababa de golpear a Sekhmet, y rió ante ella.
- Todavía sigues decepcionándome, chiquilla. Voy a acabar con esto de una vez por todas…
Sekhmet no respondió y se lanzó al ataque. Anubis creyó que volvería a atacarle con la garra y trató de flotar hacia atrás, pero, en vez de eso, Sekhmet le agarró de la pierna derecha y le obligó a quedarse en el suelo. En cuanto Anubis tocó tierra, pudo fijarse en los ojos de la Reploid.
Lo que el Reploid chacal tenía enfrente eran dos grandes antorchas que ardían con furia. Anubis no podía entender por qué los ojos de Sekhmet tenían ese brillo infernal.
- ¿Qué clase de…?
Pero Anubis no pudo terminar la frase ya que la Reploid comenzó a atacarle. Anubis no pudo evitar ninguno de los tajos y patadas que le propinaba Sekhmet. La vara de Anubis quedó destrozada y Sekhmet lanzó a Anubis por los aires con un simple puñetazo.

Tras caer al suelo, Anubis se levantó, dispuesto a seguir con la lucha. Una puerta se abrió cerca de él en ese momento. Se volvió para observar al guerrero de piel bronceada y armadura magenta, con un gran pistolón acoplado a su brazo derecho, entrando en la sala.
- Ya te has divertido bastante, Anubis. Ahora me toca a mí… ¡Déjanos solos! – ordenó Fefnir.
Anubis asintió y se teleportó lejos de ellos. Fefnir alzó su pistolón de fuego, Sodoma, miró a Sekhmet y sonrió.
- Bueno, bueno, Sekhmet… Has vencido a Anubis, no está mal. Pero… ¿eres lo suficientemente fuerte y valiente como para poder con uno de los Shitennou, nena?
Fefnir apuntó y disparó su arma. Sekhemt ni tan siquiera trató de esquivar y la bola de fuego que había salido de Sodoma le dio de lleno. Dando un paso hacia atrás debido al impacto, Sekhmet se preparó para la lucha. Fefnir volvió a sonreír y disparó de nuevo.
- Phantom cree que eres buena… ¡pero sólo eres una novata! – exclamó Fefnir, mientras seguía disparando, comprobando que esta vez Sekhmet sí le esquivaba -. Mira, eso está mejor… Pero aún tienes que mostrarme cuánto has aprendido conmigo. ¡Por ahora sólo me muestras lo que un Pantheon sabría hacer mejor!
Sekhmet no respondió, pues estaba más concentrada en el aura que rodeaba a Fefnir. Ella no se movía, pero Fefnir comenzó a correr hacia ella. Agarró a Sekhmet con la mano izquierda y la alzó sobre su cabeza, poniendo a Sodoma bajo el pecho de la Reploid. Era extraño que no forcejeara, pero poco le importó a Fefnir en cuanto apretó el gatillo y se oyó la terrible explosión.
Había enviado a Sekhmet volando varios metros hacia arriba. La Reploid cayó al suelo con un estruendo. Y Fefnir le dio la espalda, totalmente decepcionado.
- ¡No has aprendido nada, estúpida! – gritó -. ¡Y ahora estás muerta! Hmm… ¿Y así es como finaliza el Proyecto S?
Justo en el momento en que se dirigía a la puerta, Fefnir oyó algo. Se dio la vuelta y comprendió lo que era: Sekhmet se estaba levantando…
- ¿Aún estás viva? Nadie sobrevive a ese ataque, así que puedes presumir de ser la primera – Fefnir se rió de su propio chiste y prosiguió -: Bueno, lo achacaré a la suerte… Y si quieres más, ¡yo te daré más!
Fefnir disparó dos veces y ambos ataques dieron en el blanco, pero no parecía que ninguno de ellos afectara a Sekhmet. Ella se limitaba a mirar al suelo, ignorando lo que ocurría a su alrededor y, también, ignorando lo que le ocurriera a ella.
A Fefnir no le gustaba que le ignorara y golpeó el suelo con su puño. Del lugar de impacto surgió una gran ola de energía que se dirigía hacia Sekhmet. La Reploid saltó sobre ella sin esfuerzo alguno y comenzó a moverse tan rápido que Fefnir no podía seguirla… hasta que Sekhmet se detuvo delante de él y ambos se miraron a la cara…

Fefnir no comprendía qué estaba pasando. De un momento a otro, los ojos de Sekhmet ardían con un fulgor rojizo que no había visto jamás. Aunque no le intimidara aquel brillo, Fefnir sabía que algo iba mal. Sekhmet gruñó y golpeó a Fefnir con la garra. Fefnir disparó, pero Sekhmet saltó sobre él, cayendo a espaldas de Fefnir.
Cuando se volvió para encarar a Sekhmet, Fefnir recibió de lleno el dorso de la garra. Se lanzó sobre ella y la agarró, pero Sekhmet se escurrió y le dio una patada a Fefnir en la cara. Al mismo tiempo, Fefnir había conseguido disparar su arma. Sekhmet cayó al suelo, con una nueva quemadura sobre su armadura.
Fefnir miró a Sekhmet unos instantes. Ella trataba de levantarse, pero cada vez que lo intentaba, Fefnir le daba una patada.
- ¡Al suelo! ¡No eres más que una novata!
- La has estado entrenando sólo durante una semana… ¿qué esperabas, imbécil?
De repente, toda la sala se oscureció. Fefnir buscaba el origen de aquella voz masculina, una voz que reconoció al instante. Pero seguía viendo sólo oscuridad, mientras Sekhmet permanecía quieta y atenta.
- Vale, Phantom, ¿y a ti qué mosca te ha picado? – preguntaba Fefnir a la profunda oscuridad -. ¿Es que quieres pelear conmigo? Esta vez, te machacaré.
- Bakayoarou… Estúpido, no pelearemos hoy – la voz de Phantom volvió a surgir de la oscuridad -. Quieres que ella sea como tú en una sola semana. Aún no conoces la paciencia.
La luz volvió y Phantom se mostró delante de Fefnir y Sekhmet. La Reploid miró con respesto al ninja y se levantó, aunque al final sólo consiguió quedarse arrodillada. Se quitó la garra del brazo derecho y la dejó frente a Phantom.
- Maestro Phantom, he fallado – dijo Sekhmet, inclinándose.
Phantom miró a Fefnir. Los dos estuvieron mirándose en silencio durante cerca de dos minutos. Sekhmet, aún arrodillada frente a Phantom, no dijo nada, respetando el silencio de ambos Guardianes.
Finalmente, Fefnir se volvió hacia Sekhmet y suspiró.
- Mira… No has fallado, chica – dijo finalmente Fefnir -. ¡Pero necesitas entrenar aún más! Ahora necesitas que te reparen. Y cuando estés en condiciones, ¡¡de vuelta a la sala de entrenamiento!! ¡¡Entrenaras duramente, debilucha, y luego tendrás más Pantheons tratando de patearte el culo!! ¡¡Y no quiero oír quejas o te derrito con Sodoma!!
Sekhmet no parecía intimidada ante estas palabras. Simplemente se levanto, cogiendo la garra, se inclinó y dejó solos a Phantom y Fefnir. El Reploid ninja aún miraba fijamente a Fefnir.
- ¡Eh, ninja, deja de mirarme así!
- A este ritmo vas a matarla – dijo Phantom -. ¿Acaso te puedes imaginar el enfado del Maestro X si la perdemos? Él confía en ella, así que ten cuidado, ¿entiendes?
- Eh, si ella es una debilucha, no es mi problema, ¿vale? Mira, ¡escucha! Puedo hacer de ella una buena guerrera en tres semanas, pero si quieres la máquina de matar más perfecta, voy a necesitar al menos tres meses para…
- Tienes sólo tres semanas. Y eso es todo.
Tras interrumpir a Fefnir, Phantom se fue de la habitación. Cuando estaba completamente solo, Fefnir se arrodilló y golpeó con la mano izquierda el suelo. El puñetazo había sido tan fuerte que creó un pequeño temblor alrededor de Fefnir.
- ¡Estúpido Phantom! Te crees que puedes decirme lo que debo hacer… Y esa estúpida niñata sólo traerá problemas. ¿Por qué confía en ella el Maestro X?
Fefnir alzó un poco la vista y empezó a recordar la batalla contra Sekhmet. Y, en concreto, recordó un momento de la misma…
- Había algo raro en ella. Sus ojos… ese brillo… ¿qué era?

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Minutos después…

- Precisamente te estaba buscando, Phantom – dijo Leviathan con una sonrisa, mientras se acercaba a Phantom -. ¿Qué estabas haciendo?
- Estaba observando la batalla de Sekhmet contra Fefnir. Ese idiota cree que ella va a estar a su altura en una semana.
- Bueno, ya sabes que Fefnir quiere luchar contra los más fuertes, ésa es su naturaleza – comentó Harpuia, acercándose a los dos.
- ¡Hola, Harpuia! – le saludó Leviathan. Phantom sólo asintió.
- El Maestro X vio la batalla – proseguía Harpuia – y está muy impresionado con Sekhmet, aun sabiendo que necesita entrenar.
- ¡No puedo esperar al momento en que se ponga bajo nuestras órdenes! – dijo Leviathan, totalmente emocionada -. Espero que no le tengáis miedo, chicos.
- Oh, por favor, Leviathan, deja de comportarte así – se quejó Harpuia -. Sólo es nueva, y ya está. ¿O no lo crees tú también, Phantom?
- Hai… - respondió Phantom.
Harpuia había notado algo en la voz de Phantom. Parecía que algo le estaba preocupando al ninja. Esto no dejó de sorprenderle a Harpuia y Leviathan sentía lo mismo.
- ¿Te pasa algo, Phantom?
- No es nada – contestó Phantom tranquilmanete -. Sólo es que tengo que ver cómo les va a los últimos reclutas de mi unidad.
- Bien… er… bueno, nosotros también nos vamos – Leviathan se acercó a Harpuia y le tiró suavemente del brazo -. ¿Verdad, Harpuia?
- ¿Huh? – fue todo lo que pudo decir el Guardián esmeralda.
Phantom se inclinó como despedida y dejó a Harpuia y Leviathan solos. La Reploid azulada soltó a Harpuia y se cruzó de brazos, viendo cómo Phantom se iba.
- Nos oculta algo – le dijo a Harpuia -. Nunca le he visto tan preocupado.
- Sí, pero no nos va a decir nada. Me temo que lo que le preocupa deberemos averiguarlo por nuestra cuenta.
- ¿Crees que tenga que ver con Sekhmet?
- Tal vez… - murmuró Harpuia.